EL ESCUPITAJO

Por Everardo Monroy Caracas

EL ESCUPITAJOFrío, frío, frío…

No es un estado de ánimo, sino una cuchilla sin filo que lastima la piel, la seca y descarapela. La gente da de tumbos en la nieve y la sigo visualmente desde el balcón de la sala. En el departamento la calefacción está apagada, pero la temperatura es agradable.

Luis aprovecha el calor artificial de los departamentos vecinos para ahorrarse ese gasto. También las paredes del edificio son refractarias.

Chequeé mis correos electrónicos en la computadora de Luis y leí algunos periódicos de Nayarit y el Distrito Federal. El Meridiano y Enfoque sueltan la misma basura. No cesa la violencia y corrupción.

Alma Luna despertó casi a las doce y se desplaza desnuda al saber que Luis está ausente. Mi primo Toto me informa que Teresa sigue molesta porque no le he enviado dinero. Lo de siempre.

Daniel no tiene problemas de salud y eso me tranquiliza. No le contesté al primo para no alertar a la familia. Debo hacerlo hasta tener la seguridad que contaré con el asilo político.

 Lo del Pinto es doloroso. Jamás imaginé que a través del perro incomodarían a Teresa. En Bucerías seguramente ya trascendió el asunto, por tratarse de una comunidad pequeña.

Toto y mi tía Elvira trabajan en un hotel de la Costa Flamingos y también han sido amenazados. Sin embargo, en estos instantes, es imposible ayudarlos. Estamos en las mismas.

Alma Luna preparó una torta de huevo con queso y salsa verde, de lata. Tuve que abrir la puerta del baño y encender el extractor de aire. Por cierto, desperté con un molesto tic en el ojo izquierdo y espero no tenga consecuencias. Tanto he cambiado físicamente. La barba ya grisea y el cabello empieza a escasear. En las sienes tengo las marcas del uso desmedido de lentes. Desde los tiempos de preparatoriano estoy atado a ese par de cristales bifocales por mi miopía heredada.

Los cuarenta y dos años corroen los ánimos y siembran detalles de vida que antes parecían no interesar. Ahora es distinto. Cuando reviso los dos dibujos que hice anoche de Alma Luna mientras dormía, no alcanzo a comprender por qué sigue a mi lado. Es demasiado hermosa, sensual y libre. Jamás se preocupa de sus dos hijos adolescentes y ello a sus padres tampoco les molesta. Es como si hubiesen alquilado su vientre porque los muchachos nacieron y crecieron bajo su amparo y son felices. Les dicen “Mamá Lena” y “Papá Rudy”. De Alma Luna solo tienen referencia cuando les envía dinero o habla por teléfono una o dos veces al mes. Ella nunca ha querido revelarme quién es el padre de Raúl y Celia. Tampoco me interesa.

Teresa y Daniel son mi prioridad y Alma Luna lo desconoce.

 Cuando Luis arriba al departamento, después del ajetreo obligado, le dice a Alma Luna que mañana nos acompañará a nuestra entrevista en Ontario Work porque Carlos no podría hacerlo. También dice que Jaime está interesado en darle empleo los fines de semana. De mí no hace alguna alusión o cuestionamiento. Soy inexistente y prefiero continuar así, encerrado en la habitación. Dibujo y le una novela biográfica de Irving Stone. Involuntariamente evoco un cuadro de Van Gogh, el de su cuarto que pintó durante su estancia en Arlés y detengo la lectura. De inmediato busco una de mis libretas de apuntes y quedo sorprendido, porque tres meses atrás, aún en Chihuahua, rescaté un fragmento de una de las cartas que el holandés le envió a su hermano Theo:

“Esta vez se trata únicamente de mi habitación; sólo que aquí el color ha de serlo todo, y su simplificación, que da una mayor grandiosidad a las cosas, pretende evocar el descanso o el sueño en general. En una palabra, al mirar e cuadro debería reposar la mente, o más bien la imaginación”.

Escribí al respecto en mi bitácora de viaje:

“Van Gogh de buen estado emocional, tal vez por el pronto arribo de Paul Gauguin. Perspectivas pronunciadas, cero sombras y un buen dominio de las pinceladas con capas espesas y los negros que marcan fuertemente cada objeto y separan los espacios. El color nos envuelve, principalmente el amarillo solar. Van Gogh inmerso en un halo de esperanza, de felicidad sin contención”.

Estoy por terminar de leer la biografía del pintor atormentado.

Leo la descripción del diálogo final entre los hermanos. Van Gogh en el lecho del café Ravoux, en Auvers, y su hermano al lado, tomándole las manos. “Mi obra…, arriesgué mi vida por ella…, y mi razón casi no resistió…”

La expresión, reconstruida por el escritor estadounidense, simplemente sintetiza lo que ya sabíamos los fieles seguidores del artista. Desconozco si Theo comentó o escribió lo ocurrido en esa habitación mortuoria.

Alma Luna se hace presente y me entrega una taza de café.

 “¿Quieres salir?”, pregunta.

“Prefiero leer y dibujar un poco”, respondo.

“Entonces voy a acompañar a Luis, quiere invitarme a cenar y hablarme sobre un trabajo que me ofrece uno de sus amigos. ¿Te acuerdas de Jaime, el contador?”. Sin duda lo recordaba, pero no quise ahondar sobre algunos detalles. El tipo cincuentón y de pelo lacio, descuidado, jamás disimuló su interés sexual por ella. “Trataré de conseguirte chamba a ti, ¿quieres?”.

Esbocé una sonrisa y la atraje hacia mí. Nos besamos.

“Tú eres mi representante a partir de hoy y estoy a tu servicio”.

Alma Luna me abrazó con mayor fuerza y susurró: “Tenme confianza. Los dos estamos en esta aventura y si necesito enseñar las tetas para que estos pendejos nos ayuden, lo haré… Pero hasta ahí. ¿Lo comprendes?”.

Sin palabras… únicamente la tumbé en la cama, tomé sus pechos en mis manos y los besé repetidamente.

“Te bañas Papito, te quiero besar completito y que hagas lo mismo conmigo”.

No podía apartarme de Teresa. Estaba presente en esos momentos, porque Toto había aludido el asunto del Pinto. Mi madre seguramente la cuidaría con el niño, pero necesitaban dinero.

Un diciembre frío, frío, frío… y yo en un lecho caliente, de moribundo…

 

LEA: Llamando a las puertas de la re – Karl Marx

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