MI AMIGO BOND

Por Everardo Monroy Caracas

cineEn 1960 llegó la televisión a Huayacocotla. Únicamente tres familias la importaron de la ciudad de México e instalaron una planta de luz, alimentada con gasolina, para verla los fines de semana. Yo tuve acceso a ella seis años después, porque mi padre decidió establecerse en ese pueblo serrano a pesar de haber sido parido por doña María de los Ángeles en uno de los camastros de la Casa Grande.

Mis compañeros de la escuela primaria, hijos de Higinio Solís, Luis Gómez y Aldegundo Garrido, tenían prohibido invitarnos a sus encuentros con el agente británico Simón Templar El Santo y el sargento gringo “Chip” Saunders de la serie Combate!.

Así que, en mi caso, optaba por ir al restaurante cercano al negocio de mi tía Ana María, el Hotel Huayacocotla, y por veinte centavos seguía las peripecias de El Santo y “Chip” Saunders.

Después, ante la generosidad de doña Clafira Gómez, tuve acceso a los enredos histriónicos de la familia Monster y las aventuras justicieras del Avispón Verde y su asistente Kato, personificado por Bruce Lee.

Durante dos horas lograba evadirme de la realidad y las tareas escolares. Junto a las historietas impresas, las series radiales de Kaliman y Porfirio Cadena El ojo de vidrio y la televisión, Huayacocotla dejaba de ser ante mis ojos infantiles un pueblo inmerso en ocotales y quebrachos y cañadas de roca caliza y caolín. Ni siquiera la presencia perenne de la niebla mataba mi imaginación y el amor a mis superhéroes.

Fue así como el 19 de diciembre de 1966 descendieron del autobús foráneo Rebeca, Ricardo y Rubén tras su madre, la tía Paz, algo cargada de kilos y tristeza por sus broncas conyugales. Ella casi arrastraba dos pesados velices y tuvimos que auxiliarla.

Los cuatro personajes de carne y hueso y bien arropados con abrigos y suéteres de lana, procedían de la ciudad de México, exactamente de un edificio plomizo de ocho plantas, levantado en la calle Colima de la colonia Roma.

Después de los saludos y la cena, mis primos me invitaron a entrar a su recámara y de sus maletas sacaron, como sombreros de chistera, una veintena de muñecos metálicos, casi humanos, y semejantes a los superhéroes de la televisión e historietas. Sin embargo, llamó mi atención uno de ellos, esbelto, de cabello negro relamido, lampiño y fuertes mandíbulas. Usaba smoking blanco y corbata de moño y estaban articulados sus brazos y manos.

–Es James Bond, el agente 007—me dijo Ricardo sin permitir que lo tocara.

Ricardo frisaba mi edad.

–¿Y qué hace?

–Es un agente secreto británico y tiene licencia para matar a los enemigos de la reina…

En una caja metálica, en forma de cofre, guardaba todo el arsenal mortífero de James Bond, ropa a escala y un libro de pasta couche, a colores, de la editorial Albon, con sede en Colombia.

Ricardo no aguardó a que preguntara.

–Es una de sus aventuras…

Y leí el título:

Desde Rusia con amor.

–¿Puedo verlo?

–Es de Rubén –me aclaró.

Rubén, el segundo de la triada Gomeztagle-Monroy, era menos receloso con sus pertenencias y de su propia mano recibí el libro de bolsillo.

–Puedes leerlo, yo ya lo terminé en el ADO…

Así llamábamos al camión foráneo porque pertenecía a la empresa Autobuses de Oriente y de lunes a lunes realizaba una sola corrida de la ciudad de México a Huayacocotla. El viaje tenía una duración de seis a ocho horas por lo intrincado del camino.

Esa misma noche, en mi catre de ixtle y alumbrado con la lámpara de gas con capuchón de mantilla, empecé a leer la novela. Debo sincerarme, desde que leí el primer párrafo quedé prendido e ignoré al autor de esa aventura: Ian Fleming:

“El hombre desnudo que yacía boca abajo, junto a la piscina, podría estar muerto”.

Y no me detuve:

“Podría ser un ahogado acabado de rescatar de la piscina y tendido sobre la hierba para que se secara mientras llamaban a la policía o a sus familiares. Incluso los objetos del pequeño montón que había en la hierba, junto a su cabeza, podrían haber sido los efectos personales del hombre, cuidadosamente reunidos a plena vista de modo que nadie pensara que sus rescatadores habían robado algo.”

Sin encubrir sus inclinaciones antisoviéticas y anticomunistas, de entrada, Ian Fleming, ex agente británico durante la segunda guerra mundial, nos presentaba al villano principal de la novela: el ruso Krassno Granitski o Donovan Grant «el Rojo».

Lo describió desde los ojos de una bella mujer que le daba masaje en una lujosa villa con un jardín de cuatro mil metro cuadrados. El sicario era de “rostro moreno rojizo coronado por apretados rizos rubios” (…) “y la ausencia de expresión que empañaba los ojos azul muy pálido se derramaba por todo el rostro y le confería el aspecto de un ahogado, de un cadáver”.

Mi lectura la interrumpí cuando empezaron a cantar los gallos y la niebla había permitido observar un trozo de cielo estrellado.

Los primos permanecieron dos semanas en Huayacocotla. No recuerdo con exactitud  si retornaron a la ciudad de México el 2 o 3 de enero, pero poco importa. Durante ese tiempo, James Bond me hizo traicionar a mis superhéroes del momento –El Santo, “Chip” Saunders, Kaliman, Kato, Superman, Batman, Memín Pinguín, Los Supersabios y Chanoc—y desde entonces prometí que leería todas sus aventuras. No le fallé e incluso coleccioné las once novelas y dos libros de cuentos escritos por Fleming en su rancho Goldfinger de Jamaica.

Ya en mis tiempos mozos y radicado en el Distrito Federal, me reencontraría con Roger Moore, sin su personaje de Simón Templar, sino vistiendo el smoking blanco y la corbata de moño del agente secreto 007. No me desilusionó.

Es necesario precisar que en el cine, James Bond y Krassno Granitski fueron protagonizados por Sean Connery y Robert Shaw y como el agente turco M16, Pedro Armendáriz, siete meses antes de suicidarse.

HEMEROTECA: El pais de uno – Denise Dresser

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