EL VIENTO NEGRO DE SERVANDO GONZÁLEZ

Por Everardo Monroy Caracas

cineMi padre me llevó a ver Yanco y fue la primera película que disfruté en un cine de Poncitlán, Jalisco. Ahí, en esa pequeña sala del cine Regio, el de la calle Ramón Corona, me enfrenté al drama de un niño mudo que aprende a tocar violín y muere ahogado, tras ser perseguido por una muchedumbre contaminada por el fanatismo.

El director Servando González, originario de la ciudad de México, logró conmover a la mayoría de espectadores con ese drama ruralista, filmado en 1961. Yo apenas tenía cinco años de edad cuando en aquella enorme pantalla blanca, las imágenes del niño Juanito, su madre y el anciano nos provocaron tristeza y llanto.

Imposible creer que en aquel escenario lacustre, de riachuelos, ciénagas y chinampas cubiertas de flores, milpas, pinos y hortalizas, la maldad se incubara en un pueblo nahuatlaca, enfundado en ropajes de manta, faldones blancos de percal y sombreros de palma. El ser mudo y solitario, según los pobladores, eran señal diabólica y de mal agüero.

Durante varios días recordé aquella historia de luz y sombras, pero el nombre del autor de aquel portento visual —muy compenetrado al antiguo cine soviético— reapareció en mi vida trece años después en el puerto de Veracruz. Yo estudiaba en el Centro Nacional de Capacitación de la Armada de México, donde haría carrera de fogonero, cuando un fin de semana acudí a un festival cinematográfico en el cine Reforma, enclavado en un costado del parque Zamora.

Los propietarios de la vieja y enorme sala, le habían organizado un homenaje a Servando González y en ella exhibieron cuatro las siete películas que había filmado hasta 1974: Yanco, Viento Negro, El escapulario y De qué color es el viento.  Lejos estaba de enterarme del triste papel que jugó durante la masacre estudiantil del 2 de octubre de 1968: filmar el sangriento hecho perpetrado por militares y agentes judiciales, por indicaciones del entonces secretario de gobernación, Luis Echeverría Álvarez.

Servando González, en traje oscuro y corbata roja, fue presentado antes de que se exhibiera su película Viento negro, y nos dirigió unas breves palabras de agradecimiento por nuestra presencia en aquella polvosa sala de butacas sin recubrimiento de tela. Lampiño, delgado, pelo rizado y hombros caídos, como sus grisáceas cejas, el director de cine tuvo la paciencia de saludar  a varios espectadores que se cruzaron en su camino mientras abandonaba el local. Fui uno de los que le estrecharon la mano y aproveché el momento para comentarle que a mis seis años había descubierto el cine a través de su película Yanco.

—Mire, qué bien… —respondió— y ahora hay que apoyar a los nuevos realizadores…

Sin emitir más palabras, continuó su marcha por el pasillo lateral hasta perderse tras las cortinas negras de la entrada.

Viento negro volvió a sacudirme, por su fotografía en blanco y negro, y los rostros enhiestos, trágicos de los personajes de aquella historia de lucha contra la naturaleza: el partir en dos el desierto con una vía de ferrocarril. David Reynoso, personificando a Manuel Rosales alias El Mayor, logró convencerme de su papel de jefe de cuadrillas, padre autoritario y marido sanchado. En 1989, al entrevistarlo en un restaurante céntrico de Cuernavaca, me comentó que Viento negro fue una de las películas más difíciles de su trabajo como actor. Durante tres meses tuvo que vivir en el desierto de Altar, en Sonora, y por esas fechas precisamente se construía la línea férrea Sonora-Baja California.

Ante el éxito de  taquilla de Viento Negro, Servando González filmó en 1986 una secuela a color, pero en esta trama El Mayor interviene en la construcción del ferrocarril Chihuahua-Pacifico. El peso de la historia recae en su hijo adoptivo, de origen chamula, que embaraza a una chica raramuri, hija de un gobernador tarahumara, y no quiere legalizar su relación.

Servando González murió en 2008 en la ciudad de México, a los ochenta y cinco años, y a pesar de la calidad fotográfica y de dirección de algunos de sus filmes, la casta intelectual y académica jamás le perdonó el haber sido colaborador del régimen que asesinó a miles estudiantes en la fatídica noche de Tlatelolco. Sin embargo, los estudiantes de cine no podrán prescindir de su obra, porque incluso, Viento negro se encuentra en la lista de las cien mejores películas del cine mexicano.

HEMEROTECA: TvNotas – 10 Abril 2018

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