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LA SOMBRA DEL ARLEQUÍN/2

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La edad y los excesos tienen un precio. No es nada agradable experimentarlo.

Durante el viaje cometí el error de beber whisky en las rocas. Después del segundo vaso tuve que ir al sanitario y vomitar.

Responsabilicé de lo ocurrido a mis problemas depresión arterial o el atragantarme de cacahuates japoneses.

Así que al arribar a la ciudad de Reikiavik no tuve ánimo de curiosear en los anaqueles de libros y revistas de la sala de espera.

Maldije por no haber escuchado a la madame Fablet cuando me sugirió que cargara en los bolsillos pastillas antidiarreicas y analgésicos.

El trayecto duró seis horas.

La azafata de sonrisa de postal me informó, en un mal francés, que permaneceríamos aproximadamente una hora en el aeropuerto de Islandia.

De ahí continuaríamos nuestro vuelo a Ámsterdam.

El único inconveniente era el horario.

Por ejemplo, mientras en Montreal los  relojes marcaban las siete de la noche, en Reikiavik eran las veintitrés horas. Entonces llegaríamos a Ámsterdam  entre la una o dos de la mañana.

La mayoría de personas que  aguardaban su salida tenían el rostro pálido  e inexpresivo. Los pocos niños presentes dormían en los asientos o en el piso, sobre franelas o abrigos de mujer.

El aeropuerto no era tan espectacular como el Pierre Elliott Trudeau  de Montreal.

Su atractivo era el techo metálico con paneles solares y los enormes muros vidriados, por donde podía ver las pistas de aterrizaje, mal iluminadas,  y  una treintena de aeronaves de diferentes calados.

Los altoparlantes, en inglés e islandés —muy parecido al alemán— anunciaban  la salida de algunos vuelos internacionales.

Un hombre joven, de melena y lentes redondos, a la John Lennon, me preguntó en inglés si yo volaría a Ámsterdam.

—Sí, claro —le respondí—, tengo entendido que en treinta o cuarenta minutos tenemos que abordar nuestro avión… Seguro que usted tambien viene de Montreal…

—No, yo vengo de Nueva York…

Como mi inglés no es muy comprensible, me disculpé por no expresarme correctamente. Le aclaré que hablaba español y un francés algo pasable.

El joven me enseñó sus dientes lastimados por la nicotina y se despidió con un simple au revoir.

Por el tamaño de la mochila que cargaba y lo deteriorado de sus mocasines, deduje que  le apestaban los pies y seguramente le gustaba dormir en los parques y playas.

Sin ánimo de leer y aun con un molesto dolor de cabeza, entré al avión. De inmediato tuve deseos de dormir.

La azafata que me ayudó a ubicar el asiento, me entregó una especie de faja para cubrirme los ojos y así mejorar mi descanso.

—¿Va a querer alguna bebida o alimento, señor?  —ofreció la mujer tras meter mi mochila en el compartimiento de equipaje.

 Lo dijo en francés, porque seguramente estaba enterada de mi procedencia.

—Rien pour le moment mademoiselle, merci.

Una anciana de extravagante chongo y facciones asiáticas ocupó el asiento de al lado. Nunca cruzamos palabra y evite incomodarla durante el viaje.

Yo me encontraba junto a la ventanilla. El tercer asiento, el del pasillo, nunca fue ocupado.

Mientras el capitán daba las instrucciones en inglés e islandés, me aislé del entorno e intenté recuperar algunos recuerdos de mi infancia en Escuintla. Mi relación familiar, principalmente con mis abuelos.

No logré focalizarlos. La imagen de Nala Blake se sobrepuso.

Era jueves y aún no había llegado el amanecer.

Estaba consciente que este 26 de abril pude pisar tierra islandesa. En unas cuantas horas lo haría en Holanda y Alemania.

 Por momentos me sentí un animal en extinción, como los pajuiles de Escuintla.

Tal vez ese desasosiego emocional sea en gran parte por la negrura de mi piel.

De no ser por mis cabellos grisáceos y caracoleados, pude haber disimulado la edad e intentar ganarme los ansiados quereres de la hija mayor del capataz de la granja: un jamaiquino dicharachero y muy recto en los asuntos del trabajo.

Monsieur Mathieus le agarró gran estima desde que le salvó la vida a su primogénito.

Una horripilante boa amarilla lo atacó en las costas de Montego Bay y el viejo Usain Blake intervino y evitó la tragedia.

Durante sus vacaciones en esa isla caribeña, el quebequés lo trató y comprobó que el negro pescador aún era fuerte y rápido para el trabajo.

Por insistencia de madame Fablet, la esposa del floricultor, Usain Blake y su familia terminaron en la granja y su vida cambió radicalmente.

Su hija Nala, una mulata de cabellos encarrujados y de fuertes y esplendidas caderas, en repetidas ocasiones ha tenido deferencias conmigo y a pesar de haberse divorciado en dos ocasiones, no ha perdido el buen humor y su coquetería. Únicamente es diez años menor que yo, pero estoy seguro que algo le interesa de mí como hombre o amigo. Pocas veces hemos intercambiado palabras y únicamente le doy las gracias al ofrecerme un vaso de agua fresca o las buenas noches cuando pasa cerca de la traila después de terminar sus labores en la cocina. Aun desconozco si tiene hijos o amoríos con algún jornalero de la granja.

La voz del capitán de la aeronave volvió a engancharme a la realidad.

En breve llegaríamos al aeropuerto de Ámsterdam-Schiphol. Ahí abordaré el tren subterráneo para llegar a la parada del autobús que me llevará a Bremen.

El problema reside en que en esa ciudad germana, casi nadie habla inglés y menos español o francés. El lugar de abordaje es en plena calle. Además lo haré a media noche.

Ahí deberé tomar el autobús que me trasladará a la capital de Dinamarca.

Por ahorrarme un par de dólares, he puesto en riesgo mi zalea. Pude haber comprado un boleto del tren rápido en la Estación Central de Bremen y descansar en una litera, durante las siete horas que dura el trayecto a Copenhague.

HEMEROTECA: Juarez y su Mexico – Ralph Roeder

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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