1964

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Cuando tenía nueve años conocí Acapulco.

En un libro de texto gratuito, editado por la Secretaria de Educación Pública,  descubrí a la ciudad porteña, bullanguera y mercenaria.

La Madre Patria, presente en la portada, me invitó a entrar al conocimiento. Le obedecí. José Vasconcelos, el hacedor de ese milagro, despertó mi curiosidad.

En una tarde fría y envuelta por la niebla decidí no regresar a casa. Dejar atrás, durante algunos meses, a mi entrañable Huayacocotla: pueblo serrano de Veracruz.

Tuve que utilizar el dinero del pastel que prepararía mi madrastra.

La ausencia del padre era recurrente y difícil.

La familia abrió un restaurante en la orilla de la avenida Revolución, no asfaltada. Ahí asistían empleados del gobierno, militares y choferes de la única línea de autobuses de la localidad, con sede en la ciudad de México.

La orfandad y el desamor siempre me hicieron resistente.

No entraré en detalles, pero debo confesarles que, el día que arribé a la ciudad de Acapulco, los aguaceros inundaron sus calles y avenidas.

El sol estuvo ausente.

Una imagen cotidiana. Los acapulqueños de antaño no me dejarán mentir: turistas y lugareños dábanle propina a los niños desarrapados para cruzar de banqueta a banqueta y hacer sus compras en el Mercado Central.

Un ejército de infantes en playera, short y sandalias se adueñó de un tramo de la avenida Cuauhtémoc, aledaña al cine Río, entre las calles Manuel Acuña y Vallarta.

Su gran negocio era colocar rocas, ladrillos y madera para sortear las turbulentas aguas grises.

Sólo así, la gente lograba su propósito de allegarse de alimentos frescos o curiosear.

Esto siempre ocurría en el Acapulco Tradicional, no en el Dorado o Diamante.

 Los rechazados del mundo, como la mayoría de porteños, luchaban para no morir en las playas de ensueño.

 Ocho horas antes abordé el camión foráneo en la central de autobuses de la avenida San Antonio Abad. En la ciudad de México. Era inexistente la Autopista del Sol.

Un niño de nueve años emprendía una nueva aventura.

1964 era un año luctuoso.

En Acapulco, como en otros destinos turísticos, sobraban las lágrimas y los lamentos.

Una revuelta serrana, no muy lejos del puerto, era protagonizada por maestros normalistas y estudiantes universitarios.

Un matrimonio de edad otoñal iba en los asientos contiguos. Escuché al hombre decir que en un par de minutos vislumbraríamos la bahía. Me puse de pie para el avistamiento.

 Mis primeros pasos en Acapulco.

No estaba equivocado. Frente a mis ojos descubrí una lengua de agua perlada, ceñida de cerros y construcciones. Una mar lastimada por el atardecer y la lluvia.

En fin, amigos lectores, en esas fechas aún no podía predecir que en el Mercado Central conocería a un gran chef del Armando’s Le Club, reflexivo y generoso, y diez años después, a don Pedro Huerta Castillo, propietario y director general del periódico Revolución de Acapulco.

—¿Dónde está la playa? —pregunté a un chamaco de mi edad, de sandalias de pico de gallo y short negro, que ofrecía sus servicios de cargador.

—Por allá —dijo y extendió su brazo flaco y moreno a un punto indefinido.

–Es todo el dinero que tengo… Es tuyo —ofrecí y le enseñé un montón de billetes y monedas.

Veinte minutos después, en el Acapulco Tradicional, mis pies tocaron la parda arena y el lengüeteo espumoso del oleaje.

El Acapulco Tradicional regalaba amor sin exigir paga.

El dinero sobrante del frustrado pastel lo rematamos en refrescos, un par de aretes de falso oro para la madre de chamaco —de nombre Servando— y medio kilo de camarones hervidos.

Por la noche, al enterarse la madre de Servando —doña Graciela Torres— de mi reciente orfandad, me asiló en su humilde vivienda de la colonia El Mirador.

Jamás he olvidado la generosidad de esa mujer y de sus seis hijos, menores que Servando.

Su marido fue asesinado en Atoyac por andar de guerrillero. Nunca la escuché quejarse o desatendernos.

En los cuatro meses que permanecí en Acapulco, gracias a doña Graciela, aprendí a servir al prójimo e indignarme ante la injusticia.

Olvidé precisar: José Vasconcelos fue el primer Secretario de Educación Pública de 1921 a 1924…

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