EL JINETE DE LA MUERTE

cineLa película tenía el tamaño de un tabique y con la etiqueta muy deteriorada. Andrés García apenas era visible, a pesar de vestir un traje de charro negro con bordados de plata en los costados del ajustado pantalón. Quesada no quiso tirarla, porque el actor de Republica Dominicana, pero naturalizado mexicano, le simpatizaba en demasía a su madre.

—¿Y cómo se llama la cinta? —pregunté nada más por curiosidad, sin tener otro interés.

El Jinete de la muerte

El titulo nada me dijo en esos momentos.

El corte de pepino había logrado doblegarme y después del baño y la cena, lo único que deseaba era dormir. Tampoco quise beberme la única cerveza de lata que quedaba en el refrigerador.

Los miércoles hedían a sudor rancio, porque mis otros dos compañeros odiaban el agua. Solo los sábados por la tarde se atrevían a meterse bajo la regadera, porque por la noche acudían al bar del portugués, el de la calle Erie.

—Por cierto, Rudy —dijo Quesada ante de bajar el interruptor de la luz de nuestra habitación—, el sábado vienen Clara y su compañera de departamento y se traen su reproductora de películas VHS, por si quieres acompañarnos…

—Bajo una condición —respondí tras el bostezo.

Échala, guey…

—Que en esta ocasión me toque Clara y yo escoja la película…

Clara Lara era una jornalera más de Leamington y trabajaba en una granja productora de chile morrón y jitomate. Quesada era su primo hermano, pero ya borrachos se olvidaban de ese detalle y terminaban empiernados en el sofacama de la sala.

En otras ocasiones, los ganones éramos Viruta, Poncho Rosales o yo. Clara no hacía mutis o calibraba la diferencia. Su mundo diario se constreñía a tres cosas: trabajo, dinero y pachanga. Sus tres hijos vivían en Oaxaca con su padre y los abuelos paternos y una vez al mes les hablaba por teléfono.

Beto Quesada tuvo que ausentarse el sábado, al ser aceptado por la mayordomo de la granja donde trabajábamos. Tanto picó piedra, como decimos en mi rancho, que aquella mujer hosca y lepera cedió un poco y por la noche irían a cenar a un restaurante de comida mexicana.  Yo tendría que arreglármelas con Clarita y su amiga. Poncho y Viruta se desmarcaron en acompañarnos. Jamás faltaban a las presentaciones de la stripper y cantante Amada Luna en el bar del portugués.

Clarita fue puntual al encuentro y su acompañante, Carmina Cacho, ya venía algo prendida por la media botella de tequila que se enjaretó antes de abandonar su departamento.

Las dos eran de cuerpo recio, casi hombrudo, y de rostro moreno y ajado por el duro trabajo, pésima alimentación y un mal sueño. Vestían mezclilla y camisa de franela de cuadros. No traían chamarra o abrigo, porque vivían en el mismo edificio que nosotros.

—Llegamos las cuatro y hasta que amanezca, paisano —exclamó Clara cuando abri la puerta.

Siempre tomaba en cuenta el alcohol que cargaba en el interior de una bolsa de ixtle y esta vez no fue la excepción. Había llegado acompañada de Carmina, dos botellas de ron Havana y la reproductora de películas VHS.  Por lo tanto, tendría que ir al supermercado y comprar cocacolas, yerbabuena y una bolsa de hielo.

Ya en total comodidad, tirados los tres en una colchoneta y frente al televisor, opté por ver la película El Jinete de la muerte que protagonizaba Andrés García y dirigió en 1980 el regiomontano Federico El Pichirilo Curiel.

Carmina gritó y lanzó una mentada de madre a los pocos minutos de haberse iniciado la película. Nos sorprendió.

—¿Y hora, que mosca te picó, carnala? —cuestionó Clara.

—Ahí es mi pueblo —comentó al tiempo de señalar al televisor.

Yo simplemente vacíe mi Tecate y abrí otra lata. Lo que menos me interesaba era saber en donde cabrones se había filmado la película. Sin embargo, tuve que congelar la imagen para permitir que Carmina dejara de hacer alharaca.

—Ya suéltala, carnala —prorrumpió Clara mientras removía la ramita de yerbabuena en su vaso medio lleno de ron con hielo molido y azúcar.

—Es Tepoztlán, mi querido Tepoztlán… y yo bien que recuerdo cuando esa película se filmó, porque era carnaval y muchas tomas se hicieron frente a la presidencia municipal, por el quiosco y donde ahora está el tianguis. ¿Vieron el reloj que aparece al principio de la película? pos precisamente es el que está arriba del Palacio Municipal…

Desde ese instante, tuvimos que escuchar una larga explicación en cada escena de la película donde aparecían calles empedradas, valles, casas de adobe y teja o cerros. Carmina nos describió parte de su infancia y algunas costumbres de su pueblo. Por primera vez escuché las palabras chinelo, Ometochtli y teponaztle.

La historia del jinete de la muerte dejó de ser prioridad, por tratarse de una insulsa comedia ranchera, donde Andrés García era el encargado de transportar almas a una cueva, donde se supone radicaba la parca, su patrona. No faltaron los duelos de pistola, las palizas de cantina y las caponeras de voz bravía y algo despechugadas. Tampoco los momentos chuscos para arrancar carcajadas, besos, lágrimas y apapachos.

Y efectivamente, Curiel la había filmado en Tepoztlán, Morelos, a hora y media de la ciudad de México, y lo hizo a los sesenta y cinco años de edad. El Pichirilo moriría en Cuernavaca tres años después, en junio de 1985, pero aun dirigiría otras diez películas. Sus setenta y cuatro filmes fueron realizados con poco presupuesto y mucho ingenio. Desde Neutrón, el enmascarado negro, de 1960, a La silla vacía, de 1985. Sus dos hijos y amigos dejaron testimonio escrito, de su paso por la industria cinematográfica.

Es posible que haya mirado la mayoría de sus películas durante mi niñez, adolescencia y juventud, porque fui un fiel seguidor de las cintas del Santo, el enmascarado de plata; German Valdez Tin tan, el Látigo negro y las historietas de Yolanda Vargas Dulché, como María Isabel. Federico Curiel fue parte de la época de oro del cine mexicano y no por ser yo nayarita estuve ajeno al mundo mágico del celuloide.

Sin embargo, Clara no quiso saber más de la película o de El Pichirilo y al final, Carmina decidió quedarse a dormir conmigo, porque la había cautivado con mi perorata sobre el cine y mi gusto por las novelas biográficas y los filmes de Pedro Infante y Vicente Fernández.

Clara decidió continuar la farra en el bar de José El Portugués e irse a empiernar con algún desconocido, “pero de preferencia canadiense”, nos aclaró ya muy ganosa de sexo sin condón, alcohol y marihuana.

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