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PANDEMOARIOS

DIME UNA COSA

pandemoarioDime una cosa

Luna de trueno

¿La tierra goza

nuestro veneno?

 

Porque el destierro,

según se apremia,

es un entierro

de la pandemia.

 

Ningún mundano

busca la muerte;

y el inhumano

no se divierte.

 

Mirar la esfera

por la ventana

parte la acera

con su katana.

 

Dime una cosa

Luna de trueno

¿La tierra goza

nuestro veneno?

 

Rasga la noche,

perfuma el aire:

es el reproche

por un desaire.

 

La calle sola,

un fresno cruje

y el viento asola

ruge que ruge.

 

La gente muda

mira hacia arriba;

nadie la escuda,

es una amiba.

 

 

Dime una cosa

Luna de trueno

¿La tierra goza

nuestro veneno?

 

Ojo de fresa,

errante estrella,

lleva a mi mesa

miel de grosella.

 

Aleja el odio

de la alacena

y usa de podio

mi panza llena.

 

Echa a la cama

algo que nutra,

cualquier retama

del Kamasutra.

 

Dime una cosa

Luna de trueno

¿La tierra goza

nuestro veneno?

 

Repta una sombra

por el alero;

y a nadie asombra,

es el barquero.

 

En el remonte

al otro fuero

el buen Caronte

no es justiciero.

 

Recorre el barrio

de la miseria:

y cual corsario

va hacia Cimeria.

 

Dime una cosa

Luna de trueno

¿La tierra goza

nuestro veneno?

 

Un mercenario

en estos tiempos

es el sudario

de los lamentos.

 

Redes sociales

a solitarios

y vicios sexuales

en los armarios.

 

Los oratorios

de almas necias:

masturbatorios

de las iglesias.

 

Dime una cosa

Luna de trueno

¿La tierra goza

nuestro veneno?

 

El loco sufre;

la mano espera

y arroja azufre

desde la acera.

 

Nadie se apiada

de la pobreza,

maldita triada

que roba y besa.

 

Ni una moneda

rueda en sus manos;

oscura veda

de los cristianos.

 

Dime una cosa

Luna de trueno

¿La tierra goza

nuestro veneno?

 

El viejo sigue

tras la ventana;

anhela un ligue.

La espera es vana.

 

Catrina y bella

llega a la casa,

y deja su huella

cuando lo abraza.

 

Estatua eterna

en la memoria:

muerte que inverna

entre la escoria.

 

Dime una cosa

Luna de trueno

¿La tierra goza

nuestro veneno?

 

4 de julio,

según recuerdo,

triste tertulio

del hombre cuerdo.

 

La plebe llora

por tanta muerte;

y en cada aurora,

la flora invierte.

 

Sangre podrida,

leche cortada,

saliva herida,

pus chamuscada.

 

Dime una cosa

Luna de trueno

¿La tierra goza

nuestro veneno?

 

Luna de trueno

de la pandemia,

¿matas lo ameno

bajo tu venia?

 

Extraños cuentos

de tinta negra…

Faltan acentos,

los desintegra.

 

La luna expira,

pero descubre

que el niño mira

su hermosa ubre.

 

Dime una cosa

Luna de trueno

¿La tierra goza

nuestro veneno?

HEMEROTECA: PRO12JUI20

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El relincho del miedo

AÑORANZA

relincho del miedo portada1

Es necesario desdoblarnos mientras ocurre la pérdida de consciencia. La noche se adueña del espacio vital. No importa si el mundo pierde su consistencia o eres una alma errante de un espacio incierto.

O un simple filamento transparente de la achicoria salvaje.

Hay algo de vida mientras duermes o mucho de muerte mientras vives.

Huayacocotla es una referencia de mi vida.

Y ahí queda.

2

Desde lo alto de la cúpula celeste, en pleno vuelo, diviso la arquitectura desigual del pueblo: cada calle con su caserío de adobe, piedra y cartón petrolizado; la plaza Constitución flanqueada por una añeja iglesia de dos torres y atrio con gruesos laureles y truenos, una enorme nave laminada —el mercado municipal—, el parque Hidalgo con sus bancas de hierro y la sede del ayuntamiento de tres plantas, donde militares y policías, de sangre otomí, resguardan la prisión y una caja fuerte de acero, adherida bajo el piso de la oficina del alcalde.

Mientras siga en estado cataléptico, aun puedo recuperar cada detalle del lugar, acordonado de montañas y acantilados.

Mi cerebro logró reconstruirme —oh magia del espíritu— y elevarme a un cielo sin neblina.

Y llevo así una década.

Lejos, muy lejos de aquella bruma gélida y al roce amoroso de los ojos de mi madre.

Y entonces, según lo quiero imaginar, no hay cuna, ni camastro, ni petate. Me han abandonado en el piso de tierra…

Mocoso, llorón, hambriento…

Lejano…

La avenida Revolución —alba y gravosa: sonda vital de mis diarias caminatas— enlaza en línea directa hacia Tulancingo y la Ciudad de México.

3

Días imborrables: lunes, martes, miércoles, jueves y viernes.

Después de beber café negro y consumir la mitad de un bolillo con nata, la tía Olga me aguarda atenta y de pie.

La bendición es obligada antes de franquear el zaguán.

La escuela federal Wilfrido García me espera.

—Nada de peleas…

—No, tía…

—Mucho estudio…

—Sí, tía…

—Me saludas a la maestra Tencha…

—Sí, tía…

Me santigua y besa las mejillas encremadas.

Tiritando, mochila al lomo, inicio la caminata.

Uniforme impecable: sombrero de palma, pantalón azul marino, camisa blanca de manga larga, suéter rojo y jorongo de lana.

4

Ruta inolvidable.

Tras cruzar el portón, flanco derecho.

Y reanudo la marcha sin abandonar la banqueta.

Primer desacelere: saludar a don Luis Gómez, el hosco tendero de la tienda La Bodega.

—Buenos días don Luis…

—Mmmmm —pujido e indiferencia.

E imagen recurrente: don Luis acodado en el mostrador, cabeza gacha, algodonada, leyendo el periódico Excélsior.

