ABONO PARA CEMPAZUCHITL

SATURNIA_Fotor_20180717Han transcurrido veinticuatro horas. Te niegas abandonar el escondrijo de comejenes y madera carcomida.

Tienes hambre.

Con los residuos de las tortillas secas has encendido el tlecuil y avivas las llamas con las astillas de ocote que encontraste en la plancha ennegrecida del antiguo mercado municipal.

Tienes la imagen viva de ella, no la de Eva María o Remedios Yescas. No, de Sara Kaufmann, hija del pastor evangelista que al recordarte se arrodillaba, abría su libro sagrado y, en voz alta, repetía algunos salmos redactados por tu tocayo Moshé hace cuatro mil años.

“Contigo se peca”, te repetía por Skype, después de masturbarse, “y prefiero alejarme del mal y así conseguir el perdón de mi padre espiritual”.

La conociste en la madurez, dormitando bajo el enramado de un álamo, en La Quinta de Chapultepec: rancho de los Monroy-González.

Sara nadaba desnuda en las aguas transparentes y frías del rio Vinazco. No se percató que la observabas.

Desde entonces decidiste buscarla.

Durante la fiesta del carnaval lograste contactarla, disfrazado de un gachupín barbado e invitarla a danzar en el salón de actos de la escuela primaria federal Wilfrido García.

—Soy divorciada —dijo, después de recibirte un vaso de agua de calabaza endulzada con piloncillo—. Tengo cuatro hijos y prefiero mi libertad a estar nuevamente encadenada al mal humor de los maridos indeseables.

Te subyugó la transparencia de su risa, de lepa, y ese olor agradable de amaranto.

Tenía belleza y elegancia y al observarle las manos y pies, comprobaste su pulcritud y añoranza de reinventarse como esposa o dama de compañía.

Hermeneo te había permitido ir a la cabecera municipal y hospedarte en el hotel Camarón Resort, antiguamente llamado Huayacocotla.

Sara y su hija Sara alquilaron una habitación en el hotel Santa Fe, el de la calle Zaragoza.

Su ex marido era oriundo de Huayacocotla. Le regaló una cabaña a la orilla del Llano grande, cerca del rancho de los Monroy-González.

Mientras rostizabas el perro que lograste cazar durante la noche, por medio de una jaula utilizada como trampa, intentaste evadirte del presente, comprobar que continuabas respirando.

El miedo se había enconado en tu sangre. Te impedía abandonar los escombros de lo que quedaba de la parroquia de San Pedro Apóstol, donde tu abuela te llevaba cada domingo, después de ascender y descender dos acantilados y cargar a tus espaldas medio costal de frijol negro que la anciana cambiaba por sal, piloncillo y aguardiente.

Tú tenías que hablar por ella. Nunca quiso aprender el castellano. Unicamente se comunicaba en otomí.

Sin embargo, la vieja Caritina le era fiel al Padre Jesús a quien le encendía un cirio y depositaba a sus pies una cemita preparada con sus propias manos.

Por primera vez te atreviste a mencionar el nombre de tu abuela mientras degustabas un tamal de zacahuil, un plato de mole de guajolote y bebías pulque.

Sara Kaufmann te escuchaba con atención, o eso creíste, y hasta se atrevió a preguntarte si tambien hablabas o entendías la lengua de tus ancestros.

Por momentos, el rostro agradable de tu anfitriona te perturbaba y evitabas mirarla de frente.

Tu timidez le despertaba curiosidad. La acicalaba a seguir incomodándote.

Confiabas en el potencial del pulque de Agua Blanca para recuperar tu cordura y arrojo e invitarla a conocer el rancho, donde suponías habías sido engendrado cuarenta y tres años atrás, a cincuenta leguas de la cabecera municipal: Potrero Seco.

Don Aldegundo Cordero, carnicero de profesión, te había ofrecido, en calidad de préstamo, cualquiera de sus caballos de gran alzada.

De aceptar tu invitación, la bella mujer, que te dijo ser hidalguense, te reencontrarías al día siguiente con las lápidas de tus padres, hermanos y abuela, asesinados por Atilano Uribe.

Los ojos rojizos, como carbones encendidos, no te perdían de vista cuando devorabas una de las piernas del perro.

La semioscuridad apenas permitía dilucidar la identidad de la bestia que te acosaba.

Alexandra Atavus, como te lo advirtió el viejo mayordomo Atilano Pasaran, tenía el control absoluto de los tlacuaches y lobos. Difícilmente te permitirían abandonar el pueblo.

—Es mejor que huya con ayuda de sus recuerdos, como lo hacemos los viejos, y así será menos infeliz, señor Uribe.

Ya no tuviste ánimos para precisarle que eras hijo de Marcelino Díaz y Águeda Villamil.

El mismísimo sacerdote Baltazar López Bucio, antes de ser enviado a la diócesis de Cuernavaca, te había bautizado. Fue tu padrino don Aldegundo Cordero el que pagó los gastos del baile y la comilona.

Hermeneo pensaba distinto.

El mismo día de tu secuestro y en Viborillas, te lo aclaró:

—Bernabé Garrido y Espinoza, que es el hombre más rico de la huasteca veracruzana fue quien te apadrinó por petición de su jefe de seguridad, Atilano Uribe, que es tu padre y mi padre. Si él no es como nosotros, y me refiero también a Alexandra, tiene una causa, que ya te contaré. Ahora lo que importa es decidir si mereces ser como tu verdadera alcurnia o solo abono de alguna mata de cempazuchitl del cementerio de la orilla…

Lo de Sara Kaufmann vendría después.

En ese lapso de prueba, impuesto por Hermeneo te enfrentarías a los excesos de la fe religiosa y los placeres de la carne.

La mujer que conociste en Huayacocotla, durante la fiesta de carnaval, terminó siendo tu instructora en los alcances maravillosos del sexo.

HEMEROTECA: La primera guerra mundial – Michael Howard

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