EL DESTIERRO

Por Everardo Monroy Caracas

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morir-en-montreal-portadaNada es imposible. Solo es cosa de proponérselo. Tampoco la edad es una limitante y puedo confirmarlo.

Saltar como chapulín de un país a otro en América es un asunto de audacia y valor. Los fuertes sobreviven y los débiles terminan atados a su miedo y conformismo. No los cuestiono, es su destino.

En el bar subterráneo de Gardiner he sido reiterativo en mis dichos y pocos lo creen, menos el estúpido del Ronco Rentería, aun resentido porque me follé a su guereja de nalgas deslavadas que no paraba de atascarse de whisky cada maldita noche.

—Seis mil kilómetros y en carretera, hijo e puta… Seis mil kilómetros…

—¿Y vos por donde entraste a Montreal?

Carlos, el hijo de Rentería, tal vez era el único mayor interesado en el tema.

–Por donde todo shute entra a Canadá, por Cleveland y en lancha de motor fuera de borda, como forajido, m’ijo

–Pura lengua de perico, Venancio –escupió Lucho El Mocho Cabrera, de la mesa contigua.

Lo ignoré. Se trataba de un auténtico campesino aymara con espíritu gambusino.

Importaba el momento y mi libertad. Cada uno cargaba su propio infierno y seria indigno apelar a su conmiseración. De los siete que continuábamos de pie bajo el agujero ilegal de Gardiner, El Ronco Rentería era el único que cargaba pólvora y candela para continuar bajo el torpedeo del aguardiente guatemalteco.

Montreal era una cueva de concreto y difícilmente la abandonaría. El tiempo, de existir, cayó de sopetón e hizo un garabato de mi cuerpo. Lo mismo el de los parroquianos latinos, encadenados conmigo a la adicción alcohólica y al duro jornal diario.

Ninguna queja, todos agarrados a un trozo de cristal relleno de cerveza o charamila, rasposa y quemante.

De lo otro, piedra o mota, preferí hacer esquina para no contaminar mis bolsillos. Hay un límite para morir en paz y en una cama digna, eso lo aprendí de mi madre. No todos los chapines del destierro lo asumían, pero era muy su pedo.

—Chiquirines es el terruño y desde ahí pal’real –dije hipeando, sin lágrimas—. Hay que brincar el Suchiate y durante el cruce mexicano, aprender a andar como zorrillo, entre cadáveres y asesinos uniformados o de corbata. Uno aprende a sobrevivir como los chuchos apaleados para pelar la muela en el destierro… No lo duden…

Los sábados por la noche era la misma vaina y el retorno al departamento me permitía enfrentar con crudeza los amaneceres. Solo los borrachos, veladores y amantes furtivos, lográbamos ser testigos de aquel milagro.

Lo importante era llegar intacto al escondrijo de la Walkley con mi costal de abalorios, alicates, mostacillas, alambre, grapas, rocallas, garrotas, caucho, cáñamo, cadenas de falsa plata, antelinas y resinas… Mi mayor tesoro, el único, durante mi última experiencia como desterrado del mundo.

Lo duro estaba por venir… y todo por exigir mi derecho de vivir en paz en el minado territorio la Notre-Dame-de-Grâce.

HEMEROTECA: Los Olmecas – AA VV

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