LOS GÁNDARA

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Un tío heredó los ojos azules de la abuela materna. Era militar. Habló con mi padre para que la paliza de mi padre fuera menos severa.

Una semana me acogió en su departamento, de la Ciudad de México, mientras convencía del perdón a mi madrasta.

Superado el entuerto, regresé a Huayacocotla y enfrenté el castigo. Despues, proseguí mis actividades escolares.

En las vacaciones de julio, volví a treparme en un autobús. Terminé el trayecto en Acapulco, en una callejuela transversal a la calzada Pie de la Cuesta.

En esta ocasión, busqué a don Guito Gándara y su conyugue: la irascible Zulema.

Zulema y Guito eran padres de nueve chamacos. Les solicité trabajo y resguardo.

Los Gándara eran amigos del chef José Luis y Janaina.

Por dos alimentos al día y dormir bajo la mesa del corredor, tendría que ayudar en el lavado, llenado de botellas, repartición y venta de cloro o blanqueador casero sin marca.

—Aquí el que trabaja come, m’ijito —me lo aclaró doña Zulema antes de trasponer la puerta principal con su vozarrón de afónica, trasero de ganso y gesto duro, de generala—. Y desde ahorita eres uno más de la familia, un Gándara Ampundia. Si andas de cabrón y libertino, como el hijo e puta de mi marido, te vas de patitas a la calle, porque con uno tengo. ¿Has entendido?

 —Sí, señora…

—Y otra advertencia —y al decirlo, puso una de sus manazas sobre mi hombro derecho—. Aquí se lee la Biblia antes de dormir, porque un hogar sin Dios, es como una parcela en el infierno y sembrar más odio entre nuestros hijos y semejantes. Por eso nuestro hermoso Acapulco se ha convertido en una ciudad de viciosos y delincuentes. Le están perdiendo el respeto a la vida…Y ahora vete a comer un plato de sopa para que después me ayudes con el cloro…

El short negro, la playera de rayas y los huaraches calentanos volvieron a ser parte de mi vestimenta diaria.

Lo mismo el polígono de la Bellavista, La Fábrica, Aguas Blancas, Cuauhtémoc, Hogar Moreno, Carabalí, Mozimba, Cuerería y La Maroña.

Pedro, el mayor del clan Gándara Ampundia, me enseñó los secretos de la venta de cloro, preparado por doña Zulema en un enorme tinaco de asbesto.

Don Guito contrataba personal para pintar casas y departamentos en el Acapulco Dorado. Siempre vestía de blanco, desde el calzado y calcetines, hasta la camisa y playera.

Semejaba un gigoló italiano, metrosexual, de cabello muy negro y crespo y de rostro cacarizo.

Dos de sus inseparables distintivos eran una gruesa esclava de oro y un medallón dorado sobre el pecho.

—Como te ven te tratan —repetía don Guito al terminar de arreglarse frente el espejo de la sala y depositar cien pesos sobre la repisa de los santos.

Doña Zulema, en bata blanca y pantuflas deshilachadas, emitía un ruidoso pujido, parecido a un pedo, y continuaba barriendo.

De lunes a lunes se repetía la misma escena. En pocas ocasiones los escuchaba hablar con amabilidad. Pedro y yo repartíamos cloro en los tendejones de La Fábrica, en los antiguos barrios de la Hogar Moreno, Carabalí y Aguas Blancas. Dejábamos las botellas de a litro, llenas de cloro, y recogíamos las vacías y el dinero.

Así como incursioné, en nuestros diarios recorridos por el corazón de la ciudad, en uno de los territorios más acogido y amado por la policía y los turistas: la zona roja con edificios semiderruidos, luminosos y sus arterias desiguales, estrechas, pedregosas e inoculadas de un lodo infecto.

Los nombres de sus calles difícilmente entrarán a los anales de la desmemoria histórica de la población porteña: Ejido, Rio Grande, Colorines, Perdida, Rio Bravo, Malpaso, Del Mercado, Revolución, Aguas Blancas…

Por primera vez olfateé los miasmas de la zona de tolerancia y fisgoneé los cuerpos semidesnudos de las mujeres que ofrecían sus servicios sexuales, casi adheridos, como anuncios, a las fachadas de las cantinas y prostíbulos.

Pedro, aun adolescente y  en short, playera y huaraches, era un personaje conocido: dos veces por semana entregaba el blanqueador.

Piter, déjame a tu amiguito esta noche para acabarlo de criar —exclamó una de las mujeres y ex-trajo de su blusa guinda un enorme seno de punta canela, como chupón.

Sus compañeras, muy pálidas y de labios carmesí, festinaron su ocurrencia a carcajadas.

13 Negro, se leía en el enorme rótulo que sobresalía en el acceso de entrada al inmueble azul marino, algo descascarado.

—No seas tan cusca, déjalo que crezca otro poquito…—dijo una mujer de huesos frágiles, chupada de carnes y semipelona.

—Es mejor tiernito para que vaya aprendiendo y luego no lo engañen las cabronas lagartonas como tú —complementó otra, gruesa, nalgona y de dedos como salchichones.

—No les hagas caso a estas pendejas —dijo una de las prostitutas en tono cariñoso. Era joven y de rasgos menos lastimados por los desvelos–. Ven, acércate —me pidió—. No me tengas miedo, mi nombre es Mirasol.

Lo hice. Su mirada y la manera como sonreía y dejaba entrever en sus carnosos labios carmesí una dentadura blanca y perfecta, despertaron en mí un sentimiento sexual, aun incomprensible para un niño provinciano de diez años.

Sus compañeras observaron en silencio cuando Mirasol me abrazó e inclinó la cabeza para besarme en la frente.

—¿Te das cuenta? —susurró mientras me apretaba las mejillas con ambas manos–. No somos personas malas, aunque nos digan putas… No debes tenernos miedo, también somos madres…

HEMEROTECA: 24-4-18-tvnotas-posteadorx

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