FLORENTINE (Cap.1)

florentine_Fotor

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Florentine Dugès abrió sus grandes ojos celestes al escuchar los gritos desesperados del anciano de barba luenga y entrecana. La cabeza le dolía a la altura de la nuca. Sentía fuertes calambres en las piernas y brazos.

Yacía sobre un camastro plegable con una almohada sucia y sin funda y dos sábanas percudidas, húmedas de sudor.

—¿Te sientes mejor? —preguntó el hombre desaliñado que la observaba, apestoso a naftalina.

—¿Quién es usted?

—Garance Cávalos, señorita —respondió el anciano, descalzo y en playera blanca y pantalón marrón, pringados de sangre reseca.

Florentine pudo tomar consciencia de su entorno y darse cuenta que era una prisionera.

Lo último que recordó fue su estancia en el departamento. Exactamente en el instante de meter la llave en la cerradura de la puerta y ser atacada por la espalda.

 Después, oscuridad, olvido absoluto.

Un olor corrosivo, a éter, la sumió le robó la consciencia.

—¿Por qué estoy aquí? —cuestionó la joven.

Le tranquilizó comprobar que aún conservaba sus jeans y la blusa. Le faltaban sus botas de nieve y su gruesa chamarra térmica.

El viejo regresó al camastro, similar al de Florentine, y agarró un libro, antes de recostarse.

El lugar era pulcro, no mayor a cuarenta metros cuadrados. Tenía el piso de parquet con dos argollas de hierro incrustadas cerca del camastro de Florentine, y las paredes rosadas y sin ventanas.

En un muro colgaba un altavoz  arriba de la puerta. Tenía una mirilla enrejada.

La chica avistó un retrete al fondo. Lo mismo un lavabo empotrado al muro y dos camastros y una mesa circular de burda madera.

En la mesa descansaba un televisor con pantalla de diecinueve pulgadas y una parrilla eléctrica de dos quemadores con un sartén embarrado de residuos de huevo y cebolla frita.

En otra de las paredes sobresalían tres canceles repletos de latas de alimento y bolsas de polietileno, toallas, jabón líquido, papel sanitario, trastos, dos cadenas de acero, dos candados y dos gorras montañesas.

Y arrinconado, un enorme refrigerador que no paraba de zumbar.

—Mejor descanse —sugirió el viejo—. Somos prisioneros de alguien y así como le ocurrió a usted, tambien fui secuestrado…

La chica empezó a gemir al abandonar el camastro.

Desesperada corrió hacia la puerta y comprobó que estaba sellada al marco de acero inoxidable.

Empezó a golpearla con furia. No le importó lastimarse las manos.

—¡Por favor, déjenme salir!, ¡Por favor, yo no tengo dinero!

El viejo volvió a intervenir.

—Cálmese, señorita… No la van a escuchar… lo he intentado en varias ocasiones…

—Pero si no he hecho mal a nadie —se quejó Florentine y volvió a soltar una andanada de golpes.

Después de implorar piedad por varios minutos, Florentine se sentó de espaldas a la puerta. Su llanto se convirtió en una sinfonía de angustia.

No le importó exhibir un seno, poco protuberante y con su afilado pezón rosado.

—¿Qué quieren de mí, Dios bendito? —balbuceó, cubriéndose con los antebrazos su atractivo rostro, pecoso y de labios delgados y pálidos.

El viejo continuó con la lectura, aparentemente ajeno a los hipeos de la chica.

Una larga lámpara fluorescente, colocada a la mitad del cielorraso, borraba su sombra.

 El leve ronroneo de la bobina, ahogaba el silbido perenne del refrigerador.

Veinte minutos permaneció la joven en el mismo lugar.  Al no recibir respuestas, buscó con la mirada el único apoyo disponible: Garance Cávalos.

Lo que menos interesaba era conocer el pasado o presente del hombre semi calvo y de barba repugnante. Por la falta de aseo emitía un penetrante olor a orines y sudor. Le provocaba angustia.

Florentine era el eje de sus propias cuitas. Le urgía encontrar las respuestas adecuadas.

—¿Qué edad tienes? —preguntó el anciano.

—Veinticinco años… —reaccionó Florentine al tiempo de levantarse y arrastrar sus pies, metidos en unas calcetas blancas, hacia el camastro. Antes de ocuparlo, angustiada agregó—: Soy modelo de una agencia de publicidad… y trabajo por las noches… en un bar de la calle Joliette…

—Tenemos que resistir, Florentine…

—¿Florentine? ¡Cómo sabe que me llamo Florentine! —interrumpió la joven, alarmada.

El anciano extrajo un bolso color chaudron de bajo su almohada. Lo ofreció.

—Lo recogí y revisé antes de intentar despertarte —dijo con tono débil—, espero me disculpes por hurgar tus cosas sin pedirte permiso…

La chica lo tomó bruscamente. Tuvo ánimos de corroborar si algo le fue sustraído. Las credenciales y dinero seguían ahí, junto a un depilador de cejas y el anillo de compromiso que, una semana antes, le regaló su novio, estudiante de medicina.

—Solo quise saber su nombre… —dijo el viejo para justificar su curiosidad—. Llevo cuatro o cinco semanas en este lugar, ya he perdido la noción del tiempo y no me importa… Solo el televisor me conecta con el mundo exterior…

—¿Lo conoce?

Florentine había dejado de sollozar.

—¿A quién, señorita?

—Al secuestrador, a quien más…

—No, desconozco si es hombre o mujer o si es uno a varios…—y al decirlo, señaló el altavoz que colgaba junto a la puerta con rejilla—. En dos ocasiones me han interrogado o dado instrucciones por el altoparlante y eso sí, distorsionando la voz…

—¿Por qué yo?  ¿Por qué yo?… no lo entiendo —Florentine miró angustiada al anciano con la esperanza de conocer la verdad.

—La misma pregunta me he hecho y no avanzo. Soy un modesto pensionado que toda su maldita vida trabajó de obrero en una fábrica de rines para neumáticos de tractor…

LEA: proce2157

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