EL VIOLÍN DE LA IGNOMINIA

Por Everardo Monroy Caracas

polvos ajenosSalir no es lo tuyo en estas fechas, pero la necesidad de allegarte de pertrechos, te obligaron a dejar tu cuarto recalentado por la electricidad. Tuviste que trasladarte a la estación del metro Jean-Talón y luchar contra la nevisca y las bofetadas de aire gélido. Necesitabas tortillas, bistecs de res, dos latas de maíz pozolero recocido y verduras.

La línea del tren subterráneo Montmorency-Cote-Vertu tiene los vagones azules y hace dos años sustituyeron a los de color naranja. Los treinta vagones azules se enlazan por un largo pasillo interior. Por lo mismo, es posible cambiarse de un vagón a otro sin necesidad de salir a los andenes. Tal acción no es posible con los vagones naranjas.

En Montreal, el martes 2 de enero fue de descanso y sería hasta el día siguiente cuando se reabrirían las oficinas gubernamentales y las sucursales bancarias.

Poca gente utilizaba el transporte público, pero en el subterráneo que tu abordaste, te llamó la atención una pareja que recorría el pasillo interior del tren. El hombre, no mayor de cuarenta años, hacia ruido con un arco y un violín  y, a sus espaldas, una mujer de su misma edad, demandaba dinero con la ayuda de un vaso de unicel. Los dos se protegían del frio con gruesas chaquetas, botas contra la nieve y gorras montañesas. Ella cargaba un morral de ixtle y él, una mochila escolar.

—¿Hablas español? —le preguntaste a la mujer, al abordarte.

—Si…

—¿De qué parte de América o el Caribe vienen?

—De México…

—Paisanos…

—De Toluca…

El vaso iba rebosante de monedas y con algunos billetes de cinco dólares. La temporada era la idónea para despertar conmiseración entre los quebequés o turistas. Tal vez, ellos desconocían que en Montreal estaba prohibido pedir limosna dentro de los vagones del tren subterráneo. Preferiste callar. Seguramente eran observados desde las cámaras de seguridad y en cualquier momento serian detenidos.

En Quebec no hay necesidad de mendigar, porque existen programas asistenciales para personas vulnerables. Incluso, las iglesias y centros comunitarios tienen mesones y comedores para asistirlos gratuitamente.

Te entristeció comprobar que un par de mexicanos, cargados de vitalidad y talento, importaban lo peorcito de tu país de origen.  Preferiste guardar silencio y cerrar los ojos ante aquella estampa tan común en el sistema del transporte público de la ciudad de México.

LEA: pro2148

 

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