DEMONIOS SUELTOS

SATURNIA_Fotor_20180717Faltan nueve minutos para que los diablos salgan a las calles y dancen.

Tú lo sabias. Te lo adelantó Hermeneo a su regreso de Dejigüi.

Alexandra Atavus tuvo que permanecer en Texcatepec, precisamente por el arribo de los demonios y su enfrentamiento con Juan Bautista, el Precursor de Cristo.

Es domingo 24 de junio.

No hay forma de escapar al escarnio que te aguarda.

Los cientos o miles de seres  infernales, ataviados con capotas, máscaras de madera y faldones de colores chillantes, tomarán el atrio y las calles aledañas —Morelos, Juárez, Galeana y la plaza de la Constitución— para  descargar su arrecho y aguardar el retorno de su emperador Asmodeus, después de su entrevista con Elohim, el Rey de Reyes.

Huayacocotla había sido consumido por un incendio, originado en el Mercado municipal. Los lugareños huyeron hacia los altos de Zontecomatlan, donde levantaron un campamento y sobrevivían cazando tejones, conejos, venados de cola blanca y chachalacas.

Las aguas del rio Calabozo apagaban su sed. Tambien les proveía de guapotas y bagres.

Lamentaban no haber salvado al Santo Patrono, encarnado en un Jesús sufridor y vejado, y el cáliz de plata, donado por el párroco independentista, Joaquín Gutiérrez.

—No debes temerles —te dijo Hermeneo, disfrazado de diablo danzante y con un sonaja de aluminio a la mano diestra y un látigo de piel de carnero en la siniestra—. Ellos solo permanecerán aquí doce horas y a la medianoche retornaran al inframundo, a Gehena. Tú, como yo lo haré, puedes brincar, gritar, emborracharte, maldecir o golpear a los estúpidos vecinos, aquellos que cuidan sus pertenencias como perros domesticados, sin que sientas arrepentimiento.

—¿Y si no quiero hacerlo? —respondiste hecho ovillo  en uno de los rincones de la catacumba.

Habías apagado el tlecuil para no llamar la atención con la humareda.

—Es tu problema, Moisés —te espetó Hermeneo casi escupiéndote la cara ennegrecida por el tizne del fogón y salió del escondrijo lanzando aullidos y grandes brincos.

Los estallidos de cohetones y el repicar de una campana, posiblemente de la capilla de la Cruz del Milagro —eso supusiste—, anunciaron el inicio del jolgorio.

Los diablos se hicieron acompañar de tamborileros y guitarristas que no pararían de tocar desde las doce del día hasta las doce de la noche.

Hermeneo y Alexandra Atavus presentaban dos mundos distintos y confusos.

Tal vez, el que mejor conocías era el de Hermeneo. Estuviste a su lado durante tu adolescencia y participaste en las fiestas paganas de Huayacocotla.

Tu abuela Caritina te llevaba a la cabecera municipal los días de plaza y festivos. Te obligaba a hincarte frente a San Pedro Apóstol, la Virgen de Guadalupe y el Señor Jesús, al que temías, por lo deplorable de su aspecto: triste, ensangrentado, rostro enjuto, manos atadas al frente y portando una corona de espinas en la cabeza. De su manto morel o púrpura colgaban pequeñas figuras humanas de oro y plata, regalo de los feligreses por los milagros que les otorgaba. Desde recuperar la salud —de ellos o sus seres amados— o allegarse de dinero para acumular propiedades o pagar sus adeudos.

Tampoco faltaban los medallones de oro y las piedras preciosas donadas por homicidas y ladrones, como los Garridos y Espinoza y Atilano Uribe.

Tú tenías cuatro años cuando, por primera vez, acudiste a las fiestas de carnaval y observaste la procesión de los feligreses, presidida por el Señor Jesús sobre una tarima movible de madera y cargado a los hombros por cuatro hombres de rostro de obsidiana, acicalados por la fe, el temor y el aguardiente.

El rumor del cascabeleo, el rasgueo de los cuatristas y los tum tum tum de los tamborileros empezaron a filtrarse por los paredones.

De inmediato, escuchaste las exclamaciones de júbilo de los diablos danzantes y el tintineo de las miles de campanillas que colgaban de sus cinturas y huaraches.

Habían ascendido del infierno.

En sus torsos se hicieron tatuar cruces o estrellas de Sion para demostrar su fuerza persuasiva, durante las doce horas de absoluto albedrio.

Elohim les concedió un espacio de relajamiento en la tierra. Huayacocotla fue el lugar elegido por Asmodeus para informar los acuerdos alcanzados con el hacedor de todo lo existente en el espacio infinito.

Alejandra Atavus odiaba aquel ritual pagano. Creía en lo material y lo palpable ante sus sentidos.

De ahí su interés en difundir los avances de la tecnología satelital y los alcances de Internet y la robótica.

Hermeneo no la desmentía o cuestionaba. El paganismo, como el hedonismo, le permitía saciarse y divertirse.

Los dos encarnaban lo mundos construidos por la naturaleza y la consciencia.

Y como los ajolotes de Viborillas, podían zambullirse en todos los universos relacionados con la vida y la muerte.

Jamás extinguirse.

Tú aun aguardabas el momento de decidir, tras tu regreso a Huayacocotla, si te reencontrarías con tus descendientes de Potrero Seco y abonarías con tu carroña los sembradíos de alfalfa, frijol negro y maíz blanco o el 4 de septiembre de este año, 2032, viajarías a Sarajevo con Alexandra Atavus y tu hermano Hermeneo para conocer al Gran Archiduque de Cisleitania, Francisco Gabriel II.

De ser cierto lo dicho por Alexandra Atavus, el provenir de Kazajistán te permitiría integrarte al Imperio de los ocupantes de la noche.

Ser indestructible.

HEMEROTECA: proceespecial

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