En menos de un minuto entro a la bocacalle de la Manuel Gutiérrez Nájera. Otra vez, flanco derecho.

Trasciende el bullicio en el colegio de monjas.

Un poco más adelante, observo la gris y cacariza fachada de la estación de radio Huayacocotla, concesionada a sacerdotes jesuitas.

E inicio el largo descenso por una tira de tierra y cascajo resguardada con yerbajos silvestres, cercas de tablón y casas encaladas.

Y sin amainar el paso, llego a la calle Morelos, donde el abuelo Elmer Quiroga levantó su imperio económico: tienda de abarrotes y hotel de cincuenta cuartos.

En la siguiente calle transversal  —la Gaspar Garrido— se encuentra la oficina de Telégrafos y Correos. El administrador, falto de una pierna, los fines de semana lava el inmueble al lado de sus ocho hijos.

—Por esta bendita oficina comemos —recita don Ernesto— y debemos cuidarla aunque sea propiedad del gobierno.

Solitario y pensativo, prosigo la marcha.

Y al alcanzar la calle General Carolino Olgaya, tuerzo a la izquierda.

La arteria aparece flanqueada con construcciones de tabiques rojos, huertos frutales y cercos de madera ennegrecida atada con alambre de púas.

En ese tramo descendente intento arrancar tréboles de cuatro hojas. Los de la suerte.

5

Durante la caminata pocas veces me cruzo con personas.

Mi única preocupación es ser atacado por perros callejeros.

El instinto juega un papel predominante.

—No corras —me advierte la tía Olga—. Ten cuidado, porque los perros huelen el miedo…

La tía no comulga con esos animales.

—Te respetará si miras a la bestia de frente —insiste antes de santiguarme—. Recuérdalo, los perros huelen el miedo y ven a los muertos…

6

En la calle General Carolino Olgaya habita la familia Prado. Durante las fiestas patrias, la mayor de las hijas —Rosa María— había ganado un certamen de belleza. Su padre, don Serafín, era propietario de una carpintería. Tenía graves problemas de alcoholismo.

En su carpintería pasaba la mayor parte del tiempo. La construyó en la calle Lázaro Cárdenas, a la orilla del Llano grande.

Doña Leonor Zamarripa, su vecina vende dulces y galletas. Su estanquillo es lúgubre. La esquelética anciana de piel mortuoria y sin dientes, usa una bata deshilachada y pantuflas astrosas.

Nos atiende por un pequeño hueco aluzado con una veladora. Lo cubre con una tabla sin pintar al término de las actividades escolares.

Durante los días de clases nos arremolinábamos en el estanquillo de madera. Yo soy un adicto a los chicles motita y al chile piquín con sal y limón en polvo.

Difícil olvidar el enflaquecido rostro de aquella decrépita mujer.

Irradia miedo…

El cruce del Llano grande tiene su atractivo, de acuerdo al clima. En otoño e invierno, el pasto es fangoso y proliferan los ajolotes, sapos y ranas.

La niebla nos impide ver más allá de dos metros.

Y en primavera y verano, el color verde prevalece, pero la perenne humedad nos obliga cubrirnos el pecho con alguna chamarra o suéter.

7

En el centro del Llano grande se haya la escuela primaria federal Wilfrido García.

La escuela cuenta con doce aulas, un salón de actos y la oficina del director.

En un patio rectangular de cemento —y frente al asta bandera— nos forman en seis hileras —una por grado—, bajo la vigilancia de nuestros maestros. Ocurre después del toque de campana.

Cada lunes hay una ceremonia cívica. El salón designado es quien la preside. La mentora o mentor funge de maestro de ceremonia. Un alumno dice alguna recitación alusiva a la patria.

Es mi turno.

La maestra Tencha me hizo aprenderme los 152 versos de La Suave patria de Ramón López Velarde:

Patria: tu superficie es el maíz,

tus minas el palacio del Rey de Oros,

y tu cielo, las garzas en desliz

y el relámpago verde de los loros.

 

El Niño Dios te escrituró un establo

y los veneros del petróleo el diablo.

8

Huayacocotla siempre huele a madera tierna, de pino, y cagada de recua.

Las calles sin pavimentar son el refugio idóneo de los mosquerones azules, los escarabajos y las pulgas.

En la base de los tablones semipodridos —por la perene humedad— se reproduce una achicoria de filamentos blancos, mágica ante mis ojos: la Diente de león. Suelta diminutos rehiletes de algodón que vuelan y se pierden en la altura.

Infinidad de historias fantásticas cruzan por mi mente.

9

Los moribundos del exilio nunca dejamos de soñar. Siempre lo he creído.

Menos, si en realidad la cama del hospital es una prisión.

HEMEROTECA: Eugenio Oneguin – Aleksandr Pushkin

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Mentiras para sonar

EL PALILLO

mentirasEra una joya inapreciable, camarada Pierre. Bonne chose, cher ami. No entiendo por qué pelas tu apestosa cantera de carbón, si solo percibes los ruidos de un afónico.

Je ne suis rian.

Es lo que dicen tus ojos de moribundo.

Y te repito, olvídate del tiempo. Las imágenes bullen como una tira de celuloide. El Gabo estaba ahí, en el corro de reporteros.

Todos atentos a sus palabras, a su ironía. En su papel de filósofo griego.

Lanzaba dardos. Su buen humor era óptimo.

La industria del cine comercial destruye nuestros sueños.

Gabriel García Márquez lo dice en la fondita esquinera de la calle Tlacquemetlac, a pocos pasos de la cerrada de Fresas 13.

En la colonia del Valle se encontraba el cuartel general del semanario X.

El colombiano bigotón insistía, en su hablar costeño:

Por malas películas, odio que el trabajo del escritor se quede sin lectores.

En mi caso, aguardaba el momento para apoderarme del palillo que acababa de utilizar para trasegarse los dientes, después de haberse enjaretado tres chalupas de frijoles refritos con cebolla picada y queso Oaxaca.

Una señora de pelo grisáceo y un mandil pringado de manteca de cerdo había recogido los desperdicios de las tres mesas replegadas, donde convivíamos con el flamante escritor.

La charola con los platos sucios y botellas vacías terminó en una mesa cercana al mostrador.

