MEJOR IGNORAR

EL ESCUPITAJOCada persona tiene su propio oprobio y perdón. Debe asumir su tragedia original desde el instante de ser concebido. La edad pesa cuando se asume conscientemente. Es mejor ignorar, como las bestias, para sacar adelante al clan y sus recuerdos. Ahora me encuentro inmerso en la penumbra del ocaso y nunca fui preparado por mis abuelos, padres o hermanos mayores para aceptar mi nueva condición de ser desechable o reciclable.

El cielo se reinventa con el alma de los condenados. La tierra debe hacerlo, a su manera, con la carne, los huesos y la sangre de su propia descendencia. No importa si ellos hablan o piensan.

Es lo de menos.

Son un nutriente más que deben abonar los continentes y aguardar con paciencia, de acuerdo a lo previsto, el arribo violento de algún meteorito (como lo han anunciado los especialistas de la NASA) o la desaparición gradual del sol, algunas constelaciones y los mantos acuíferos de nuestras rancherías.

Los humanos en sí, únicamente se autodestruyen para dejarle el territorio vital a las cucarachas. No representan un riesgo irreversible para la extinción del planeta.

Sigo sin entender hacia donde nos dirigimos.

Los siete mil millones de humanos interactuamos en masa para acercarnos a un mundo virtual, igual de despiadado y depredador del que palpamos en nuestro hábitat tridimensional.

Cada continente encuba a Babel y sus guerreros.

Los más fuertes sobreviven y los débiles, sin distingo de razas o credos, deben alimentarlos. La muerte también da vida e ideas con sentido de vida. Hasta el amor, como emoción consciente, nos fusiona y reproduce hacia un mismo trayecto de fe.

(En estos momentos Abraham Carrera deja de escribir y levanta la vista. El viento no deja de sacudir los árboles y el polvo blancuzco del balcón lame los vidrios algo pardos por el atardecer. El dolor de costado sigue intacto. Es posible que el viejo Nicolás Woźniak baje a agradecerle el hallazgo de las prótesis dentales (superior e inferior). Sin embargo, Abraham Carrera enfrenta los horrores de la soledad y la consciencia crítica y su deseo perenne de alcanzar el sueño eterno. Su ciclo vital está a punto de cerrarse y así lo dejó entrever en sus apuntes del domingo. Federico Nietzsche optó por sumergirse en un profundo mutismo y llevarse como última imagen a un caballo azotado por su propietario y, en el caso de Abraham Carrera, psiquiatra de profesión, la decisión final tendría que sopesarla sin alterar la convivencia diaria de sus pacientes, familiares y amigos. Pasar desapercibido era lo mejor. Los cibernautas aludirían a su vecino virtual con comentarios de pesar y morbo y en dos días o antes el asunto pasaría a segundo término. Lo más cercano, lo inmediato, es el tema del momento. La tierra jamás dejaría de girar y el día y la noche seguirían en su eterno trajinar con los humanos. Nicolás Woźniak difícilmente hablaba sin las prótesis dentales y le tranquilizaba comprobar que durante sus correrías nocturnas sus allegados escucharían nuevamente sus lamentos.)

¿En qué momento dejé el hogar de mis padres y empecé a caminar con mis propias piernas? ¿Cómo fue que en Montreal perdí mi capacidad de asombro y mi amor a la vida? ¿Las lenguas sajonas y galas tienen consistencia ideológica o son simples monedas de cambio para sobrevivir?

Cuando deambulo por las márgenes del rio Las Truchas, urbanizadas y convertidas en tianguis y romerías, constato que algo no funciona.

El agua ha sido entubada y escasea y el aire perdió su pureza y transparencia y nos enfrentamos a la simetría del horror y el orden irracional.

Todo tiene un precio.

Los nutrientes que nos metemos en la sangre surgen de laboratorios químicos, son adictivos.

No es posible que en una sola planta alimentada de abonos industriales, el hombre coseche cincuenta o cien jitomates en menos de cuatro meses.

Las agroindustrias se han apropiado de siete mil millones de estómagos.

Sus propietarios, militantes de un credo divino y una familia, deben defender su confort y bienes terrenales. Patrocinan el saqueo, el miedo y la irracionalidad para someter a la masa.

Cada continente tiene un rostro de cemento industrial.

En el subsuelo, las ratas e insectos deben alimentarse de su carroña.

Los sueños, alentados por las drogas de laboratorio y naturales, dejaron de ser un derecho divino.  Son propiedad de asesinos y burócratas embusteros y transas.

(Nicolás Woźniak perdió la mano derecha de un hachazo. Le ayudó su mismo compañero de trabajo, en la carnicería La Bonne Santé, en plena jornada y ante la vista del propietario y los cuatro dependientes de uniforme blanco manchado de sangre. Así lo acordaron en una borrachera y ambos obtuvieron dividendos. El asunto fue accidental, según el parte policiaco y la conclusión de la aseguradora, y los polacos terminaron con varios miles de dólares en el bolsillo y liberados de la pesada carga laboral. Durante cuatro navidades, Nicolás Woźniak recibió tarjetas postales enviadas por su amigo. Pasaba sus últimos años de su vida en Roatán, Honduras con una viuda guatemalteca de padre canadiense. Bebía grandes cantidades de ron jamaiquino, pescaba con sedal en un viejo cayuco de palma e intentaba encontrarle algún sentido a la vida. Un prisionero más del mar atlántico y su desconocimiento del castellano.)

HEMEROTECA: PROCESO 2165

 

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