PIEL BLANCA

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los hijos

Los Gallipeau nacieron y crecieron en Montreal. Nunca traicionaron sus reglas de convivencia.

Mabelle era propietaria de un restaurante de comida italiana; Pierril laboraba como burócrata del Ministerio de Inmigración y Ciudadanía y los hijos de ambos —Octave y Renna—, estudiaban en la Universidad de Concordia.

 Una familia quebequés orgullosa de su origen francés. Enemiga encubierta de los seres humanos de piel oscura, amarilla y cobriza. Los responsabilizaban de la suciedad y violencia que predominaban en algunos barrios de Montreal: ciudad isleña fundada en 1642 por Samuel de Champlain.

Una vez al año, en el mes de julio, hijos y padres se separaban para relajarse y divertirse. Viajaban al extranjero y los gastos quedaban constreñidos a diez mil dólares durante la temporada de vacaciones.

 Octave y Renna amaban la pesca deportiva y el mar caribeño. Desechaban viajar a los países habitados por cubanos, haitianos o puertorriqueños. Tenían predilección por el asentamiento de los piratas ingleses, los germanos o galos rapados y los blanqueadores de dinero.

Mabelle y Pierril, por lo contrario, amaban a Italia y las naciones nórdicas, principalmente Suecia y Groenlandia.

En Nuuk tenían un pequeño chalet de piedra volcánica a la vera de la Montaña Triste, llamada por los pobladores Sermitsiaq. Lo mismo en Predappio, donde se encontraba la tumba del dictador italiano Benito Mussolini.

Los cuatro Gallipeau eran físicamente similares: cabellera solar, de un amarillo incandescente; nariz pequeña y angular de punta roma y labios carnosos, de un rosado intenso que con el frio tendían a enrojecer hasta casi sangrar. El azul turquesa de sus ojos expresivos y astutos, resaltaban por la piel blanca, poco sanguínea.

Tenían la misma estatura, pero la talla variaba entre géneros: Mabelle y Renna parecían mellizas  a distancia, pero en corto era clara la diferencia de edad por las líneas expresivas y la consistencia de la piel. Sin embargo, Mabelle aún conservaba la notable prominencia de sus senos y trasero. Era una mujer afín al gimnasio y a las clínicas de estética facial y corporal.

Pierril y Octave reafirmaban los músculos practicando ciclismo. Detestaban el automóvil. Tres veces por semana tomaban clases de taekwondo y dos veces al mes jugaban hockey sobre hielo.

Los dos consideraban a Serge Bernier, un quebequés de cabello y bigote blondo y oscuro, como el mejor jugador de hockey, durante las décadas de los setenta y ochenta. Pocos aficionados coincidían con sus gustos deportivos.

Todos los viernes por la noche, Pierril y algunos amigos del Ministerio de Inmigración se reunían en el restaurante de Mabelle, a dos manzanas del Hotel de la Villa de Montreal: sede del gobierno local.

El tema del arribo de inmigrantes latinos, asiáticos y árabes lograba sobreponerse al laboral y deportivo.

La Rachele, nombre del restaurante, se había allegado de una clientela selecta. En su mayoría, comensales rubios y de piel lechosa, afines al modo de vivir de los Gallipeau.

Ni siquiera en la cocina laboraban empleados hispanos, chinos o afro descendientes. Únicamente italianos y quebequés de origen francés.

En los muros del restaurante, de grandes vidrieras, colgaban fotografías de algunos lugares de Noruega, Bruselas, Las Bahamas, Dinamarca, Alemania, Groenlandia e Italia. Una de ellas, en sepia, desentrañaba la incógnita del nombre de la negociación.

Se trataba de una mujer de rasgos suaves, cejas arqueadas, a la Greta Garbo; labio inferior grueso y brillante; ojos medianos, de pestañas largas y enchinadas y una expresión meditativa. Tenía unos grandes rizos esclarecidos por alguna luz artificial y cuidadosamente peinados y laqueados, a la usanza femenina de la década de los treinta.

El fotógrafo resaltó su corto cuello campesino ceñido de un collar de perlas que resaltaba sobre  una blusa de seda oscura, de pequeñas solapas semicirculares.

— Rachele fue una mujer ejemplar –Mabelle le comentaba a la clientela interesada en develar esa incógnita—. Sin ella, Mussolini no hubiera logrado gobernar Italia, porque esa mujer fue parte fundamental en su visión de país y familia. Rachele Guidi fue una esposa y madre ejemplar. Incluso, enfrentó la misma tortura y sacrificio de Benito. Ella logró recuperar el cuerpo de su marido, después de su cobarde linchamiento, y darle cristiana sepultura. Tuve la suerte de conocerla con mis padres en Predappio, al norte de Italia.

Después, a invitación de los comensales, Mabelle aceptaba una copa de vino de algún viñedo piamontés.

De esa manera intentaba convencerlos, principalmente a los jóvenes, sobre el propósito separatista de Quebec.

Les sugería impedir que nuevas oleadas de inmigrantes impusieran sus códigos de convivencia guerrerista y de promiscuidad y miedo.

Les proponía apartarse de los lugares turísticos de Montreal y meterse a los barrios invadidos por asiáticos, latinos y africanos.

— Poco a poco nuestras raíces se vulneran  —recitaba—  y nuevas etnias le enseñan a nuestros hijos que el multiculturalismo puede permitir todo lo inimaginable: abortos gratuitos las veinticuatro horas, promiscuidad sexual sin importar edades y razas, consumo tolerado de todo tipo de drogas duras y la depauperizacion del trabajo asalariado… Una verdadera porquería, gracias a que han logrado filtrarse en todo el sistema legislativo y administrativo de Canadá, la provincia y el municipio…  Únicamente la Legión Quebequés Nacionalista será la esclusa que necesitamos para recuperar nuestra identidad y seguridad.

HEMEROTECA: 05-06-18-tvnotas-

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