En el plato del Gabo yacía la preciada joya de madera.

Nunca he quedado satisfecho con las adaptaciones que se hacen de mis cuentos o novelas. La imagen expuesta destroza la belleza de la palabra escrita.

En la revista X, muy apreciada por los intelectuales de derecha e izquierda, el Gabo acababa de entregar su colaboración de la semana.

El tema del texto hasta hoy pende en mi tetera, porque fui de los afortunados en obtener una fotocopia autografiada.

El cuento del cuento, lo intituló. Se publicó en dos partes.

Y anotó con letra manuscrita:

Al joven Gilberto, el futuro Marlín de la verdad.

GGM.

La fecha estaba en la copia del artículo, pero el tiempo ha hecho sus estropicios en mi cabeza.

Ya no tengo agallas para rastrear el famoso escrito y tranquilizar mi curiosidad de tundemáquinas.

El oficio se fue a la mierda.

Una A hizo que durante varios años intentara descifrar la intención de esa palabra: Marlín. Por el momento supuse que la metáfora estaba relacionada al personaje mítico del siglo VI.

Por la boca muere el pez o Estar como un pez en el agua. ¿Esa era su intención? ¿El mensaje deseado?

Porque el diccionario llamaba marlín a un pez y no al famoso hechicero inglés que educó a su pupilo Arturo de Bretaña para construir un nuevo imperio.

El enigma surgió al aparecer la palabra con una eme mayúscula.

Me dio pena esclarecer el entuerto con mis compañeros de redacción. Todos poseían una copia del texto con dedicatoria.

Dos reporteras, apreciadas por el director general, se hicieron acreedoras de una rosa dibujada por el autor de Amores en tiempos de cólera.

En fin, camarada Pierre, el propósito de soltar esta chorrada es por la fijación que me despertó aquel minúsculo trozo de madera con masa de maíz.

Solo aguardaba el momento para ponerme de pie, bajo el pretexto de ir al baño, y apropiarme del mentado palillo.

Y la oportunidad llegó cuando el más veterano de los reporteros levantó un brazo y demandó una nueva ronda de coronitas.

Me puse de pie y enfilé al lugar indicado por mis supuestas urgencias de vejiga.

Sin importarme que alguien de la cocina viera mi osadía, pesqué el palillo con paluegos y continué la marcha.

Lo conservaría en un frasco de ampolleta con la etiqueta:

Mondadientes utilizado por Gabriel García Márquez durante un encuentro en la fonda de doña Teresita.

Y la fecha.

La palabra mondadientes, por palillo, le daría más caché al ser expuesto entre familiares y amigos.

El Gabo vestía camisa alba de seda y saco deportivo color crema. Sus mocasines café eran de gamuza. Se veía lozano, a pesar de ser un cincuentero.

Su designación como premio Nobel de literatura ocurriría en meses posteriores. Amigo Pierre, creo que eso tuvo lugar un año después de nuestro encuentro en la fondita.

Mí apresurada salida de México hizo de las suyas. Lo lamento: perdí varios libros con la dedicatoria de su autor, revistas, fotografías, ropa, películas, afiches y el mentado palillo del laureado escritor colombiano.

Y te voy a ser una sucia revelación, camarada Pierre: mientras orinaba, olfateé el palillo.

El olor no fue nada agradable, de eso estoy seguro.

Del texto que me dedicó el Gabo, puedo recitarte algunos párrafos. No importa que te hayas quedado dormido. Estos siguen intactos en mi memoria. Pero déjame beber un poco de whisky para aclararme el gañote.

Poco antes de morir, Álvaro Cepeda Samudio me dio la solución final de La Crónica de una muerte anunciada. Yo había vuelto de Europa después de un viaje muy largo, y estábamos en su casa de domingos frente al mar miserable de Sabanilla, cocinando su legendario sanchocho de mojarras de a dos mil pesos.

—Tengo una vaina que le interesa –me dijo de pronto–: Bayardo San Román volvió a buscar a Ángela Vicario.

Tal como él lo esperaba me quedé petrificado.

“Están viviendo juntos en Manaure –prosiguió–, viejos y jodidos, pero felices.”

No tuvo que decirme más para que yo comprendiera que había llegado al final de una larga búsqueda.

VIDEOTECA: [youtube:https://www.youtube.com/watch?v=0NBguBV8WaI%5D

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El relincho del miedo

UN ADIOS EN GUAYAQUIL

Ana Cristina Navarro:

¿Qué le gustaría mirar desde un agujerito sin ser visto?

Gabriel García Márquez:

La vida desde la muerte

relincho del miedo portadaLos años tienden agrietar la piel y desteñir los cabellos.

El olor rancio de la vejez apenas es difícil disimular.

El glaucoma empantana el iris y convierte los ojos en lagunas de sangre.

No hay retroceso.

No importa si la tierra es prisionera de la mar o si los lagos, prisioneros de la tierra.

La muerte es ineludible desde el primer suspiro.

Es mejor el instinto que la racionalidad, porque el entendimiento del corazón es mejor que el entendimiento de la mente.

¿Por qué el hombre pierde la brújula de su existencia cuando juguetea en el umbral de la vida?

La senectud intenta rejuvenecer con los recuerdos. Hace del sueño su mejor transporte hacia el pasado. Parientes y amigos vuelven a reencontrarse en cualquier terruño montañoso o playa sembrada de fósiles marinos.

Tieta podía insistir sin entregarse plenamente. Ensuncho aun dormía. Su arrugado pecho regurgitaba, arenado y seco.

Fue cauta.

La habitación seguía intacta, sin el televisor encendido, y las cortinas corridas para evitar los avistamientos de la luz diurna.

“Quiero olvidarme del tiempo”, clamó Ensuncho antes de desnudarse.

Tieta desconfiaba de Ensuncho, después de la entrevista con su médico y de degustar en el restaurante Ala Brava, el de la avenida Brasil. Seguían presentes los sabores de las alitas adobadas de pollo y de la chicha de jora, aderezada con pimienta dulce y clavo de olor.

Todo ahora era distinto.

Los dos yacían en el hotel San Francisco, frente al restaurant elegido por Ensuncho. Sin cruzar palabras.

