APOLODORO

Por Everardo Monroy Caracas

EL ESCUPITAJO—¿Fuiste tú?

Erecteo detiene su marcha y enfrenta a Medea, erguida y desnuda. El diario continuaba como una llamarada al pie de la cama. En un par de horas su marido presentaría ante el congreso su renuncia, disfrazada de licencia, como gobernador del estado.

—¿De qué hablas?

—Tú mandaste a asesinar a Apolodoro…

—Estas pendeja…

Los cincuenta y un estudiantes universitarios continuaban desaparecidos y la Comisión Internacional de los Derechos Humanos había concluido que el gobierno del estado tuvo injerencia en el secuestro y posible ejecución. El cabezal del periódico El Sol de la Verdad así lo resaltaba.

—¿Por qué me lo ocultaste? —cuestionó Medea—. Era nuestro hijo, ¡nuestro hijo! y te importó mas cuidar tu imagen, tus intereses políticos, que meterlo eJn el redil y desterrarlo…

 Apolodoro fue encontrado muerto en una habitación del hotel El Corsario y la prensa local difundió la supuesta causa: un infarto cerebral. Nunca se mencionó la verdad: sobredosis de heroína.

El gobernador se acercó a su esposa y la agarró de los antebrazos.

—Nuestro hijo era un adicto y tú sabes que le advertí sobre las consecuencias a sus excesos.

—¡Mentira! Tu siempre lo alentaste a ser un irresponsable y patán —reclamó la esquelética mujer al tiempo de recular y alejarse hacia el tocador, donde guardaba un revólver. Erecteo lo desconocía.

Su hermano Lisandro trabajaba en el Ministerio del Interior y tuvo acceso a los reportes policiaco y forense. Una mujer fue quien le inyectó la droga y después de comprobar que Apolodoro estaba muerto, abandonó la habitación y huyó en una motocicleta rumbo a las instalaciones de la Procuraduría General de Justicia.

El matrimonio sobrevivía ante la necesidad de proteger el dinero y las propiedades que acumularon durante la carrera político-burocrática de Erecteo. Los dos se conocieron en la facultad de leyes en la Universidad de Los Libertadores y decidieron que sería Erecteo quien asumiera la secretaria particular del gobernador Enrique Mayorga, tío paterno de Medea. Desde entonces su carrera política fue ascendente hasta llegar a la gubernatura del estado.

El rostro azuloso y abotagado de Erecteo tomó un color oscuro y lanzó un largo resoplido para evidenciar su enfado. Jamás se imaginó que una semana después de la muerte de su hijo, tendría que solicitar una licencia temporal como gobernador y enfrentar a su esposa sobre un hecho que le había robado el sueño. Lo de los estudiantes desaparecidos en nada alteró su estado de ánimo, porque según su lógica de poder, fue una decisión consensada con el general Adolfo Lozano y el ministro del Interior. Lo de su hijo era algo distinto. El muy estúpido, a pesar de ser diputado local, quiso chantajear a Lozano con una senaduría y tuvo el descaro de comentarle que contaba con una copia del audio donde se había decidido la suerte de los cincuenta y un universitarios.

—Te recomiendo que olvides tus reclamos, por el bien de Atamante, es lo único que nos queda…—le sugirió a Medea—. Incluso, por la seguridad tuya y de tu madre…

—Pero era tu hijo, Erecteo…

—Mejor prepárate a abandonar el país y debes hacerte la idea que nuestra carrera política ha llegado a su fin. Viviremos los tres en Sicilia, pero no habrá necesidad de vender nuestros bienes, porque en diez años todo lo ocurrido aquí quedará olvidado… Los crímenes por decreto se archivan… Vístete porque no debes estar ausente en la cena de despedida, donde acudirán el Ministro del Interior y todos los legisladores, ministros de justicia y mis colaboradores cercanos del gobierno.

Medea logró sobreponerse, tomó la bata-toalla y con pasos rápidos se dirigió al baño. Estaba consciente que su existencia y emociones eran patrimonio de su marido, al que odiaba y temía. Ni siquiera tendrían descendientes sanguíneos, porque su hija Atamante era lesbiana y esquizofrénica.

HEMEROTECA: El pais de uno – Denise Dresser

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