LA SOMBRA DEL ARLEQUÍN/3

sommus portada-Hoy celebré mi cincuenta y cuatro aniversario.

El día es lluvioso y frio.

Escribo estas líneas mientras me dirijo en tren a Estocolmo.

Lunes 30 de abril y abandoné el hostal de Copenhague a las diez de la mañana.

Preferí recibir el nuevo año de mi vida sin alcohol y comiendo yogur y  una ensalada de zanahoria rallada y coliflor hervida.

En Montreal, Camilo redactó un breve texto que me envió por Gmail, donde reitera el amor que me profesa.

Ningún comentario de Amelia y mi nieto, menos de su madre.

El año pasado, Verónica habló por teléfono y le pidió que me felicitara. Lo mismo ha hecho desde que nos separamos.

Desde el arribo a Copenhague mis pensamientos se han aferrado al pasado.

No es molesto.

De no ser por mi apego a la lectura de libros históricos y hacer anotaciones en libretas que después pierdo, seguramente enfrentaría con mayor dureza el diario vivir.

Es difícil reinventarse en el destierro, alejado de los tuyos y del terruño donde uno fue feliz y más comunicativo.

En Montreal he aprendido a hablar con el silencio, mientras olfateo las distintas fragancias florales de la granja de los Fablet.

En los casi cuatro días que pasé en Copenhague comí en los Copenhagen Street Food —puestos callejeros— y palié el hambre con embutidos, carne seca de reno, ensaladas, pizza y papas al horno y bebí agua embotellada y cerveza artesanal sin alcohol.

De veinte a treinta euros gasté por día y mis recorridos en la ciudad fueron realizados a pie.

Mi experiencia en Bremen aún está presente, tras haber permanecido casi dos horas en la polvorienta calle Hoschstrabe, frente a un poco concurrido McDonald, y comprobar el verdadero drama migratorio que enfrenta esa parte oscura de Alemania.

Por lo mismo, tuve temor tras ser abandonado por el autobús que me trasladó de Ámsterdam a Bremen y quedar expuesto en un trozo de  arteria donde una veintena de adolescentes y jóvenes dormían en las banquetas, sobre cartones y envueltos en unas sucias frazadas. Otro tanto, de edad similar, ingería alcohol o fumaban opio y marihuana.

Era la una de la mañana.

Un par de tipos con chamarra negra y cabeza rapada, me observaban detenidamente. Antes de abordarme detuvieron su marcha al ser interceptados por el hombre de los lentejuelos circulares que conocí en el aeropuerto de Reikiavik.

En alemán hizo algunos comentarios. Solo alcancé a reconocer  las palabras Das Kanada.

Después intercambiaron cigarrillos. Los encendieron con cerillas de madera. Los tres se alejaron y doblaron por  la calle Bahnhofstrabe, según pude leer en la señalización metálica del poste.

El ser ciudadano canadiense, a pesar del color de mi piel, impidió que el par de neonazis me agrediera o robara.

Eso deduje.

El tipo de la melena y las gafas a la John Lennon fue una especie de ángel salvador al que jamás volví a ver.

Tras abordar el autobús de la línea FlixiBus y colocarme el cinturón de seguridad en mí asiento —eso ocurrió a las dos diez de la mañana—, tuve temblorina.

No me importó que me viera con extrañeza y temor el hombre mofludo y barbado que iba a mi lado.

Durante mi infancia, antes de meterme a la cama, mi madre me persignaba y recitaba un Padre nuestro.

—Siempre que tengas miedo o algún problema difícil, reza un Padre nuestro y ya verás que te ayudará a seguir adelante, mi negrito cucurumbé… —noche a noche me lo repetía.

 En Escuintla la población es católica. Me incluyo. No fui la excepción.

Por pertenecer al ejército de elite de Guatemala, mi padre fue enemigo del clero católico por su estrecha relación con los indígenas y la clase trabajadora de los barrios marginales.

Los kaibiles provocaban terror en la provincia. Todos los chapines conocíamos su negro historial de torturas y crímenes.

Yo había cumplido los diez años, cuando mi padre le informó a la familia que formaría parte del Centro de Adiestramiento y Operaciones Especiales de Guatemala.

Así que dejó su trabajo de policía nacional para convertirse en un sanguinario kaibil.

 Nunca pasó de sargento mayor. Y siempre culpó de lo ocurrido a la negrura de su zalea y el ser bembón.

La mayoría de sus compañeros de generación lograron mejores ascensos por tener la piel blanca y el lograrse comunicar en inglés con sus instructores.

Hasta la fecha desconozco por qué aceptó que mi madre me llamara Camilo, como el guerrillero cubano Camilo Cienfuegos, o Tania a mi hermana, como la guerrillera de origen alemán que perteneció al grupo armado de Ernesto Che Guevara.

Tania nació en 1969, precisamente  el mismo día en que el Che fue ejecutado en Bolivia.

Es curioso, en Copenhague encontré pocos turistas o lugareños de piel negra.

En el lugar donde me hospedé, el Danhostel del bulevar H.C. Andersens —un edificio de veintidós pisos levantado frente al rio Kevenhavns y el puente Langrebo—, fui el centro de atención de  algunos visitantes que provenían de ciudades aledañas, principalmente de la costa oeste de Dinamarca.

Incluso, cuando abordé el elevador que me conduciría al onceavo piso, un niño de aproximadamente tres años empezó a llorar al verme. Sus padres optaron por alejarse y aguardar el siguiente ascensor.

El hecho no me incomodó. Algo parecido he enfrentado en poblaciones de Quebec, donde predomina la gente blanca de ojos claros y que únicamente habla francés. Casi no tiene contacto con inmigrantes hispanos, asiáticos o árabes.

Soy una especie de arlequín con uniforme blanco, mi color preferido.

HEMEROTECA: Ernesto Guevara, tambien conocido como e – Paco Ignacio Taibo II

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