Las anotaciones sobre la vejez y la muerte eran una advertencia. Ella prefirió ignorarlas. Estaba acostumbrada a sus quejumbres, depresión y arrebatos de cólera.

¿Por qué seguir en Quito, cuando tenían el chalet de Guayaquil cerca del rio Guayas y ante la imponente isla Santay con sus manglares y guasmos?

No lo entendía.

La decrepitud empieza con los sueños perdidos y los amaneceres despiertos.

Vivir odiando y amar, pagando.

Maniaco, su mayor divisa.

Pocos pueden aceptar las miserias pasadas y el deterioro moral presente.

Tieta no era una beldad, pero tenía lo suyo. Llamaba la atención al paso por la calle y junto al vejestorio que la acompañaba. Los del barrio de la Armada la compadecían, pero pocos imaginaban que había aprendido a amarlo.

Ensuncho fue su maestro de francés durante sus dos años de bachillerato.

Las dolencias de huesos y piernas, producto de la humedad –o eso imaginaban—los obligó a viajar a Quito.

El doctor Estrada lo mantuvo cautivo cinco horas contiguas sin probar alimento. Lo liberó hasta estar seguro del diagnóstico.

“¿Todo bien, amor?”.

“Estamos los dos y es lo importante”, fue su respuesta.

Por prudencia, Tieta venció su curiosidad y preocupación.

“Nuestro vuelo es en hora y media”, recordó mientras avanzaban hacia la salida de la clínica.

“Olvídalo, hoy dormiremos aquí y en el hotel San Francisco que tantos buenos recuerdos me traen”.

“Y mira quien lo dice”, murmuró Tieta y entrecerró los ojos.

La marca de su aliento frugal acicalaba sus deseos uterinos.

Tieta fue desflorada en la misma habitación donde ahora reposaban. No por Ensuncho, se aclara.

Tres meses después, el doctor Estrada practicó el aborto. Ensuncho cubrió los gastos y asumió la responsabilidad del embarazo ante fa-miliares y conocidos.

El despido laboral fue inminente, como la boda civil y religiosa.

Yo he sido joven y he envejecido; pero no he visto a un justo desamparado, ni a sus descendientes mendigando pan.”

La referencia bíblica, del libro de Corintios, aun le era imborrable.

El sacerdote la pronunció al desposarlos sin la presencia de sus padres, hermanos y allegados.

Ezequiel Albán —su compañero de estudios y el verdadero responsable de lo ocurrido— observó la ceremonia. Permaneció oculto en un rincón de la catedral Metropolitana.

La inmadurez y cobardía impidieron que asumiera su papel de padre y marido.

El pasado poco importaba. Tieta ya amaba a Ensuncho y admiraba su tenacidad para evitar que el infortunio los separara.

El dinero no escaseaba. El ex mentor vendió las propiedades heredadas e impartía clases particulares de francés. Nunca permitió que Tieta trabajara. Sin embargo, ella lo convenció de la necesidad de hacerlo ante su incapacidad de quedar embarazada.

“Lo entiendo y lo respeto, con un niño como yo es suficiente y te doy las gracias.”

La edad se pesa con los besos acumulados y el susurro de los amo-ríos febriles.

Tieta es una sirena desvalida que intenta vigorizar al viejo Odiseo. Entre los balbuceos de un falso efebo intenta regresar a Ítaca para recuperar su reino.

Imposible. Quedaron atrapados dentro del laberinto de Dédalo y bajo el escrutinio del Minotauro.

Tieta cerró la libreta de apuntes, apagó la lámpara de cabecera y besó los secos labios de su marido:

“Bonne nuite mon amour”, exclamó amorosa.

Ensuncho Carchi jamás despertaría…

HEMEROTECA: tele7jui20

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Vuelo

PASEO POR EL PARQUE

vuelaI

Mujer,

tu cara bonita

los ojos agita

al correr.

 

Mujer,

el parque se enciende,

la fauna distiende,

la flora va arder.

 

 

Mujer,

los lobos aúllan…

las hojas arrullan…

desmán de placer.

 

Mujer,

el viento furioso

ataca al curioso,

te anhela tener.

 

Mujer,

atado en Montreal,

mi encierro boreal,

prohibido entender.

 

II

Mujer,

tu imagen es fresca

y enciende la yesca

del ayer.

 

Mujer,

tu paso cadente

se trueca indecente

sin querer.

 

Mujer,

guitarra encantada

de alegre tocada

al ceder.

 

Mujer,

enjambre es el lecho

con miel de tu pecho

beber y lamer.

 

Mujer,

en luz apagada

brillante mirada:

besar: poseer.

 

III

Mujer,

aurora agotada,

escarcha arrumbada

tras verter.

 

Mujer,

alondra domada

con alma dañada

al caer.

 

 

Mujer,

veneno adictivo

del toro lascivo

sin poder.

 

Mujer,

Mitad crepitante

de un cuerpo mutante

a vencer.

 

Mujer,

solsticio mundano

que moja la mano

del mercader.

HEMEROTECA: Las armas del alba – Carlos Montemayor

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Mentiras para sonar

NO ME PREGUNTES…

mentirasEs verdad lo que voy a contarte. Y sucedió en Ciudad Juárez.

No me preguntes la fecha. Sabes que es intemporal mi paso por la tierra.

Uno vive razonando mentiras para cosechar verdades.

El olvido es muerte.

Y no importa que las bestias hagan de la muerte su tierra de promisión.

La vid salvó a los nobles del pecado. Hoy están prófugos del vientre materno.

El vino suplió el dulce brebaje de la vida, camarada Pierre.

Bebamos pues y escucha esto que te voy a contar.

El escritor Carlos Montemayor dio una conferencia magistral en la Universidad de Ciudad Juárez. No soltó tomas de nota de escritores extranjeros u ocurrencias de filósofos griegos. Habló de la guerrilla rural de los sesenta en México.

En ese entonces, él trabajaba en la elaboración de un libro sobre el tema.

Pulcro, lampiño, de lentes bifocales y un saco tweed oscuro, Montemayor era de hablar pausado, de pedagogo.

El jefe de información X me ordenó que buscara una entrevista con el sociólogo y lingüista.

