EL SILENCIO CALA

Por Everardo Monroy Caracas

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EL FUEGO

Cómo envidio la dureza de su alma. El silencio cala, apabulla. ¿Tan mal me porté para ser castigado con la ausencia infinita? ¿Puedes recorrer la poco transitable avenida Mceachran y tocar los álamos del parque Beaubien sin evocar al hombre que cotidianamente te reitera su amor?

En las frías mañanas de estos tiempos de invierno cambian los colores de la rue Cote-Sainte-Catherine.

El espacio es otro.

En las otras calles, los comercios lanzan volutas de vida y le dan brillantez a los árboles y fachadas. Todo es codificado para el extranjero.

La distracción es enorme.

Ella, absorta por los amores terrenales, olvida momentáneamente las heridas de antaño. Aun así, sabe que es amada, que tiene en su puño el derecho de reconquistar sus espacios.

Los caseríos de porche y barandales desaparecen a mis espaldas.

¿Por qué no tengo su cordura, su dolor al ausente? ¿Por qué no autocomplacerme sin trastocar la pareja? ¿Por qué suplantar nuestros sueños cariñosos con la estridencia de sus ladridos?

En Huayacocotla soy observado por los vecinos. La prima Ana me ha detectado el deterioro de la infelicidad en mis ojos.

“No sea guey primito, te trae ganas Rebeca Pasarán”.

Es verdad que nada le falta: bonito color de ojos, como de garambullo; estrecha de cintura, piernas poderosas y senos pequeños. Es guapa, relajienta y muy chambeadora. Don Higinio, su padre es dueño de tres carnicerías y la sala de cine.

Rebeca enviudó hace seis años. A su marido lo mataron en Texcatepec. Lo machetearon para robarle el producto de la venta de un hato ganadero.

“Tengo muy adentro a Alma Luna, con la que estoy casado”, contesto. Imposible, por el momento. “Iré a Nayarit”, agregué, “donde entregaré el memorial y de ser posible en febrero, hablaré con Alma Luna. De no ser así, viajaré a Montreal, en plan de visita, y finiquitaré el asunto. Tengo unos dólares que entregarle. Estaré un mes en Montreal y me regreso a Nayarit”.

La lluvia oscurece la llanura. Rebeca, a través de mi prima, me envía un plato de clemole de res, con mucha verdura.

“Para el primito solitario”, le dijo.

No tuve ánimos de reír.

Alma Luna estaba en el parque  Beaubien conviviendo con sus fantasmas.

HEMEROTECA: proce 21-66

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