CAN I HELP YOU…

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Es difícil olvidar la sentencia:

—¿Can I help you?

Servando fue su multiplicador y al repetirla, podía desplazarme con más seguridad por todos los pasillos del Mercado Central, apretujados de marchantes y mercancías, y allegarme de dinero.

—Siempre busca a los gringos —recomendó Servando–, porque son quienes dan las mejores propinas…

Acapulco trasudaba sal. Presentaba su mejor rostro provinciano, a pesar de tratarse de un destino turístico de alcance internacional.

—Órale, ayúdame muchacho —oí a mis espaldas.

 Y al volver el rostro, me enfrenté a una mujer de cuerpo recio, piel aceitunada, alta y con una ajustada blusa almidonada, atada al vientre.

La escasa prenda permitía observar la mitad de los senos, grandes y rígidos.

En la parte inferior vestía un ajustado short azul celeste. Resaltaba la fuerza de sus muslos y unas piernas largas y bien torneadas, de costeña criolla.

 —¡Janaina, búscate otro, este escuincle está muy flaco! —exclamó un hombre chaparro, ventrudo, semicalvo, bigotón y de piernas flacas y peludas.

Tenía un parecido al comediante ítalo-estadounidense Danny de Vito.

Iba enfundado en un short negro, y con una camisa floreada, suelta y sin abotonar.

—Déjalo que nos ayude con lo que pueda— pidió ella y me lanzó una mirada maternal.

El hombre me encaró y al entregarme un bolso de ixtle, preguntó:

—¿Sabes multiplicar?

—Si…

—Haber, cuánto es siete por ocho…

—Cincuenta y seis…

—Bien, eres de los míos… Vas a tener que ayudarme con las cuentas y tienes que anotarlo —y al decirlo, puso ante mi vista una libreta de pasta oscura y un bolígrafo–. Yo te voy ir diciendo las cantidades y luego las vamos a sumar. ¿Estamos?

—Si, señor…

—¿Cuántos años tienes? —inquirió la mujer.

—Nueve años, señora…

—Yo me llamo Janaina y mi esposo, José Luis…

Durante dos horas los acompañé en sus compras.

 Los comerciantes de frutas, especies y verduras, anotaban los pedidos.  Le informaban a José Luis de su costo.

Lo mismo ocurrió en la sección de  carnes y abarrotes.

En el bolso de ixtle terminaron varios pomos de crema Nívea, veladoras de colores, paquetes de incienso y jabones para baño, de importación.

Por lo pesado de las canastas, Janaina no dejó que la ayudara.

Lo hizo su marido.

Al final, nos detuvimos en el estacionamiento de descarga de camionetas y tráileres cargados de productos comestibles, provenientes de distintos lugares del país.

—Ahora quiero que me hagas la suma total y la escribas… —me pidió José Luis.

El resultado los convenció.

Janaina me regaló diez pesos.

En 1969, un obrero ganaba veintiocho pesos por ocho horas de trabajo.

—Cada dos días venimos de compras… —dijo Janina—. No te pierdas para que ayudes a mi marido con las cuentas…

Y antes de subirse al Jeep verde aceituna, me preguntó:

—¿Vives con tus padres?

—No señora, con una familia de El Mirador… Mis padres están en Veracruz y yo estoy en Acapulco de vacaciones…

En las portezuelas del Jeep alcancé a leer: Armando’s Le Club. Av. Costera Miguel Alemán 502. Acapulco, Guerrero

—Sí, ahí trabajamos… —dijo Janaina al darse cuenta que bisbiseaba—. José Luis es el chef y yo soy la responsable de las compras… —y antes de que el vehículo arrancara me acarició el cabello y recordó: —Nos vemos pasado mañana aquí mismo, a las diez ¿eh? No lo olvides.

Durante los cuatro meses que viví en Acapulco, recibí el apoyo de José Luis y Janaina.

Les presenté a doña Graciela Torres y su prole.

En una de sus visitas intentaron convencerla para que les diera en adopción a uno de sus hijos.

Janaina estaba incapacitada para ser madre al tener problemas en el útero.

Desconozco el desenlace de la historia.

Un mes antes de regresar a Huayacocotla, doña Graciela Torres fue contratada en el Armando’s Le Club como lavaplatos y ayudante de cocina.

Un fin de semana, dos empleados del centro nocturno, a bordo de una ruidosa camioneta de redilas, nos ayudaron a mudarnos a la colonia Las Cruces.

La humilde mujer levantó su nuevo jacal tras integrarse a una organización de paracaidistas del PRI e invadir un trozo de barranco, poblado de cazahuates, tepehuajes y pochotes.

Desde el traspatio, día y noche veíamos una enorme cruz levantada en la cima del cerro El Guitarrón.

Doña Graciela Torres nos contó que dos hijos de Carlos Trouyet  —un burgués extranjero— murieron al desplomarse la avioneta donde viajaban, al dirigirse de Acapulco a la ciudad de México. Perecieron el piloto y sus tres acompañantes.

El accidente ocurrió el 13 de noviembre de 1967.

En su honor, Carlos Trouyet y su esposa, Milly Hauss, mandaron edificar una capilla, llamada Ecuménica de la Paz, y una cruz de concreto y acero, de cuarenta y dos metros de altura.  Según los cronistas del puerto, fue iluminada a partir del 24 de diciembre de 1970, un año antes de fallecer el millonario de origen francés.

Gracias al ¿Can I help you? que me enseñó a repetir Servando en el Mercado Central, no la pasé tan mal en mi primera aventura en Acapulco.

De eso estoy seguro…

HEMEROTECA: Cesto de llamas. Biografia de J – Luis Toledo Sande

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