UNA MARIPOSA NOCTURNA (Proce 21-68)

Por Everardo Monroy Caracas

SATURNIA_Fotor_20180717Sus piernas aleteaban sin detenerse, olían a sándalo y trigo fresco. Descendían aprensivas a las caderas del gladiador argelino para espolvorear su polen de girasoles tiernos y quemantes. Alexandra Atavus tenía el cuerpo volátil, ligero, de mariposa liberada. Era un violonchelo sonrojado, que no cesaba de gemir entre la penumbra. Anhelaba liberarse a cada embate.

La pequeña saturnia jaspe seguía retadora en su tobillo, como un trozo de óxido incandescente. Las tinieblas también la ataban, mientras los acordes del fauno de Argelia intentaban derramar su leche volcánica. No habría escape. Brahim Moatti era un rehén de la aventura sin intuirlo. En cada ángulo de la habitación colgaban las fosforescencias de plata bruñida y en ellas, sin oportunidad de sobrevivir, cuatro cucarachas terminarían inmoladas ante la voracidad de sus verdugos: arácnidos de negra y peluda caparazón.

—¡Quédate a dormir hoy, no te vayas!— Alexandra Atavus suplicaba y gemía sin recibir respuesta—. ¡Tanto te necesito! ¡Eres mío..!

Brahim Moatti fundido en su propia destreza de guerrero, continuaba de pie, adherido a los muslos de la hembra rusa sin soltarle las nalgas. Eran una sola mancha reclinada al muro y en perpetuo movimiento. Enfrentaba airoso, lleno de brío, su momento de piel y saliva, como un zancudo engolosinado en un plato de azúcar, sin prever algún riesgo.

—¡Dime que me amas, dímelo, por favor..! ¡Dime que soy la única, que me amas, dímelo, dímelo..!

El argelino era un hierro de luz que atacaba sin darle respiro. Vivía su momento que lo alejaba del tiempo y la distancia. Incluso, su reciente encuentro en el tren subterráneo dejó de trascender y era olvido. Las imágenes impresas por las cámaras de video, quedarían como memoria, de no borrarse. Alexandra Atavus, de acuerdo a una posible reconstrucción de hechos, podría ser visualizada en el asiento contiguo con el rostro reclinado sobre la ventanilla. El argelino la acompañaba, leyendo un periódico árabe y escuchando a Abdelkader Chaou en su teléfono celular. La música de su paisano en rebeldía, evocaba el anticolonialismo de Magreb. El aroma a gardenia destilado por la mujer lo enervaba y también su atractivo perfil de vampiresa: frente saliente con cejas delineadas y rubias, ojos de un azul intenso, de aguas profundas, y parpados magenta; pestañas pobladas y curvas; nariz recta, corta y altiva y unos labios anchos, carnosos y de un rojo vivo. La barbilla y los pómulos, bellas sinuosidades sonrosadas, resaltaban de su rostro redondo, aparentemente frágil. De reojo descubrió sus relucientes dientes incisivos y frontales, blancos e impolutos, que descansan con fuerza en el labio inferior, sin dañarlo. Aparentemente dormía y la cadencia de su respiración desembocaba en el inquietante poder de sus senos, inocultables, maduros y vigorosos. Desde su posición de compañero de asiento, Brahim Moatti observó cada detalle físico y hasta comprobó, por el contorno de sus manos de dedos largos y tersos y de uñas esmaltadas de un rojo fucsia, que podría tratarse de una mujer alejada del trabajo domestico y fabril.

—¿Te parezco atractiva?

El argelino únicamente observó sus labios sin escucharla. Alexandra Atavus giró la cabeza y lo enfrentó con una mirada interrogante y una mueca de complicidad.

Brahim Moatti acalló los lamentos melódicos de Abdelkader Chaou.

—¿Te parezco atractiva?

—Sí, lo eres…

—¿Por qué? ¿Quién te ha dicho lo que es la belleza y la fealdad?

—Nadie, es lo que siento. Ya tengo conciencia y puedo comparar… El haber vivido treinta y tres años también te permite elegir.

—Respuesta correcta… Yo me he fijado en ti por la mariposa que tienes tatuada en el dorso de la mano.

Brahim Moatti inclinó la cabeza y comprobó que el tatuaje, producto de un antiguo amor en Casbah, seguía en el mismo lugar y con las alas de un verde seco, extendidas y en pleno vuelo.

—Mira —dijo ella y le mostró el tobillo izquierdo—. Estamos hermanados por la misma saturnia… nuestras mariposas son de la madre luna…

Una hora después, en el departamento del argelino, en el barrio de Djamila des Lilas, ambos intentaban hacerse todo el daño posible bajo el fragor de sus instintos. Brahim Moatti, de músculos templados en los arenales del mar Mediterráneo, pudo degustar la saliva dulce y el sudor salino de la hembra que no parada de resollar y repetir que no la abandonara. Jamás había sido prisionero de una sensación tan placentera, inigualable.

Montreal era una burbuja de sombras azules bajo una luna desbordada y los amantes, en aquel estrecho espacio con muros borroneados, se ahogaban con su propio fuego interior. Alexandra Atavus seguía estrangulándolo con las piernas y atrayendo la cabeza a su rostro con ambas manos sin dejar de hurgar su paladar con la lengua. El peso de su cuerpo recaía en el falo del argelino, una bestia en brama incontenible.

—¡Quiero que estés siempre a mi lado! —insistía febril Alexandra Atavus—. ¡Quiero que seas de la noche y el tiempo nos pertenezca¡ ¡Dime, dime, por favor que me amas! ¡Dímelo..!

Magreb y Levante en una sola consonancia y en aquel cubo de concreto, encalado y sin orden. Cada arácnido oculto en su madriguera de estambre lunar, en breve iniciaría la comilona tras haber sometido a la cucaracha. Sin embargo, Alexandra Atavus se resistía a destruir a su presa e intentaba prolongar esos instantes de deseo uterino, carnal. Anhelaba ser rescatada, percibir un simple balbuceo apasionado del argelino. De materializarse su deseo, finalizaría el sortilegio de la soledad maldita. Estaba agotada. En Montreal tendría la oportunidad de compartir en el mismo espacio vital su libertad y sosiego.

—Sí, si… te amo… te amo, Alexandra… ¡Te amo!

Un par de destellos rojizos, como gotas de almagre fosforescente, iluminaron la habitación y Alexandra Atavus, exultante, dirigió sus ávidos labios de princesa rusa al sudoroso cuello de Brahim Moatti.

Ella, en tres noches subsiguientes, retornaría a Huayacocotla para reencontrarse con Hermeneo.

HEMEROTECA: proce 21-68

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