Tuve que mamarme todo el ilustre monólogo del chihuahuense frente al centenar de estudiantes y colados.

Después, lo busqué en el estacionamiento donde lo aguardaba un taxi.

—Vengo del periódico X, maestro Montemayor —dije al abordarlo y de inmediato pregunté, grabadora en mano—. ¿Es posible que me conceda una entrevista?

—Claro, sin ningún problema, en hora y media nos encontramos en el bar del hotel X —confirmó de buen talante y se trepó al taxi.

Hablé por teléfono con el jefe de información y solicité su venia para pagar la nota de consumo del escritor con residencia en la Ciudad de México.

X lo consultó con el director editorial. Luz verde. No hubo ningún contratiempo.

Montemayor fue puntual a la cita. Había leído su libro Guerra del paraíso, que trata la vida y obra del maestro guerrillero Lucio Cabañas Barrientos.

En el estado de Guerrero, durante en las décadas de los sesenta y setenta,  hubo una revuelta armada.

Cabañas, tras la matanza de Atoyac —ocurrida en mayo de 1967—, impulsó la creación del Partido de los Pobres y la Brigada Campesina de Ajusticiamiento.

En 1974 fue ejecutado por militares en una emboscada.

El libro de Montemayor hizo una minuciosa recreación de la persecución y muerte del mítico guerrillero rural.

Y el día de nuestro encuentro, Montemayor trabajaba en la elaboración del libro Las armas del alba que, en el 2003, circularía en bibliotecas y librerías.

En ese largo ensayo novelado reconstruyó la presencia de la guerrilla rural en Chihuahua.

Durante la entrevista habló de los asuntos domésticos de Ciudad Juárez: feminicidios, elecciones, pobreza y corrupción policiaca.

Y después de seis raciones de whisky, de su parte, y tres tarros de cerveza, de la mia, sugerí que utilizara las redes sociales para impulsar su obra.

Terminamos en franca camarería y acordamos reencontrarnos el mismo día, a las diez de la noche.

Le interesó ver mi trabajo antes de ser publicado.

Medio ebrio me retiré del bar.

En mi departamento hice la transcripción de la entrevista. La envié al periódico, por Internet, cerca de las nueve de la noche

El jefe de redacción X dio el visto bueno. Se publicaría tal cual.

No necesitaba utilizar transporte público para desplazarme del departamento al hotel.

Durante la cena bebí otro par de cervezas de lata.

Ya achispado y con una copia impresa de la entrevista en el morral ingresé al bar del hotel.

En esta ocasión, Montemayor echó por borda la puntualidad.

En una mesa rinconera continúe hinchándome de cebada fermentada.

Hora y media después, molesto, me retiré del bar.

Durante el recorrido del hotel al departamento hice una parada. Y fue en una tienda Oxxo. Un six de cervezas aplacarían el enojo y el prurito de alcohol.

Deseché trabajar al día siguiente.

En el instante que vaciaba la segunda lata de pisto, recibí una llamada telefónica. Era el reportero de guardia X.

—Te buscó el maestro Montemayor para disculparse —dijo—, pero pidió que le hablarás por teléfono al hotel. Su habitación es la catorce.

Y Aproveché el momento para adelantarle a X que no me presentaría al periódico.

—Para que no te descuenten, manito —sugirió X— mánda un par de notas de tus fuentes. Puedes reportearlas por teléfono, manito

De inmediato busqué a Montemayor. La recepcionista, sin preguntar mi nombre, aseguró que el escritor no se encontraba en su cuarto.

—¿Puede decirme su nombre, señor? —demandó la mujer—. Cuando llegue le entregamos su recado.

—Gabriel García Márquez…

—¿En serio?

—Es la verdad, señorita, estoy a su servicio —proseguí la broma.

—No me lo va a creer, acabo de terminar Cien años de soledad…

—Obra menor —dije—, pero bueno, de algo hay que vivir…

—Me gustaría conocerlo en persona, señor García Márquez para que me dedique una de sus obras…

Y ya acicalado por el alcohol lancé el dardo, sin dimensionar las posibles consecuencias.

—Hoy mismo, si le interesa —ofrecí—, porque salgo a Venecia en seis horas…

Una hora después nos encontramos en un restaurante bar de la avenida Juárez. Y para ubicar mi presencia le dije que llevaría tres o cuatro novelas de mi autoría para regalárselas.

Me vi obligado a ponerme guapo, o eso creí: me arreglé la melena, el bigote y la barba, entonces entrecana.

Utilizaría para la cita el único traje de mi pertenencia, necesaria en los eventos especiales. Para intentar verme algo jovial, iría de tenis y sin corbata.

La recepcionista no tuvo dificultad en ubicarme. Los cinco volúmenes amontonados en la mesa guiaron sus pasos. Portaba aun el uniforme del hotel —un saco sport azul marino con el logotipo de la empresa—, blusa y falda blanca y zapatillas negras.  Calculé que tendría entre treinta y cinco a cuarenta años.

Por la palidez y lo marcado de las ojeras deduje su falta de nutrientes y sueño.

Tal vez pongas en duda lo que te diga, camarada. Mi aspecto dejó de ser el de entonces.

La calle y el alcohol me tienen frito.

Montreal no es el hábitat deseado para un inmigrante sin papeles. Pero no miento. Y perdona que no hable tu lengua, camarada Pierre. El hecho que comulguemos con whisky y que tus chakras carguen una buena ración de energía divina, has sido alcanzado por el Espíritu Santo. Estoy seguro que descifras mis palabras…

Tenemos comunicación.

Lucrecia. Si, Lucrecia era su nombre.

Después de escuchar mis tonterías —alimentadas por frases recurrentes sustraídas de libros y periódicos sobre el escritor colombiano— aceptó acompañarme al departamento.

—Un poco de distracción me hará bien —dijo con una sonrisa de complicidad y mirada achispada—. Y no te preocupes por lo que suceda, nadie me espera en casa… Soy divorciada y debo confesarte que me aburren los libros de García Márquez.

