SOY TU HERMANO…

Por Everardo Monroy Caracas

SATURNIA_Fotor_20180717La vida es un torbellino de imágenes y sensaciones irrepetibles. El Déjà vu  tiene gran significancia cuando hay conciencia y aventura. Tú podrías afirmar que durante veintidós mil novecientos noventa y cinco días pisaste tierra firme y que tuviste contacto con innumerables personas reales o irreales.

Los grandes maestros te heredaron su sabiduría en perfectos ladrillos de papel y te duele comprobar que aún no se construye con ellos una nueva Torre de Babel monolingüe o monocultural.

Por el momento, el ácido de la vejez sigue corroyendo la carne y los huesos. La mente lo rechaza y edifica historias obtenidas en la cantera de una imaginación desbordante. Por ejemplo, esta madrugada te imaginaste impartiendo clases de periodismo en una aula universitaria. En realidad eras un holograma.

Los colegios de Montreal ya no requerían enseñantes de carne y hueso, porque el gobierno y los empresarios de la educación habían adquirido el paquete Premium de los catedráticos virtuales que en tercera dimensión podrían desplazarse a lo largo y ancho de las aulas, mientras impartían su clase. Incluso, los alumnos interactuaban, a través de un ordenador de inteligencia artificial.

Alexandra Atavus te recordaba algunos adelantos científicos en la Federación Rusa, Israel y Estados Unidos. Sus doctores en ciencias sociales, tecnológicas y naturales lograron resucitar a los grandes pensadores y sanadores del mundo. Desde Aristóteles, Pitágoras, Karl Marx y Sigmund Freud a Alan Turing, Albert Einstein, Stephen Hawking y Ludwig Boelkow. Y algo más: también impartían cátedra, en su lengua original, laureados escritores, poetas y músicos de los cinco continentes.

Alexandra Atavus algo bueno recogió durante su paso por la tierra. Y ahora ante ti, la enigmática dama de negro, de 449 años, discurría con su voz melodiosa, de encantadora de serpientes y lograba hipnotizarte.

Hermeneo quiso que la conocieras antes de internarte a Huayacocotla y reencontrarte con la vetusta construcción de argamasa y roca volcánica que te protegió cuando tu vida peligraba. Durante cuatro años ahí enfrentaste el temor y la orfandad de los arcángeles, vírgenes y santos minusválidos. Después terminaría siendo el refugio confortable de murciélagos y cucarachas. El temblor del 2022 la devastó y los feligreses prefirieron edificar un nuevo templo católico en la zona oeste del pueblo, exactamente donde se formaba el cruce de las calles Los Pinos y 5 de Mayo.

Imaginar cada detalle del Huayacocotla actual, dentro de la realidad sesentera, sumergida en unas callejuelas borradas por la niebla, te orillaban a proseguir bajo el soponcio de lo sobrenatural. La sinuosa y pálida figura de la rusa Alexandra Atavus, era capaz de describirte cada detalle de lo que olvidabas a consecuencia de la edad. Hermeneo no quiso perpetuar tu presencia en el municipio para evitarte el dolor de enterrar a los tuyos antes de envejecer. Ni siquiera le preocupó tu sempiterna cojera.

Los olores de sándalo, amaranto y jengibre se entremezclaban en la habitación y te impedían recuperar lucidez y verdad. Era una fragancia almizclada, dulzona, que reconstruía tu transitar por el sendero de acceso al huerto de olmos y perales y que te catapultaban a la cabaña, donde un domingo de marzo de 1948, tu tío Elpidio se resguardó bajo el piso de madera, después de sorrajarle un martillazo en la cabeza a su padre. Los peones tuvieron que atarlo con correosas reatas de ixtle y arrastrarlo por las callejuelas lodosas y empedradas hasta la cárcel municipal.

Estabas consciente que Hermeneo se había transformado en otro personaje, menos infantil. Durante el primer encuentro quiso que lo enfrentaras con su esperpéntica figura de adolescente, esquelética y pálida y la cabellera sucia y enmarañada. Sus dientes eran diminutos, sarrosos y de sus delgados labios sobresalían unos incisivos brillantes y agudos, como un par de agujas hipodérmicas.

 —Soy tu hermano —te dijo y de un salto llegó frente a ti y te abrazó.

Un olor fétido, carroñero, te paralizó y provocó llanto.

Prudencio Pasaran te había advertido del engaño y quiso protegerte con el crucifijo de madera que el padre Baltazar adquirió en Italia, en la Basílica de San Francisco en Asís. Hermeneo fue indemne al icono y a otros conjuros o supercherías religiosas. Atilano Uribe era descendiente de los Atavus y después de su sacrificio, el conclave familiar se realizaría en Potrero Seco.

Hermeneo insistió en inyectarte confianza y recordarte que en el municipio aun predominaba la sangre de los Uribe y su derecho a recuperar la hacienda despojada a tus padres de crianza, Marcelino y Águeda Villamil.

—Si estoy aquí es porque ella me obligó —te quejaste, sin poder recobrar fuerzas para salir corriendo de lo que alguna vez fue un atrio.

—Estás aquí hermano, porque yo quise que estuvieras —precisó Hermeneo y te dio la espalda para que lo siguieras.

La noche continuaba sumergida en el congelador de noviembre. Su vaho incoloro y contaminado por la trementina de los ocotales, te despertó del letargo y descubriste, al pie del lecho, la desnuda figura de Alexandra Atavus.

HEMEROTECA: TvNotas – 22 Mayo 2018

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