MEMIN

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—¿Dónde queda Iguala?

—Sepa…

—¿Tu papá que es comerciante de manzanas, conoce Iguala?

 —No… o quién sabe…

Los tres nos encontrábamos en el Llano grande, frente a la escuela primaria federal Wilfrido García.: Emilio Ríos, el hijo del cartero; Aureliano Pelcastre, hijo del peletero y armero, y yo.

 Siempre nos juntábamos en el recreo para jugar e intercambiar el lonche: tortas de huevo o nata, fruta o dulces.

Sus padres y mi tía, nunca  nos enviaban a la escuela sin alimentos en la mochila.

En el aula del tercer grado no teníamos mapa de la República Mexicana, como en las de quinto y sexto grado.

Así que opté por buscar a la maestra Rocío Gómez, subdirectora del plantel.

Y le hice la misma pregunta, al concluir las clases.

—Mañana te muestro dónde se encuentra… —prometió.

Mi inquietud tuvo su origen a mediados de junio de 1963, un mes antes de salir de vacaciones.

En la historieta de Memín Pinguín —un negrito chaparro, calvo y bembón— precisamente tenía lugar una aventura en el estado de Guerrero. Memín y sus amigos Carlos, Ernesto y Ricardo encontraron un viejo croquis  del Conde de Montecristo.  En el plano era posible encontrar  un tesoro en Acapulco.

Yo radicaba en Huayacocotla, bajo el cuidado de mi tía Ana María Monroy su esposo Ramón Baca.

Cada semana, con el dinero que obtenía por cuidar burros, mulas y caballos, en el estacionamiento del hotel —propiedad de la familia—, me compraba la historieta de Memín Pinguín, escrita y dibujada por Yolanda Vargas Dulché y Sixto Valencia Burgos.

Otro ingrediente de la iniciativa: leer el libro de Lengua Nacional de tercer grado de primaria.

De acuerdo al texto, un grupo de alumnos fue premiado con un viaje a Acapulco por sus altas calificaciones.

Durante su odisea, narrada por uno de los adolescentes, sus pares de Huayacocotla, aprendíamos los secretos de la gramática española y la lectura.

—Un día voy a ir a Acapulco para conocer el mar y los tiburones… —les dije a Aureliano y Emilio.

Huayacocotla es un pueblo serrano que huele a ocote fresco. Fue construido, en la cima de un cerro rocoso, por soldados y jesuitas españoles.

En la década de los sesenta había una corrida diaria de autobuses, perteneciente a la empresa ADO. Don Luis Gómez, el propietario de la tienda principal del pueblo —La Bodega—, era quien vendía los boletos.

Por encargo, diariamente distribuía cincuenta periódicos Excélsior y cuarenta historietas de Lágrimas, Risas y Amor y Memín Pinguín.

En una de las aventuras de Memín y sus amigos tambien me enteré de la existencia de Iguala de la Independencia: ciudad adyacente al puerto de Acapulco, donde, según el argumento, vivía un ladrón y asesino, apodado El Cacarizo.

Vargas Dulché me orientó el cómo podría adquirir un boleto de viaje en la terminal de autobuses de la ciudad de México. Ya en Acapulco, cómo alquilar una habitación de hotel o comprar comida en algún mercado público.

 —Está muy lejos y es muy peligroso y aun eres un niño –me recordó Ausencio Pelcastre, antes de accionar su resortera y fulminar de una pedrada a una lagartija que correteaba en el tecorral.

El hijo menor del cartero, Emilio Ríos, se opuso a mi aventura.

—¿Y por qué quieres ir a Acapulco? –preguntó—. No creo que tu papá o tus tíos te den permiso…

 —Ya te lo dije, quiero meterme al mar y nadar y también subirme a La Quebrada.

—Yo iría contigo —dijo Ausencio—, pero tengo que ayudar a mi papá con la guarachera y la venta de manzana… y no tengo dinero…

—Yo tampoco, pero voy a pasar las vacaciones allá…

De la historieta numero 110 a la 117, Memín y sus amigos que asistían a una escuela primaria de la ciudad de México —la Benito Juárez—, enfrentaron una serie de peripecias, después de encontrar el mapa del supuesto tesoro.

Ricardo Alcaraz, por ser hijo único de un millonario, fue quien aportó el dinero del viaje.

Su padre lo enviaba a una escuela pública de la colonia Guerrero, como él lo había hecho en su infancia. Quería que su hijo templara su carácter al convivir con los pobres y dejara de ser un engreído.

Carlangas Arozamena y Memín Pinguín provenían de madres solteras: una prostituta y la otra, lavaba ropa ajena.

 Ernesto Vargas, por el contrario, solo tenía a su padre, un alcohólico y humilde carpintero.

La revista circulaba en México desde principios de 1961 y la imprimía la editorial EDAR, propiedad de Vargas Dulché y su esposo, Guillermo de la Parra Loya.

Durante el trayecto a Acapulco, el cobrador del autobús amenazó con entregarlos a la policía por viajar sin el permiso de sus padres.

En una de las paradas huyeron. Durante varias horas caminaron sin un rumbo fijo.

Memín estuvo a punto de ser picado por una serpiente de cascabel. Por lo mismo, prosiguieron su marcha hasta encontrar una casa abandonada, casi derruida, donde se resguardaron durante la noche.

En un trozo de periódico leyeron que un peligroso asesino —el Cacarizo—, había huido del penal de Iguala.

El homicida se hallaba en la misma construcción. Desde su escondrijo los observó y, en un descuido, intentó asesinar a Memín: lo tomó del cuello y arrojó  por la ventana.

Cuando quiso rematarlo, Carlangas le propinó un palazo en la cabeza y lo noqueó.

 La maestra María Luisa, frente a un gran mapa de la República Mexicana, señaló las ubicaciones de Iguala de la Independencia y el puerto de Acapulco.

—¿Cuantas horas hace un camión para llegar a Acapulco, maestra?

—Uyyyy hijo, mucho tiempo y dinero, pero ya crecerás y podrás visitar esa bonita ciudad…

Después, por boca de mi tío Ramón Baca, me enteraría que 700 kilómetros separaban a Huayacocotla de Acapulco.

 El tramo carretero a Tulancingo era el más dañado. Carecía de asfalto y estaba lleno de aguaceros.

 —El hijo de Cesar Larios, en su luna de miel viajó más de quince horas en su camioneta para llegar a Acapulco…

Enterado de todos los detalles, esperé el momento para que materializara mi primera odisea de gran envergadura: el viaje al puerto de Acapulco…

En dos meses cumpliría nueve años.

La presencia del Cacarizo  en mi subconsciente limitaría mi interés de incursionar por las callejuelas de Iguala. Lo hice ya adulto, en 1996, al ser invitado por un compadre a colaborar como columnista en el diario El Correo.

HEMEROTECA: Scherer Garcia Julio – Carceles

videoteca:

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