HERMANA, TE HAS IDO…

Por Everardo Monroy Caracas

polvos ajenosEl martes 15 de mayo de 2018, exactamente a las cuatro de la tarde con nueve minutos, recibiste una llamada telefónica. Una de tus hijas informó que tu hermana Magnolia había muerto en una cama de hospital de la ciudad de México.

Escribías un artículo sobre el síndrome de Diógenes en la mesa del comedor y le echabas un ojo a la olla exprés, donde cocías un puñado de lentejas verdes.

No era un día distinto a los otros, salvo que el clima invernal había dejado de blanquear las calles y los parques de Montreal.

Magnolia dejó de sufrir, después de enfrentar durante varios años, los horrores de la diabetes y el desamor.

Huérfana, como tú, fue madre-padre de siete hermanos y de dos hijos que parió en condiciones difíciles, principalmente a la primogénita.

Escasos recuerdos tienes de ella, porque a los cuatro años de edad fuiste separado, por tu padre biológico, del hogar materno. Ya maduro, por boca de la propia Magnolia, te enteraste que durante dos años te cuidó en un departamento de la colonia Roma. Tu madre, enferma de pasión y celos, tuvo que ser internada en un hospital siquiátrico.

Magnolia tendría diez o doce años cuando eso sucedió.

Transcurrirían treinta años de aquellos hechos cuando vino el reencuentro. Ella había cuidado a los cuatro hijos de la cuarta pareja de tu madre. Posteriormente, gracias a su tenacidad, logró titularse como contadora publica y conseguir un puesto burocrático en el gobierno federal.

Mientras acudía a una universidad pública fue embarazada por un porro estudiantil que de inmediato la abandonó, al enterarse de su gravidez.

Tu madre siempre la marginó, como lo hizo contigo. Jamás conoció a su padre biológico.

Según te confió telefonicamente tu madre, el padre de Magnolia fue un trailero de Palo Bendito, Veracruz. Lo había conocido durante una de las visitas que hizo al pueblo de la Huasteca donde nació: Huayacocotla.

En el tiempo que conviviste con tu hermana en San Luis Potosí —de cuatro a seis meses— comprobaste que era una mujer inteligente, sencilla y una gran madre. Optó por vivir contigo ante la perspectiva de impulsar una empresa editorial que fracasó por falta de dinero. Por lo mismo, regresó a la ciudad de México y reanudó su relación sentimental con un hombre casado y padre de familia.

Magnolia tuvo un hijo con Ruperto: modesto enfermero de una clínica de salud. En los treinta y cinco años de convivencia semiconyugal lograron tenerse estima y respeto.

Ruperto la acompañó hasta el instante que dejó de latir su corazón.

Tuvieron que transcurrir tres días, desde su muerte, para que escribieras unas líneas que dejaran constancia de su presencia en tu vida.

Ha dejado en la orfandad a dos hijos y un nieto. Es posible que los tres la sembraran en algún cementerio de la ciudad.

Elodia, la hermana primogénita, se encuentra incapacitada psicológicamente para enterarse del fallecimiento de Magnolia. Sus otros medios hermanos se distanciaron de ella, por viejos resentimientos provocados por tu madre.

En tu caso, es la lejanía la que te impidió hacer el viaje.

Eso duele.

Lo mismo ocurrió cuando fallecieron tus padres, tu madrastra y un tío materno de tus hijas, al que apreciabas.

Hoy es viernes 18 de mayo. Hace calor en la Isla.

Hay verdor y alegría en el rostro de los montrealenses que encontraste a tu paso.

Sin duda, cada uno ha perdido un ser amado, pero nada se puede hacer para recobrarlo y abrazarlo.

Lo único que te queda es recordar a Magnolia, prender una veladora y orar un Padre nuestro por el eterno descanso de su alma.

Algo de su sangre llevas en las venas.

Al morir, fácilmente podrás seguir su rastro y reencontrarse.

Ya tendrán tiempo para discutir sobre futbol o literatura y reconciliarse.

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