TROTSKY EN MONTREAL

Por Everardo Monroy Caracas

portada en la entrana del castorYa es octubre y el frio empieza a reptar por la villa como una mandrágora invernal que buscara detener el tiempo y convertir a los montrealenses en figuras de sal. También las chamarras y gabardinas  se han apropiado de los pechos y pectorales frescos de la muchachada y en breve dejará de ser una prioridad la búsqueda de marido.  Las mujeres célibes regresarán a su caparazón térmico, de lana y algodón. Invierno ya domina e impone sus reglas de convivencia.

En noviembre, la nieve hará acto de presencia y la ciudad despertará blanqueada, emitiendo vaho por sus alcantarillas. Los hombres de la calle tendrán que refugiarse en las hosterías públicas y sus olores podridos, de polvo olvidado, serán combatidos, durante su claustro, en las regaderas de loza corrugada. Elizabeth y Trotsky, en plena calle de la Commune ya no hurgarán los botes cargados de desperdicios comestibles y tampoco intentarán fumar marihuana en una de las gélidas bancas que permiten ver el lento paso de los yates sobre el rio San Lorenzo.

Poco a poco Montreal pierde su brillo solar y las construcciones toman el color de la plata. El cielo es una plastilina gris que trasuda por las noches y deja diamantes líquidos en todas las banquetas. Trotsky aún conserva la piocha entrecana y los lentejuelos redondos. Nunca se aparta del desvencijado libro de setenta y nueve páginas y pastas rojas: El Manifiesto Comunista.  Elizabeth, como siempre, trae la tiara dorada en la cabeza y el deshilachado ropón escarlata con chaquira esmeralda. Su reinado está por concluir, en el momento que la separen de Trotsky, y termine en el dormitorio de las hermanas Carmelitas, de la calle Notre Dame, donde tendrá derecho a dos comidas diarias y un camastro confortable.

–En la sociedad burguesa, el trabajo del hombre, no es más que un medio para incrementar el trabajo acumulado –repite Trotsky al ver a un policía que orienta a dos turistas sobre la ubicación de Le Plaza du Genie. El policía deja de hablar y permite que Trotsky concluya su perorata–. En la sociedad burguesa, se reserva al capital toda personalidad e iniciativa; el individuo trabajador, carece de iniciativa y personalidad. ¡Y a la abolición de este estado de cosas, la burguesía lo llama abolición de la personalidad y la libertad! Y sin embargo, tiene razón. En efecto, queremos ver abolidas la personalidad, la independencia y la libertad, burguesas.

Elizabeth hace mohines y ríe, ríe estúpidamente ante tales expresiones de su compañero de andanzas.

–Ya no sigas, por favor – le pide y se alisa el pelo amarillento, sucio y entretejido a la nuca para no demeritar la extravagancia de su reinado–. El hombre nació sometido a Dios, porque es su hechura perfecta y solo nosotros, los soberanos, podemos representarlo. Los obreros nacieron para servir y obedecer, tienes que entenderlo…

–Deben retirarse –pide el policía. La pareja de turistas  japoneses, aprovechan el incidente para fotografiar a Elizabeth y Trotsky que empiezan a bailar un vals no audible, pero real en su subconsciente: es una breve composición para piano de Franz Schubert. De esa manera intentan resolver sus desavenencias y se hermanan. El policía insiste–: Aléjense o pido refuerzos. No molesten a los turistas, por favor…

Trotsky le da un beso en la boca a Elizabeth y prosiguen su marcha. El corazón de Montreal huele a salchichones asados. La gente camina de prisa y los autos y autobuses ronronean con furia. Únicamente los maples siguen en el mismo lugar, despeinados, y lloriqueando. El invierno los castiga y amarilla. Ese es su pesar.

–El seis –dice la mujer japonesa de gafas oscuras y dentadura enorme y blanca.

–¿Cuál seis? –acota su marido, casi su siamés y es quien carga la pesada cámara fotográfica sobre el pecho.

–El vals número seis de Schubert, es lo que tarareaba el hombre del chaquetón ruso…

–No se preocupen –interviene el policía de ojos rojizos e incipiente bigote trigal–. Son loquitos pacíficos. Durante esta temporada los recluyen en lugares especiales para que no se mueran de frio…

Los gritos de Trotsky no cesan:

– Para vosotros, desde el momento en que el trabajo no puede convertirse ya en capital, en dinero, en renta, en un poder social monopolizable; desde el momento en que la propiedad personal no pueda ya trocarse en propiedad burguesa, la persona ya no existe. Con eso confesáis, que para vosotros no hay más persona que el burgués, que el capitalista. Pues bien, la personalidad así concebida, es la que nosotros queremos destruir…

–Los súbditos son eso, Jacques, Súb-di-tos… Tienes que comprenderlo… Nosotros, los soberanos, representamos a Dios en la tierra. Aquí gobierna la Reina… Yo soy la Reina de Canadá…

–La que debes callar eres tú, Elizabeth –exclama Trotsky–. ¿No te has dado cuenta que el invierno ya arribó a la ciudad y que ustedes las mujeres asalariadas tendrán que meterse nuevamente en su capullo de seda industrializada?  En invierno, escúchalo Elizabeth, ustedes ya no son nada. La nieve nos pertenece, es propiedad del proletariado genuino, y hasta la burguesía nos abandona porque le teme al frio y se refugia, como los orangutanes salvajes, en los paraísos tropicales, donde el sol tiene el color del infierno…

–Estúpido comunista –musita Elizabeth sin perder la sonrisa–. En mi reino nunca se oculta el sol…

HEMEROTECA: Gala-Dali – Carmen Domingo

Napoleon. Una vida – Andrew Roberts

 

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