LA SOTANA

EL ESCUPITAJONo pares de escribir, me pides.

Puedes estar de pie, sentado o acostado, pero los textos tienen que trascender sin importarte que en cualquier momento la policía migratoria destruya la puerta y te detenga.

El televisor es la única ventana que te conecta al exterior. Hay temor por las persecuciones y aprehensiones. En nombre de la seguridad nacional y el hombre blanco todo es aceptable en esta guerra santa.

Has interrumpido tus ruegos, bajo la sotana de monje salesiano. Nada puede reconstruirse en aquella estela de frio y horror.

Ni tu madre puede incursionar por el aeropuerto, donde limpia pisos, ante el riesgo de ser confundida con una musulmana radical.

Todo puede suceder mientras dejes de pensar en lo que viene. Tú solo camina, trota o corre. En esa marcha cotidiana podrás reencontrarte frente la misma persona que siempre has saludado.

Hurga en la hierba seca, adherida a tus suelas, y te sorprenderás al levantar la cara y escuchar su tedioso saludo, los buenos días, señor, como si se tratara de un encuentro casual.

Los domingos dicen mucho cuando el cielo suda azúcar liquida con sal granulada y transforma las calles en resbaladillas.

El cinco nunca pide perdón, su quebrada anatomía forma parte del ejército de discapacitados.  Le apodan El Puño y ha perdido su sangre griega o germánica. Es un bicho retorcido que en Marzo o Mars repite las mismas oraciones del recién nacido. Clama perdón y olvido y miente.

Te sientes traicionado y en el latido de las hojas marchitas crees escuchar algún suspiro fortuito que es arrastrado ante el paso de la camioneta de correos.

Tienes hambre y la mesa continua vacía.

El libro repta en la silla y me horroriza observar la huida de sus letras. En los agujeros del muro logran introducirse y espadín en mano enfrentan a los diptongos y triptongos de la mentira. Alguna de ellas puede perder una o dos letras y dejar de existir por impronunciables.

Tal vez el mayor dolor fue observar desde el ojo de buey, perforado en uno de los ángulos del ático, la caída del adolescente al salir del edificio.

El pobre rodó con su mochila negra a la espalda; casi se hunde en la nieve.

Un vagabundo intervino y con la ayuda de su teléfono celular llamó a la policía. Ahí mismo se enteraría que, el estudiante de secundaria de rasgos asiáticos, era huérfano. Su único abuelo materno, oriundo de Pekín,  dos días antes fue detenido en un supermercado por dos agentes migratorios.

Todos tenemos miedo.

El bigotito de Hitler empieza a reproducirse en nuestros muros.

 

LEA: Balzac – Eugénie Grandet

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