AURELIANO

goteo portadaTuve una maestra en el tercer grado de primaria:  Rosa María Morales y nunca abandonaba los lentes. Cuidaba a un titan con mente de niño. Era oriunda de Huayacocotla. Estaba casada con un profesor de Oaxaca, Higinio Solís, un admirador fundamentalista de Benito Juárez.

Aureliano era capaz de matar de un puñetazo a una res, como sucedió en una ocasión. Mi padrino Audón Cordero vendía carne de bovino y tenía un puesto en el mercado municipal, al costado de la sede del ayuntamiento. Años después vi la película El Principio, donde el actor Andrés García, en su caracterización de herrero, de un puñetazo fulminaba a un caballo.

La maestra Rosa María le tenía gran estima a Aureliano. Vivía en la avenida Revolución, frente al cine de don Higinio Solís, en la orilla. Por las tardes, yo observaba a Aureliano empujar una carretilla metálica cargada de trozos de carne de res o cajas de refresco. Y

Al pasar cerca de nosotros, le gritábamos:

—¡Aureliano! ¡Aureliano! ¡Aureliano!

Y reía, reía.

Nos recomendaba, a grandes voces, que no faltáramos a la escuela.

Una vez lo vi tirado en la banqueta, cerca de la casa de mi tía Ana María.

Me impresionó. Estaba bocarriba, con los ojos abiertos.

Don Luis Gómez, el tendajero de La Bodega, ordenó a uno de sus trabajadores que lo auxiliara.

Por engaños de un comerciante de manzanas, Aureliano había bebido vino de espanto (aguardiente con jugo de fruta). La borrachera terminó por doblegarlo. Dormía mirando al cielo, sin hacer ruido con la respiración.

—¡Aureliano, Aureliano, Aureliano..! —exclamaba el empleado de barba rala y sombrero de palma.

La niebla nos cobijaba. Yo continuaba de rodillas, asustado, viendo a los dos hombres tan cerca.

En esos momentos, entre la bruma, vi a mi maestra: delgada, alta y hostil…

—¡Aureliano..! —dijo con una voz imperativa, de trueno. Aún la recuerdo con espanto.

Aureliano parpadeó, retornó a su mundo pueril, esbozando una sonrisa. Levanté la vista y vi a mi maestra ahí, de pie, energética.

Mucho de lo que soy intelectualmente lo abrevé de ella.

Los libros de texto gratuito no hubiesen tenido sentido, sin su exigencia pedagógica. De ella aprendí amar a México. De su marido, el profesor Higinio, ser un lector disciplinado.

Ahora lo entiendo en el exilio.

El significado de México y el propósito patriota del presidente Benito Juárez.

Aureliano tenía tanta fuerza física que vivió amado y protegido. Sin amor no hay país, entereza y vida…

HEMEROTECA: proce21-67

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