¡Ȏ CANADA!

Por Everardo Monroy Caracas

la otra piel portada_FotorLa isla tiene la forma de un riñón cortado a lo largo por dos serpientes azules que conectan con el océano atlántico y los grandes lagos de Ontario. Desde el siglo XVI está poblada por hombres y mujeres de distintos orígenes étnicos que viven durante seis meses bajo los rigores del frio extremo y otro tanto, por la generosidad de los calores veraniegos y otoñales. Primero, pulularon los nombres y apellidos franceses e ingleses y a partir del siglo XIX, la Isla empezó a transformarse en un nuevo asentamiento de Babel, donde desaparecieron gradualmente las hortalizas, porquerizas y terrenos madereros. La presencia del ferrocarril, el automóvil y el concreto y hormigón convirtieron aquella fronda silvestre, surtida de agua pluvial y fluvial, en un reseco riñón agrietado por edificios polvosos, centros comerciales deslumbrantes y mansiones separadas por calles, avenidas y bulevares.

Lo imaginaste en el preciso instante de penetrar al salón Embajadores del Hotel Plaza, donde, ese miércoles 14 de marzo, exactamente a las nueve horas, asistirías a la ceremonia de juramentación como nuevo súbdito de la Reina Isabel II y de su descendencia. En esa ocasión, obtendrían la ciudadanía canadiense 276 hombres y mujeres, originarios de 48 países de América, Asia, África, Europa y del Caribe.  Tú eras uno más, enfundado en un traje azul marino, camisa del mismo color y una corbata roja, de seda. La isla aún estaba cubierta de nieve y no te importó meter los mocasines en los charcos de nieve derretida.

A las 10:19 empezó la ceremonia y una hora después, tras entonar el juramento a la soberana inglesa y escuchar el discurso de la jueza encargada de entregar el certificado de la ciudadanía canadiense, abandonaste el salón y te metiste a un restaurante italiano. Mientras degustabas una pasta boloñesa con media botella de vino tinto, evocaste tu paso por estas tierras canadienses desde diciembre de 2004 al 14 de marzo de 2018.  Atrás habías dejado aquella cumbre envuelta en una niebla húmeda y fría y al abuelo Rufino con su cara angulosa, arrugada y de gruesos mostachos blancos.

—Es mejor que lo intentes, m’ijo, antes que te maten… Anda, anda, trépate al camión y salte de Huaya…

Sus palabras pausadas y carrasposas, te calaron, porque estabas consciente que los hombres de don Prudencio Perdomo andaban en tu búsqueda por encabezar la huelga de jornaleros en una de sus minas de caolín.

La odisea no fue fácil, porque tu cabaña fue incendiada y perdiste todos tus documentos personales. Así que únicamente te allegaste de setecientos pesos, aportados por el abuelo, y te internaste por las tierras altas de Agua Caliente hasta llegar a la llanura de Viborillas, donde lograste abordar el autobús y dejar atrás Huayacocotla, lugar serrano donde fuiste parido y creciste bajo la fronda gélida de los pinos, jonotes, encinos, manzanos y álamos. En ese asentamiento de grava y oyamel, lograste coronarte como maestro normalista y desde un aula de la escuela primaria de Potrero Seco, enfrentaste a don Prudencio hasta arrancarle la ayudantía municipal de Dejigui y abrirle un frente sindical en la mina de Los Jabalíes.

El 4 de septiembre celebraras tus sesenta y tres años de vida y sigues metido en la nevasca invernal de la Isla. Durante tu estancia en Quebec lograste alejarte de la familia y amigos, por tu afán de protegerlos, pero nada hiciste para velar al abuelo y vengar su ejecución. El 9 de julio de 2008 recibiste la noticia, por vía Internet, que lo balearon antes de llegar a Palo Bendito donde compraría unas refacciones para el tractor.

Te hubiese gustado vivir en la Isla al lado del abuelo. Se lo cementantes a tus compañeros de la empacadora de pavos y jamones. El abuelo no quiso dejar el rancho y a sus muertos. Huayacocotla era su terruño, donde estaba enterrada la abuela y sus cuatro hijos. Lo evocaste tan entero, juicioso y convencido de que tu lucha contra el cacique Perdomo era justa y necesaria. Alguien del municipio debía enfrentarlo y despertarles una mayor consciencia política a los jornaleros. Por desgracia fuiste tú, después de abrevar chorros de textos marxistas en la escuela normal de Jalapa y experimentar una lluvia de toletazos e injurias por parte de la policía municipal y el alcalde priista de Huayacocotla.

Al fondo del salón Embajadores y a espaldas de una enorme cortina color crema, la jueza Emilie Dupreau leyó el juramento a la reina inglesa y los 276 nuevos ciudadanos canadienses, entre ellos tú, le hicieron segunda. Primero lo recitó en francés y luego en la lengua de Shakespeare.

 

    Je jure (ou j’affirme solennellement)

    Que je serai fidèle

    Et porterai sincère allégeance

    À Sa Majesté la reine Elizabeth Deux

    Reine du Canada

    À ses héritiers et à ses successeurs

    Que j’observerai fidèlement les lois du Canada

    Et que je remplirai loyalement

    Mes obligations de citoyen canadien.

 

    I swear (or affirm)

    That I will be faithful

    And bear true allegiance

    To Her Majesty Queen Elizabeth the Second

    Queen of Canada

    Her Heirs and Successors

    And that I will faithfully observe

    The laws of Canada

    And fulfil my duties

    As a Canadian citizen.

Los espaguetis boloñeses te supieron a estopa y te fue imposible contener un silencioso gemido, acompañado de lágrimas. Seguías solo y enfermo de tristeza.

LEA: proce2158

TV Notas 13 03 2018

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