MORIR FRENTE AL MAR

EL ESCUPITAJOEn cada rincón del lugar que visualizas, existen recuerdos. Ahí están¸ contándote alguna vieja historia de la vida. Ni siquiera tienes idea de lo que puedes descubrir si hurgas un poco. Es viernes y han transcurrido seis días del mes de abril y el frio continua.

Durante un breve lapso también ha nevado.

El viernes fue propicio para internarte al mediodía a una gran estancia rodeada de ventanillas del centro comercial L’Espoir, donde los gobiernos provincial y federal tienen oficinas para atender a los demandantes del pasaporte canadiense, el número de aseguranza para trabajar o quienes pagan los recargos impositivos. La luz natural, acerada y triste, penetra por los enormes ventanales incrustados en todos los muros del gigantesco edificio de cinco niveles. La muchedumbre asciende o desciende por las escaleras eléctricas o los elevadores.

Has estado ahí, precisamente en las instalaciones de una oficina del gobierno federal donde entregaste la solicitud para allegarte de un pasaporte, 24 días después de haber recibido la ciudadanía canadiense. Te sorprendió comprobar que en aquella estancia ceñida por una treintena de ventanillas, cerca de trescientas personas, hombres y mujeres, realizaban el trámite sin demostrar alegría, sino tedio o preocupación. Cada uno esperaba su turno tras recibir un boleto numerado de manos de tres burócratas algo demacrados por el exceso de trabajo. El número que obtuviste fue el 141 y después de una hora de espera fuiste canalizado a la ventanilla 13. Una mujer rubicunda, atractiva y con un blusón de un rojo carmesí, revisó tus documentos y comprobó que tenías todo en orden: las dos fotografías con tu rostro cetrino, tuerto y barbado; el certificado de la ciudadanía firmado por el primer ministro, los nombres, las direcciones de domicilio y el número telefónico de los tres canadienses que aseguraron conocerte. Finalmente pagaste 160 dólares con tu tarjeta de débito y al entregarte el recibo la funcionaria te recordó que en dos semanas tendrías que recoger el pasaporte en la ventanilla 21.

—Lo espero el 6 de abril de 2028 para renovarlo —te recordó con una amplia sonrisa.

Sin despedirte y malhumorado, diste la vuelta y abandonaste la ventanilla, rengueando por tener una prótesis metálica en una de las piernas y acomodándote el parche del ojo izquierdo.

Habías sobrevivido a la guerra del medio oriente y ahora te aprestabas a preparar tu salida de Montreal. Lo evocas todo tan nítidamente que no te importa seguir desnudo ante el ventanal semiabierto de la habitación. En el buró has olvidado el parche y sobre la cama, tu media pierna con un pie de titanio, semejante a una anca de rana.

HEMEROTECA: La tierra de las Conquistas – Sonia Marmen

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