LA SOMBRA DEL ARLEQUÍN

sommus portada-A Paula, por sus veintisiete

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Todo viaje empieza en un aeropuerto y con maletas. En mi caso, decidí cargar una mochila escolar comprada por Amazon una semana antes.

Mi avión partiría a las siete de la noche. Llegaría a Ámsterdam a las cuatro y media de la mañana, con una breve escala en  Reikiavik, la capital de Islandia.

Ser empleado de una granja de flores y jardinero durante el verano y otoño, permitió allegarme de un poco de dinero y así alejarme de Montreal durante casi un mes.

El 30 de abril celebraría mis cincuenta y cuatro aniversario. Lo haría en Europa con una tableta digitalizadora, un teléfono celular, dos mudas de ropa y unos zapatones de minero, duchos para las largas caminatas que planeaba realizar.

Mientras aguardo el llamado de partida, escucho en un MP3 el concierto del Cascanueces, de Tchaikovski, y como cacahuates salados que, el fin de semana, adquirí en un establecimiento colombiano de Jean-Talon.

El aeropuerto Internacional Pierre Elliott Trudeau es un enorme rectángulo iluminado. Retumba por el constante movimiento humano de todas las razas, lenguas y colores.

Grandes paneles con números y leyendas en inglés y francés nos orientan sobre la llegada o salida de los vuelos.

Existen noventa accesos de abordaje. En uno, el C68, en dos horas podré desconectarme de la Isla por aire.

Mi última llamada telefónica la realicé este miércoles a las nueve de la mañana. Mi hijo Camilo estaba ausente, según me lo informó mi nuera.

—Tuvo que ir a dejar a Camilito con mis padres, porque hoy trabajamos toda la noche —me explicó Amelia con voz de fastidio.

Sus peleas son constantes. Por lo mismo, solo una vez al mes me comunico por teléfono con Camilo.

Las deudas bancarias y el carácter autoritario de Amelia son auténticos venenos del matrimonio. Mi nieto les ha impedido divorciarse y pasar más tiempo con sus respectivos amantes.

Supuse que al tener de pareja a una mujer de nuestra misma idiosincrasia y origen étnico habrían menos discusiones.

Por desgracia eso no ha ocurrido.

Camilo me reveló que su relación con Farah, hija de jordanos, lo hace feliz y propositivo. Se conocieron en una escuela de conducir. En cuatro años jamás tuvieron diferencias, a pesar de que ella es viuda y madre de dos niñas.

Sin embargo, en sus asuntos conyugales he optado por guardar silencio y alejarme de mi hijo.

Su madre decidió abandonarme hace trece años del brazo de su amante, un guatemalteco  —como yo—, ex supervisor de la compañía de limpieza donde ella laboraba, y regresó a Escuintla, donde nacimos y crecimos.

Camilo quedó a mi cargo. A los diecisiete años embarazó a Amelia, la primogénita de nuestros vecinos. Por lo mismo, dejó los estudios y trabajó para afrontar su nueva responsabilidad de marido y padre.

Le cedí el departamento donde vivíamos y mudarme al noroeste de la Isla.

Desde entonces, me las arreglo solo  para sacar mi existencia sin contratiempos.

Durante el largo invierno, de noviembre a abril, trabajo en una granja productora de flores de ornato cerca de Montreal. Mis patrones son generosos al permitirme dormir de lunes a viernes en una de sus trailas y los fines de semana descanso en mi departamento.

—El 25 de abril viajo a Ámsterdam —le informé hace mes y medio a monsieur Mathieus— y regresaré a Montreal el domingo 27 de mayo…

—¿Y a dónde iras, Camilo?

—A Ámsterdam, Copenhague, Bruselas, Berlín, Praga, Roma, Nápoles, Catania, Paris y Barcelona… Y precisamente en Praga, en la casa-museo de Kafka quiero celebrar mi cumpleaños…

—¿Vas con tu novia?

—No patrón, solo y con mi alma… Es mejor ir solo que mal acompañado…

Monsieur Mathieus no festinó mi comentario y me recomendó visitar los jardines de Tulipanes de Ámsterdam.

Su enorme corpulencia, semejante a la de un leñador eslavo, nunca se aparta de la nave principal donde mujeres latinas y caribeñas plantan los brotes de flores en pequeñas charolas negras cubiertas de tierra.

Mi trabajo consiste en tomarlas de una banda mecánica y depositarlas en el piso de concreto.

Ahí permanecen dos semanas antes de meterlas en los maceteros de barro o en bolsas negras y enviarlas a los principales supermercados de Montreal.

Exactamente a las seis quince horas anunciaron el número de vuelo que me transportaría a Ámsterdam. Antes tendría que aguardar sentado en una de las bancas de la sala de espera adyacente al túnel de embarque.

En tres cuartos de hora nos recibirían a la entrada de la aeronave dos sonrientes azafatas de traje sastre negro y una pañoleta roja al cuello.

Desde que arribé al laberintico aeropuerto me presenté frente a un lechoso y uniformado empleado, metido tras una ventanilla. Le mostré mi documentación y los objetos personales que llevaría durante el vuelo.

La única maleta que me acompañaría, como detallé en el formulario que le entregué, era la que colgaba a mis espaldas.

En el control aduanal la checarían con rayos equis antes de pasar a la zona de embarque.

Mi entrada a Canadá, en 2003, había sido por tierra, después de un largo recorrido de Guatemala a Nueva York. Esta sería la primera vez que abordaría una aeronave.

Por Internet y con ayuda de una tarjeta de crédito de un banco canadiense, contraté los servicios de hospedaje y transporte en las diez ciudades europeas que visitaría.

Esta nueva aventura estaba por iniciarse.

Trataría de registrarla con imágenes que obtendría con mi teléfono celular y en una libreta que el domingo compré en una tienda de Dollarama.

El concierto del Cascanueces cesó sin darme cuenta.

No pude disimular una estúpida sonrisa al dirigirme al área aduanal y observar a una jovencita rubia que abrazaba un arlequín de peluche, como el que le regaló el magistrado Drosselmeyer a su ahijada Clara en el  cuento de Amadeus Hoffmann.

Nada es fortuito.

HEMEROTECA: Mccullers Carson – El Aliento Del Cielo

Iluminacion y fulgor nocturno – Carson McCullers

 

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