UNA GOTA AZUL ABSENTA

Por Everardo Monroy Caracas

SATURNIA_Fotor_20180717La saturnia volvió a aletear en el hombro derecho de Roberto Gonzaga que aletargado por la urgencia de eyacular intentó alcanzarla con los labios, sin lograrlo. De espaldas en una de las columnas de la sala capitular, Alexandra Atavus decidió acortar los frenéticos embates del corpulento español y aprovechar esos instantes para alimentarse de su sangre. Antes, le susurró al oído:

—No hay lugar más maravilloso que el monasterio, gracias por ofrecerme lo mejor de ti…

El hombre, al igual que un caguamo macho, apenas pudo defenderse. La dama de frente saliente, cejas delineadas y rubias y ojos de un azul abismal, lo dejó inerme. Borbotones de sangre fluyeron de su nariz y boca y lanzó una ruidosa exhalación antes de desplomarse. Alexandra Atavus, desnuda e irreconocible siguió su caída sin soltarlo.

La mariposa malva de Gonzaga, tatuada en el pecho, dejó de contraerse y fue alcanzada por un riachuelo color escarlata que descendió del cuello hasta la entrepierna.

Todo había concluido.

Tres horas antes, en el bar del rio Esla de Gradefes Beach, Alexandra Atavus focalizó a su víctima, un atractivo guardia civil de la pedanía del municipio. Lo entallado del vestido negro transparente y sin prendas íntimas difícilmente pasaría inadvertida entre los parroquianos y meseros. Lo mismo podría decirse de Roberto Gonzaga, consciente del poderío de su cuerpo, cincelado a consciencia en el sótano de su casa. Los dos intercambiaron miradas y fue ella la que abandonó su mesa y en la barra bebieron licor de absenta. El contoneo de su cuerpo, al cruzar los escasos veinte metros sembrados de caballeros, abrillantó pupilas y provocó sudoraciones. La luna estaba en todo su esplendor y su luz plateada iluminaba la rivera y el valle, plagado de choperas y alcornoques, y el puente que unía a Gradefes con la comunidad de Herreros de Rueda, donde ella se hospedaba.

Sin mucho esfuerzo, Alexandra Atavus logró convencerlo para que la llevara a conocer el viejo monasterio de San Miguel de Escalada, construido once siglos atrás por un grupo de monjes cordobeses. La artemisia amarga hizo su trabajo y exacerbó la concupiscencia del fornido policía de bigote y recio mentón, oscurecido por una barba rasurada. No era para menos. La voluptuosa mujer que estaba frente a sus ojos grises y acuosos semejaba a una princesa exótica, sustraída de algún palacio real de la península balcánica.

—No creo que sea la hora indicada para ir al monasterio —dijo Roberto Gonzaga en un intento de disuadirla y sugerirle que la invitara a una habitación de hotel de Gradefes.

—¿Tienes miedo? —cuestionó Alexandra Atavus y su aliento a hinojo penetró en las corneas acuosas y rojizas del policía.

—Herreros es más acogedor, eso creí, pero si así lo queréis, iremos, vale maja.

. Cerca de la medianoche salieron del local y Roberto se hizo acompañar de una botella de absenta Van Gogh y dos copas. Alexandra Atavus conduciría un automovil Ferrari rojo, estacionado a la orilla del sendero. La fragancia virginal de los hayas y pinares enardecieron más al policía que desapareció cualquier indicio de desconfianza. Prácticamente quedó atrapado por el embrujo de la hermosa mujer de piel pálida que acababa de conocer en el bar y lo arrastraba a un mundo desconocido.

Tendrían que atravesar el poblado de Gradefes y en diez minutos, o en menos tiempo, recorrerían el kilómetro de distancia que separaba al bar del solitario monasterio cristiano con reminiscencias visigodas y de la antigua roma. Alexandra condujo el auto desnuda y descalza y dejó que el viento fresco de León ondeara su larga cabellera rubia. Únicamente el esmalte fucsia de sus largas uñas eran ajeno a lo que representaba en su apariencia de mujer. Le molestaba recordar que esa misma noche tendría que retornar a México, en el jet familiar, para reencontrarse con Hermeneo y preparar su viaje a Sarajevo, después de la conversión de Moisés Uribe de mortal a inmortal. Esto se realizaría en Dejigüi, dos días posteriores a la fiesta religiosa de Corpus Christie.

El poblado era iluminado con vapor de mercurio y la carretera aparecía desolada y silenciosa. Ningún árbol tenía cabida en la estrechez de sus banquetas y la única arteria principal estaba dividida por pequeñas líneas blancas que les recordaban a los automovilistas su derecho a transitar con precaución por tratarse de dos vías, de ida y vuelta. Menos de mil doscientos habitantes hacían vida diaria en Gradefes y sus únicos atractivos turísticos eran el monasterio de san Miguel de Escalada y las jornadas de pesca en el rio Esla, donde abundaban los salmones, truchas, cachos, bogas, bargos y el suculento black bass, de origen americano. De no ser por la feria de San Blas, realizada la primera semana de febrero, los pobladores de las comunidades adyacentes difícilmente intercambiarian palabras o degustarían en los puestos públicos un poco de bollos, alubias, cecina de chivo, yogur, queso y morcilla.

Alexandra Atavus amaba a aquella gente de la comarca de León, contaminada por una ardiente fe a Jesucristo y por lo mismo, el color y sabor de su sangre en nada se comparaba al de las mujeres y hombres de las grandes ciudades, corrompidos por el smog industrial, los antidepresivos y las drogas duras. También, Roberto Gonzaga la enterneció cuando exclamó que daría su vida por estar casado con una mujer tan atractiva y cosmopolita como ella y renegó de vivir atado a la enfermedad terminal de su madre, por ser hijo único.

—No lo dudaría ni tantito en largarme contigo —dijo melancólico tras consumir la última gota azul de la botella de absenta—, porque estoy seguro que mi madre tendría la protección de la alcaldía de Gradefes, joder…

HEMEROTECA: TOM WOLF NUEVO PERIODISMO – user

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