HEMEROTECA: PRO5JUI20

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Vejestorias de la pandemia

VEJESTORIAS DE LA PANDEMIA/PRÓLOGO

vejestoriasNo es fácil ejercer el oficio cuando la muerte intenta tocarte.

Dentro de los tres cubos alquilados —sala, recámara y baño— logré ser un testigo privilegiado de una hecatombe social provocada por un germen invisible.

En Montreal, de febrero a junio de 2020 me vi obligado a permanecer enclaustrado en los cubos de concreto y vidrio para no ser alcanzado por la pandemia.

Mi realidad —o rutina física— se volvió virtual y audible.

Y por teléfono y un ordenador pude darme cuenta que, en Quebec —la provincia donde radico—, murieron por el Covid 19 cinco mil 417 personas —tres mil 339 de Montreal— e infectado 54 mil 825.

El 95 por ciento de los muertos tenían entre 60 a 90 años de edad. La mayoría radicaba en casas de asilos, llamadas en francés, centres d’hébergement et de soins de longue durée (CHSLD).

En mi país de origen —México— allegados estimados tambien fueron alcanzados por la enfermedad.

Me vi precisado en registrar con palabras tipografiadas la trágica experiencia ocurrida en mi entorno. Pude haberlo hecho desde una visión periodística  —datos fríos sin adjetivos—, pero opté por escribir breves relatos donde predominaran los temas de la vejez, la soledad y el amor o desamor.

 El edificio donde habito me alimentó de ciertas escenas cotidianas.

Desde medios impresos y los ojos y oídos de mis vecinos me enteré de hechos relacionados a la pandemia. Lo mismo ocurría al ir de compras o acudir, dos veces al mes, a una lavandería pública.

El cubrebocas —o masque— se convirtió en el aderezo cotidiano de los montrealenses de a pie.

Bien predica quien bien vive, escribió Miguel de Cervantes en su don Quijote de la Mancha.

Y tenía razón.

La sociedad quebequés, como ocurría en todos los países del mundo, era informada del desarrollo de la pandemia por los canales oficiales. En Quebec, a través de tres altos burócratas de labia proelectorera: el primer ministro provincial, el director de salud pública o la titular del Ministerio de la Salud.

Los noticieros de radio y televisión y diarios impresos eran los responsables, día a día, de reproducir las cifras de los muertos e infectados por el Coronavirus.

El lunes 22 de junio fue una fecha importante para los habitantes de la provincia.

Por primera vez, los mensajeros de la muerte —François Legault, Horacio Arruda y Danielle McCann informaron que la parca detuvo su poda. La noticia fue resaltada por la prensa provincial: cero decesos por el virus del Covid.

Verdad o mentira, pero nos otorgó un poco de tranquilidad.

Este modesto testimonio, recogido en un volumen, de algo servirá para los curiosos de la historia. Lo escribí por entregas pensando en mis nietos y futuros descendientes.

Pero es necesario hacer una aclaración.

Lo ocurrido el 22 de junio resultó un espejismo.

En los días subsiguientes continuaron los decesos e infectados a consecuencia del mortal virus mata-ancianos (Sars-Cov2).

Y los estudiosos del tema —e incluyo a los científicos de la Organización Mundial de la Salud— adelantaron que los efectos del virus cesarían con el descubrimiento de una vacuna.

Y como simple registro periodístico: hasta el miércoles 1 de julio de 2020, murieron en el mundo por el Covid, 512 mil 332 personas y se infectaron 10 millones 512 mil 383.

En Canada, en el mismo lapso, ocho mil 615 decesos y 104 mil 271 infectados. En México, 27 mil 769 y 226 mil 89. Y en Estados Unidos, 128 mil 828 y dos millones 689 mil 107.

El virus tuvo un comportamiento democrático, desde que hizo su aparición pública por primera vez —diciembre de 2019— en la ciudad de Wuhan, China.

Ricos y pobres, de todas las razas y doctrinas, fueron contaminados o perdieron la vida.

Montreal, Quebec. Miércoles 1 de julio de 2020.

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PANDEMOARIOS

EL LÍDER

pandemoarioLa lengua brilla

en cada duelo

y un virus trilla

el desconsuelo.

 

El líder lanza:

¡Abracadabra!

Y da esperanza

con la palabra.

 

Usa corbata,

traje de marca,

mientras acata

o se desmarca.

 

Y como germen

esparce el habla;

los listos duermen

su  miedo entabla.

 

La lengua brilla

en cada duelo

y un virus trilla

el desconsuelo.

 

Para vencer

con un mensaje,

es prometer

cualquier brebaje.

 

Los leucocitos,

o glóbulos blancos,

crecen bonitos

con falsos sancos.

 

Cada partido

pinta su raya;

un voto urgido

y la morralla.

 

La lengua brilla

en cada duelo

y un virus trilla

el desconsuelo.

 

Con la saliva

del estadista

se arma la amiba

procomunista.

 

No solo es pícaro

cuando ha robado,

sino un Ícaro

mi diputado.

 

Tiene la argucia

del virus ciego:

cualquier minucia

infla su ego.

 

La lengua brilla

en cada duelo

y un virus trilla

el desconsuelo.

 

Roba a dos manos

sueños, dinero

y sus paisanos

mueren primero.

 

En su ruleta

ponen la lengua

y es una veta

que nunca mengua.

 

Tienen diamantes,

oro en Rodesia

y sus amantes

sufren de amnesia.

 

La lengua brilla

en cada duelo

y un virus trilla

el desconsuelo.

 

Y las vacunas

por si te integras

a las comunas

solo aguas negras.

 

Es el dinero

quien garantiza

el ser primero,

no corras prisa.

 

Si estas jodido

el Covid daña

al aguerrido

de tu calaña.

 

La lengua brilla

en cada duelo

y un virus trilla

el desconsuelo.

 

En tu distrito,

el diputado

dice contrito

que te ha salvado.

 

Levanta el dedo,

frunce la frente

y se echa un pedo

el indecente.

 

El virus huye

por el momento;

el gas que fluye

es un portento.

 

La lengua brilla

en cada duelo

y un virus trilla

el desconsuelo.

 

El chisme cunde

por las praderas:

La plaga se hunde

con perroderas.

 

Dichos burlescos

del diputado:

Benditos cuescos

los he salvado.

