LA QUEMA DE NAVES…

Por Everardo Monroy Caracas

EL ESCUPITAJOHas quemado las naves para no regresar a México. Lo decidiste en el instante de meter tu demanda de asilo político. Eso ocurrió trece años atrás por culpa del miedo, de morir asesinado. A nadie le importó que durante veinte años te hermanaras con la mentira y el crimen y te embarraras las manos con dólares ensangrentados.

Por lo mismo, a través de Skype, Facebook y Gmail te peleaste con tus entrañables amigos, tus ex compañeros de oficio y tus familiares y amantes. Fue lo mejor —supusiste a tus sesenta y tres años—, y optaste por trabajar duro, aprender a hablar francés y sumirte en las francachelas finsemaneras de la mano de una camarilla de bohemios apolíticos, hedonistas y tan depresivos como tú.

Ha pulso te ganaste el rechazo de aquellas y aquellos que en San Luis Potosí crecieron en tu entorno y creíste estimar o amar.  Todos los del barrio de San Juan de Guadalupe, tu amado barrio, ahora te repulsan por no asistir al sepelio de tu madre y maldecir a doña Laura Piedras cuando te avisó por teléfono sobre la urgencia de mandar dinero para el pago de la funeraria.

—Ella nunca me cuidó —respondiste, cargado de rencor, ron  y mariguana y al lado de nosotros, la camarilla viciosa de siempre—, así que dígale a mis carnales que ellos se encarguen de la muertita…

Enterraron a tu madre en el cementerio El Saucito. Oralia y Genaro de inmediato te borraron de sus muros de Internet y corrieron el rumor de que habías muerto de cirrosis en Montreal. Hasta Herlinda, la madre de tus tres hijos —todos hombrecitos y bien portados— siguió la consigna de sus ex cuñados y te sepultó vivito y coleando, por culero.

—A la gente sin entrañas, que ni a su madre respeta, es mejor desterrarlo del alma y olvidarlo de por vida— fue lo que le recomendó a tus hijos, ya casados y con descendientes.

En la callejuela de Juan Zarco naciste y creciste bajo el amparo de tu padre, alcohólico y policía, del que heredaste el oficio. Ya de adolescente te enteraste de sus triquiñuelas y amarres con los narcomenudistas del barrio. Herlinda era tu vecina y compañera de colegio y por lo mismo, te acostumbraste a ella y fuiste un testigo privilegiado de sus cambios anatómicos: de ser una tabla correosa de cara pálida, huesuda y alargada se convirtió en una joven alegre, de cuerpo sinuoso, rostro oliváceo con rasgos delicados y unos ojos enormes y verdosos. Tú no fuiste tan distinto a Herlinda por tu apego al gimnasio y la risa fácil, cautivante. Esos atributos te permitieron entrar al terreno afectivo y sexual de tu futura esposa y madre de tus hijos.

Pero lo que menos importa es recordar tu pasado. Sigues enterito en Montreal, en una de las esquinas ruidosas de la rue Joseph-Quintal, y al lado de tus seis compañeros de la bodega de calzado. Teresa te ama, a pesar de ser mi esposa, y estoy consciente que se acuesta contigo a mis espaldas, pero eso es irrelevante, porque yo hice lo propio en mis tiempos de soltería.

En una de las juergas de diciembre, nos revelaste tu propósito de llegar a los 65 años de existencia, obtener los mil trescientos dólares mensuales de pensión y durante la temporada de invierno irte a radicar a una playa caribeña o a Valparaíso, donde te reinventarás y disfrutarás los últimos años que te queden de vida.

—Como lo hizo Ambrose Bierce  —le dijiste.

Desconocías todo lo concerniente al escritor estadounidense, pero poco importaba. Lo que valía la pena era nuestra convivencia, el alcoholizarnos en grupo, bailar salsa y escuchar las irreverencias del hedonista español Sabinas o los cirróticos graznidos de José Alfredo Jiménez.

No parabas de repetir lo que harías de materializarse el momento de ser pensionado. (Lo que yo llamaba el planear un destino incierto o un propósito sin sentido real. Aquello de que uno propone,  Dios dispone, llega el Diablo y lo descompone y algo hay de verdad.)

 Sin embargo, Lorca, Meche, Nicolás, Carrera, Teresa y yo preferimos verte eufórico, vaciando en tu cogote las botellas de cerveza y ron y quemándole la cola al chamuco antes de que la aurora nos obligue a abandonar tu departamento.

Siempre has sido el mismo y Teresa me lo repite cada vez que nos reunimos para olvidarnos de nuestra miserable condición de desadaptados.

Reconstruir tu paso por San Luis Potosí, en aquellas callejuelas estrechas, flanqueadas de construcciones de tabique carmesí de uno o dos niveles, pero con los muros pintarrajeados de leyendas urbanas, echas por graffiteros del barrio, realmente me apasionó, porque participaste en secuestros y ejecuciones de narcomenudistas, gatilleros, soplones, burócratas y comerciantes relacionados al cártel y por lo que recibías a cambio diez mil pesos mensuales. Sobreviviste, tras ejecutar al Chucky, el jefe de la plaza e incendiaste la mansión donde existía el libro de contabilidad de la organización delictiva. Si huiste, fue para que la gente del presidente municipal y el diputado Galindo no te asesinaran. Sabías demasiado.

—¿Y qué harás en Baracoa, en aquel Paraíso caribeño, amigo Garrido? —te pregunté, después de escuchar una nueva rola de Sabinas.

—Si ahí es mi destino, viviré cinco años o en Cuzco o Valparaíso  —exclamaste, restregándote los dedos entre los pelos canos de tu barba caprina y sin soltar el cigarrillo humeante de los labios—, y ya a los setenta me regreso a Montreal y me establezco en una residencia de pensionados…  O tal vez escriba mis memorias o me vuelva panadero…

HEMEROTECA: Pueden suceder tales cosas – Ambrose Bierce

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