LOS TRECE GITANOS

Por Everardo Monroy Caracas

EL ESCUPITAJOEs la historia de trece gitanos mexicanos que sobrevivían de la cría de gallos y la apuesta. Eran nómadas, dormían y comían en tres trailas con su propia planta eléctrica.

Durante nueve meses acudían a diferentes fiestas patronales de Veracruz, donde cada año los mayordomos y el cabildo instalaban palenques, juegos mecánicos y bares callejeros. Los galleros de la huasteca tenían fama de poseer las mejores aves de pelea del país.

Lo que distinguía a estos rudos personajes de otros gitanos era su porte varonil y la forma de vestir: botas, chaquetillas y pantalones semejantes a los Plateados del siglo XIX, gavilleros morelenses descritos en una novela por el liberal juarista Ignacio Manuel Altamirano —El Zarco–, pero sin el sombrero charro. Cubrían la melena con paliacates rojos y grecas blancas.

Los trece tenían nombres de apóstoles y profetas hebraicos y leían el Nuevo Testamento y el Manifiesto del Partido Comunista, de Marx y Engels Abraham Borbas era el líder y el responsable de hacer los contratos de apuesta en cada plaza visitada.

De los trece, únicamente tres eran hermanos sanguíneos–Pedro, Jacobo y Juan—y se apellidaban Forero. Los otros, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Jacobo, Judas, Simón y Malaquías, pertenecían a distintas familias provenientes de Macedonia.

Todos hablaban romaní y manejaban con sorprendente habilidad  sus revólveres y puñales.

En Durango, Aguascalientes, Tamaulipas, Nuevo León y Jalisco aceptaban apostar con dinero de algún capo regional y de perder pagaban su adeudo con monedas de oro y sin contratiempos. Tampoco eran tolerantes con la estafa o mentira. Sus adversarios de apuestas los respetaban y jamás interferían en sus asuntos, porque ellos hacían lo propio y guardaban silencio sobre lo que oían o escuchaban.

“Cada quien su vaina”, era su lema.

Las prostitutas los adoraban y siempre eran aceptadas en su campamento. Podrían comer, alcoholizarse y dormir en las trailas e intimidar con ellos, si así lo deseaban. Sin embargo, Abraham siempre aplicaba las reglas de convivencia para evitar problemas con la autoridad: prohibido consumir drogas o cobrar por sus servicios sexuales y domésticos.

En Huayacocotla, los pobladores aguardaban con aprensión su presencia, porque durante las fiestas patronales de febrero el palenque atraía a rancheros y políticos acaudalados, dispuestos a apostar millonarias bolsas y vencer a los gitanos y así trascender su fama a otras plazas.

El palenque era armado dentro de la nave del mercado municipal, al lado de la iglesia de San Pedro Apóstol, construida por monjes franciscanos en 1673, y frente al inmueble que albergaba la alcaldía, la cárcel municipal y una posta de militares.

Los trece plateados, altos, fuertes y de mejillas y mentones oscurecidos por una tosca vellosidad, alquilaban caballos blancos de gran porte e ingresaban al pueblo en sillas de montar aderezadas con plata, cuero trenzado y vidrio multicolor.

Un hacendado de apellido Solís y de nombre Eustaquio les regaló mil doblones españoles, de oro macizo, por salvarle la vida a su hija Mercedes. Eso sucedió en febrero de 1963. Una banda de cuatreros la secuestró y Bartolomé, Juan, Simón, Malaquías y Abraham los aprehendieron en las cercanías de Zilacatipán y recuperaron a la chica. Los cinco gavilleros fueron entregados a los militares, quienes los fusilaron a la orilla del pueblo.

La noticia trascendió en el estado y su aureola de héroes justicieros trascendió. En cada palenque se hablaba de ellos. Y un hecho así los encadenó a nuevas aventuras. Familias adineradas y hasta alcaldes y diputados los buscaban en sus casas rodantes y les ofrecían dólares, plata, piedras preciosas y oro para resolverles sus vendettas o cobrar adeudos. Intervenían en asuntos de adulterio, estafas y crímenes por robo, secuestro o venganza.

En Huayacocotla aún se les recuerda con admiración y afecto, porque los triates que concibió Mercedes Solís, nueve meses después de su rescate, nacieron con el porte gitano y hasta heredaron los ojos azules de su padre.

Los trece gitanos desaparecieron a finales de la década de los setenta y en las cantinas, palenques y plazas públicas se corrió el rumor de que habían retornado a Macedonia. En la municipalidad de Struga, cerca de la frontera con Albania y a la orilla del portentoso lago Ocrida, habían construido cuatro hoteles y una empresa empacadora de carpas, cangrejos y anguilas europeas.

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