 

Por cada viva

que lanza el pueblo

llueve saliva,

certero reblo.

 

La lengua brilla

en cada duelo

y un virus trilla

el desconsuelo.

 

Los autobuses

en su carrera

abonan cruces

a nuestra era.

 

Mi diputado

con alopecia

nos ha dejado.

¡Huyó a Venecia!

 

Hizo millones

con la vacuna

de mejillones

y mucha tuna.

 

La lengua brilla

en cada duelo

y un virus trilla

el desconsuelo.

 

HEMEROTECA: PRO5JUI20

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El relincho del miedo

NO SE SUMAR…

No se sumar, no se restar, pero atención… conozco el mar…

Facundo Cabral

relincho del miedo portada—Ve por un jugo, amor y unas lunetas de chocolate…El viaje será largo…

—¿Por qué esta ocurrencia a cinco minutos de la salida?

—Es el último sacrificio. Imagina lo que haremos a partir de mañana…

—No lo puedo creer, en serio. Dos millones de dólares…

—Debes creerlo… Ya tenemos el cheque… Lotto Quebec hizo su trabajo…

—Viste cómo Irene y Rubio casi enloquecen al saber la noticia… Irene fue renuente. Ella hubiera obtenido una tajada de los dos millones… Lo siento por Rubio que seguirá tambien atado a la agencia de publicidad…

—De inmediato, la agencia buscará a alguien que te sustituya, amor. Nadie sobra o falta en estos tiempos…Pero dejemos de hablar tonterías y por favor… ve por el jugo y unos chocolates…

—Mira, el chofer del autobús no deja de mirarte… Me molesta… Te he dicho que no uses tanto escote… Casi se te salen las tetas…

—Celoso… Allez, allez… El jugo de naranja y los chocolates…

—Deja agarrar el abrigo… No quiero enfermarme, menos ahora que nos estamos por ser ricos… Ya quiero imaginarme panza arriba en una playa de Varadero, hinchándome de mojitos y langostas a la plancha…

—Nunca debemos perder nuestra capacidad de soñar… Y gracias por confiar en mí, amor…

Silvio se aleja. Carmina no ingresa al autobús, sino abandona a grandes trancos el andén. Ni siquiera mira hacia atrás.

En el dépanneur –así llaman a los estanquillos en Quebec–, Silvio observa que tres personas —una mujer y dos hombres— aguardan su turno para pagar. Le incomoda el retraso.

No está dispuesto a regalarle los dos dólares al indiano.

Los jugos están en oferta: tres por dos dólares.

Las lunetas de chocolate cuestan un dólar. En el bolsillo de la camisa tiene un billete de cinco dólares con el grabado del Primer ministro francófono, Sir Wilfrid Laurier, orgullo de los quebequés.

Su teléfono portátil repica.

—Voy…ya voy amorcito… Solo falta que una mujer pague… Menos de un minuto…

—Olvídate del jugo y los chocolates… Solo te hablo para despedirme…

—Déjate de bromas, Carmina…

—No es ninguna broma. Lo nuestro ya no funcionaba. Tú cada día apestabas más, como un cerdo. Y mírate en el espejo: eres una asquerosa bola de grasa…

—Dime, por favor… que es una más de tus bromas…

—¡Silvio, Silvio! Supuse que eras inteligente. Y aun estuve dispuesta a superar mi asco, si el cheque salía solo a tu nombre. Te agradezco que lo registraras ante Lotto Quebec tambien con el mío… ¡Nunca imaginé cuánto me querías! El problema es que, en mi caso, nada siento por ti… Miento, algo siento: ¡repulsión y coraje!

—No puedes echar a la basura nuestros veinte años de matrimonio, de luchar hombro con hombro, amor…

—No me digas, amor… Eres un pendejo. Desde que provocaste el aborto, lo nuestro dejó de existir…

—Fue un accidente…

—¿Accidente? Ya no mientas. Si no te refundí en la cárcel en esa ocasión, fue porque yo era una estúpida. ¡Estaba enamorada de un cobarde estúpido!  ¡Tú me empujaste! ¿Ya se te olvidó?

—Eso fue hace diez años… Se trató de un accidente… y es un asunto superado….

—Quedar estéril y perder a una hija que le daría sentido a mi vida… ¿Es algo que puede superarse? Te pregunto: ¿Es algo que puede superarse?

—Hablémoslo frente a frente…

—Demasiado tarde, Silvio… Patrick está a mi lado y en su automóvil… Por lo mismo, decidí hablarte por teléfono…

—Si así lo quieres… Solo recuerda que quien ríe al último, ríe mejor…Suerte con tu nueva pareja, veinte años menor… Ilusa, pensabas que no lo sabía…

Silvio interrumpe la conversación. Hace una mueca, parecida a una sonrisa. El indiano, de cabello relamido y anteojos, devuelve los dos dólares y guarda, en una bolsa plástica, los jugos y chocolates.

Durante la modesta transacción, Silvio, sin mirar al propietario del establecimiento, dice en castellano:

—Sabe usted que hace seis años un chino de un dépanneur me vendió un billete de lotería…

No le importa que el tendero sea ajeno al contenido de sus palabras.

—¿Pardon?

—Resulta que al día siguiente, al regresar del trabajo, comprobé que era el billete premiado con seis millones de dólares. Se lo dije a mi esposa. Juntos nos presentamos al depanneur. El maldito chino me vendió un billete-muestra con los resultados de la semana anterior. Por lo mismo, todos los números coincidían. El empleado nos observó con conmiseración. En vez de reprocharnos, le pidió al intérprete que nos dijera que lamentaba el engaño. Carmina no habla francés y dejé que la mentira continuara. La hice creer que iría a las oficinas centrales de Lotto Quebec en Montreal para recoger el cheque. Así que lo diseñé en el ordenador de la oficina e imprimí con el logotipo de Lotto Quebec. Lo puse a nombre de Carmina. Solo intenté ganar tiempo para recomponer nuestro matrimonio. En la ciudad de Quebec haría perdidizo el cheque y culparía a ella del descuido. Estaba al tanto de su infidelidad con el cartero. La pasión nos quema el entendimiento. Desde que dejé Colombia y la policía migratoria me entrevistó, jamás me sentí tan miserable, como en aquella ocasión…

Bonne journée… —saluda el tendajero.

