TON PÈRE

SATURNIA_Fotor_20180717Una polvosa cáscara de tabicón rojo con los huesos de hierro oxidado que apuñalan el cielo. Dentro, en su asfixiante olor a miasmas, descansa la familia con la que nunca tuviste afecto o empatía. Ahí estaba tu padre, sin un centavo en la cartera: propietario temporal de un paquetillo de cigarros Raleigh y un juego de navajas suizas, abolladas del filo.

El frigorífico, ausente en la planta baja. Solo existe el fogón recubierto de cenizas y trozos requemados de costillas de cerdo.

Tu antigua presencia en San Francisco tuvo que ser eliminada de la bitácora de viaje.

Durante los seis meses de estadía, tu amigo entrañable, Simón Hipólito Cruz, continuaba agobiado por el olvido de su sangre caribeña. No era el mismo que conociste en México.

Si Alexandra Atavus te hubiese devuelto la cigarrera de plata con tu nombre grabado por un artesano de Taxco, sería difícil recuperar la escena del baño, donde Victoria Braga, la estudiante de periodismo y propietaria de una huarachería insistió en poseerte. Hacer caso omiso de la presencia de su madre en la habitación contigua.

Victoria yacía en la cocina, bebiendo café. Simón Hipólito, recargado en la estufa, fumaba y aguardaba que la anfitriona dejara de parlotear.

Tu padre tenía hambre. Le sugeriste que esperara en la planta alta del ruinoso caserón, derruido por el incendio.

Descendiste por los escalones sin barandal, con temor de resbalarte. En el lugar donde cocinaba tu madrastra confirmaste el mal estado de las cebollas, papas y zanahorias.

Las ratas y los tlacuaches pudieron devorar los escombros del maíz y frijol que almacenabas en los costales de ixtle.

Un incidente estúpido ocurrió mientras intentabas abrir la lata de garbanzos que encontraste en el despojo de una alacena chamuscada y sin puertas.

Estabas confundido e irascible por las palabras que leíste en la lata parcialmente oxidada —pois chiches o chickpeas—, aún visibles en la etiqueta: granos amarillos, como canicas, sobre un platón verdoso y en forma de hoja.

Ilimitada la perversidad de Alexandra Atavus.

Lo comprobaste al escuchar el grosero monólogo del chef Philippe Etchebest.

Estaba a tus espaldas con su calva y batín blanco de cocinero.

El holograma te hizo creer que te encontrabas en algún restaurante del mediterráneo y jugabas el rol de un empresario y cocinero.

—Je serai ton cauchemar…—te gritó Etchebest, después de presentarse y desenrollar su atajo de cuchillos sobre la madera ennegrecida de una mesa circular.

Después, envalentonado por el rol que jugaba el chef francés en la inexistente cocina, te preguntó tu nombre.

Y el por qué decidiste trabajar de cocinero.

Le respondiste en su lengua y mentiste.

Ni te llamabas André Malraux, ni estudiaste alta cocina en el Cordon Bleu de Paris…

Y ni amabas los negocios relacionados a la industria gastronómica.

—Aujourd’hui je vais vous apprendre à préparer un Agneau princier Angleterre —te adelantó al tiempo que abría un hipotético refrigerador con pedazos de carne de cordero, res y pescado.

Lo ignoraste.

Ninguno de los ingredientes de la receta estaba al alcance de tus manos. Incluso, jamás imaginaste haber comido un filete de cordero, preparado con hojas de menta, vino blanco y consomé de ternera.

En esos momentos, solo te importaba alimentar a tu padre y ocultarte de Hermeneo Uribe y Alexandra Atavus.

Tampoco te cayó el veinte cuando evocaste tu paso por San Francisco, California, después de cruzar el Golden Gate e incursionar por territorio latino, en la Mission Distric.

La avenida S. Van Ness era una línea oscura, vigilada por los padres mexicanos ante el temor que sus hijos adolescentes la cruzaran y se internaran en el paraíso del pecado de los homosexuales y lesbianas.

Los auténticos vampiros de la ciudad portuaria que se alimentaban de sangre blanca y tolerancia racial.

En el parque Dolores del distrito Castro, aquellos personajes de mirada quemante y manos de prestidigitador, lograron apropiarse del miedo de los inmigrantes sin papeles y meterlos en sus sábanas impregnadas de esencias de cannabis sativa y hachís.

—Vous devez couper l’ail dans des seaux et être plus prudent lors du choix de la crème fouettée…

Etchebest te recordaba al actor Bruce Williams, el de Duro de matar, por la pelona y rudeza de sus rasgos faciales.

Era de voz imperativa.

En pocas ocasiones viste alguna emisión de Cauchemar en cuisine y escuchar sus airados alegatos en un modesto restaurante de la comunidad de Fontvieille. El motivo: la cocina apestaba y los platillos fueron elaborados con desdén por el propietario de Le Moulin de la Grasiho.

Finalmente, decidiste llevar a tu padre a  restaurante de Huayacocotla y gastar un poco de dinero.

No imaginaste que Hermeneo lo había sustraído mientras dormías en el desván de los arcángeles, vírgenes y santos minusválidos.

Por desgracia, también tu padre era un holograma diseñado en Sun Valley.

Tendrías que acostumbrarte a tolerar los juegos perversos de Alexandra Atavus.

HEMEROTECA: Octubre La historia de la Revolucion Rusa – China Mieville

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