Aussi par vous…

Tras franquear la puerta y aspirar aire fresco, Silvio camina en sentido contrario de la terminal de autobuses.

El teléfono celular vuelve a repicar. Silvio mete la mano al bolsillo del abrigo, lo extrae y comprueba que se trata de Carmina. Y de inmediato lo arroja a un contenedor de desperdicios.

Las langostas a la plancha de Varadero aguardarían su presencia en otra ocasión.

Y empezó a canturrear Va pensiero de Verdi…

Va, pensée, sur tes ailes dorées…

HEMEROTECA: Guerra en el paraiso – Carlos Montemayor

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Vejestorias de la pandemia

LA BUENA NUEVA/Epilogo

vejestoriasSi dejo de pensar en ella, balbucea Moshe, es posible que ya esté muerto.

La conclusión lo horroriza.

Hace un gran esfuerzo por interrumpir el sueño. Titánica tarea.

Dulce, la musa, se lo impide. Su desnudez es absoluta.

No ha terminado de recorrer la senda de lentejuelas y fragancias que le inyectan placer y evocaciones gratas.

Cada letra traza una línea blanca para el reencuentro sexual.

¿Cuantas dunas, selvas y serranías tendremos que quemar para alcanzar la redención?

Es un recuerdo, machaca Moshe Lehmann.

Y sigue vivo mientras ella esté cerca.

Solo evócala y te acariciará las mejillas hasta el instante que despiertes.

Si Dulce existe, prosigue en su pesadilla, la redimo. Es urgente ofrecerle mirra y oro antes de morder la manzana.

Te hundes en lo imposible, pero te reivindicas. Es la amante perfecta en el paraíso del ensueño. 

Dulce, contrario al anciano palestino, sigue alerta con los ojos abiertos, brillantes como dos cuarzos oceánicos y de grandes pestañas onduladas.

La buena nueva está cerca. Algo dentro de Moshe lo hace extensivo.

Un lunes 22 de junio sin muertos, solo 69 infectados de Covid.

Una idea sobre otra. Los propósitos varían. Dulce es vida, placer, ventaja. La otra, horror y dolor. Luto, ausencia.

La burocracia, de donde proviene Moshe, mueve los hilos de la verdad. Ni en su sueño tienen cabida. Ni siquiera Dulce asiste al corredor de lentejuelas.

En los bordes hay zapatillas amontonadas de todos colores. Es el camino que puede conducirlo a su recamara.

Es Montreal la ciudad que lo acoge. No Dulce y su pernicioso modo de incomodarte. La carne y piel, en su cuerpo, provoca sudoraciones.

Y lo del cero decesos suena tan irreal, pero aferra a Moshe al mundo onírico, rico en imágenes y olores gratos.

El ciclo de la pandemia —de no mentir el primer ministro— cierra con cinco mil 417 muertos, tres mil 339 montrealenses.

¿Soledad, Soledad, no te cansas de vivir a mi lado?

Los infectados, como orugas, siguen enconchados. Moshe es uno más, de los 54 mil 825 contabilizados de marzo a la fecha. 27 mil cincuenta y siete le pertenecen a la isla.

Dulce algo quiere enseñarle. Mece la cadera y su cabellera se agita y resbala por su espalda.

Los diabéticos morirían de probarla.

El asunto es llegar a ubicar el lugar donde se produce el reencuentro. Nada le dicen las zapatillas apiladas y el desierto de lentejuelas que titilan.

Mar de estrellas.

La soledad consume el poco aire que aún conserva. La soledad es una estafa mal contada. Nunca habrá soledad mientras sueñes.

Ni siquiera la muerte de Aurora pudo sustraerle el piso. Quedó encadenado a los recuerdos. Le lloró en silencio, sin que sus hijos se unieran a la congoja. Fue algo muy personal. Si amas y eres feliz, ahorra lágrimas.

  Ni el espejo confirma su presencia. Soledad absoluta. Cadena liberada.

Dulce pudo reinventarlo en su pesadilla. La pandemia llenó de gente su aislamiento. La conciencia dictó sus leyes y las pobló de rostros intransigentes.

Esposa, hijos, padres, parientes, amigos, novias, amantes… Desfilan haciendo ruido con la boca y los talones.

Moshe dividió su paso por la tierra en siete ciclos de diez años, pero el último incompleto.

Dulce huele a madera selvática. Su cuerpo desnudo deja su estela de jazmín, sándalo, lavanda, jengibre, almizcle…

Moshe corre el riesgo de enloquecer…

El deseo carnal lo hace levitar, lanzar fuego por los poros…

Su sangre hierve, su respiración se agita…

El recorrido continúa. Mientras persigue su sueño, arroja a su paso la vestimenta de lino y lana y queda desnudo.

Tras él yacen el caftán de lana cruda, el ephod bordado con hilos de oro y seda y las sandalias de carnero…

 El hombre se niega a alterar un hecho que repite desde el primer encuentro con Dulce en Tel Aviv. La joven ya era madre. Su lengua, posiblemente sefardita, la alejaba de su entorno de palmeras y bromelias de un rojo sangre.

La pasión impide idiotizarse. El riesgo es cuando te esclavizas o enloqueces.

Moshe, como viejo burócrata, estaba al tanto de los riegos.

Era un maestro en incursionar en el hades de la concupiscencia.

Si las expectoraciones cesaran, repetía mentalmente, tendría suficiente tiempo para filosofar a sus anchas.

La buena nueva era que la fiebre le acortaría la marcha.

Moshe estaba consciente que la joven hebrea cedería de llegar a tocarla. Ignoraba, hasta ese momento, que ella amaba a un joven palestino de la región de Gaza.

 La tristeza será superada. Es la melancolía de la quimera.

Y la alegría poco a poco tendrá a desvanecerse. Entonces, el pesar de la desilusión inyectará el veneno de las desmemoria. Nada es duradero.

La fiebre y los graznidos que salen de su pecho, provocan a la joven.

Y la danza de Los siete velos es su última ofrenda.

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