TU MUERTE YA TIENE AUDIENCIA

Por Everardo Monroy Caracas

EL ESCUPITAJO—Hey, hey, háganse un lado…

Verlo así impactaba. El rostro machacado y la sangre tenían vida propia. Los labios, si alguna vez hubo tal cosa, fueron desmenuzados y la dentadura estaba expuesta con sus brochazos rojos. Un asunto de violencia inexplicable, porque la calle era una calle sin cortinajes, micrófonos y algún carismático presentador.

—Por favor, háganse un lado… No se acerquen, por favor…

El enorme policía de barriga comba intentaba administrar la curiosidad. La ciudad era una carpa ambulante donde el ciudadano jugaba un papel dramático o humorístico. En esta ocasión, al caído le tocaba estar irreconocible y entretener al respetable.

—Se le cayó el ojo, mami —el niño deslumbrado, porque era verdad: aquella canica acuosa con todo y pupila continuaba sobre la acera.

Los chamacos son muy curiosos y valientes. Los hechos demostraban lo dicho. Tal vez Spilberg hubiese reproducido la escena, rodando la cámara o al camarógrafo, que al final es lo mismo.

Hollywood invertiría en la escena, si la película lograba mayor audiencia. Eso y más.

La ambulancia aún no lloriqueaba y los curiosos, entusiastas,  filmaban cada detalle con su tablet o teléfono celular. Nadie dudaba, porque algo trascendente sucedería. Tendrían la oportunidad de descubrir la presencia física de la muerte en aquel cuerpo con pinta de deportista o militar. Nadie podía sustraerse a lo ocurrido: la víctima tenía lo suyo: masa muscular, de atleta, y una resistencia a prueba de todo.

¿Quién podría aguantar una paliza y el innumerable piqueteo de balas del fusil metralleta?

—¿Quieres más?

Benny le ofreció la Coca cola de lata a su dama, en jeans y playera con una leyenda pacifista: La guerre était mon grand-mère.

—No, mira, mira… todavía se mueve…

—Dicen que cuando uno se va a morir, la presencia de nuestra madre nos tranquiliza…—aseguró una anciana de ojos celestes y peluca pelirroja.

—Dios es quien nos envía ángeles, no madres –dice Laida, la amante de Benny, y tu vecina.

—La madre es Dios…

—Dirá, la Virgen

Dios

Nadie se interesaba por aquel intercambio de verdades religiosas. Algo más importante se suscitaba en la rue Papineau. Un hombre ajeno al barrio estaba a punto de dejar atrás sus días terrenales. Un guiñapo y berreaba. La dentadura seguía intacta, pero el rojo oscuro había trastocado el color de la risa.

Tú estabas entre aquel círculo de curiosos. Andabas medio adormilado y cansado. No soltabas la botella de limonada e intentabas entender hacia donde los llevaría aquella tragedia. El público abundaba y el actor principal estaba hecho garras.

Los relojes dejaban constancia con exactitud y ese tal asunto te sorprendía. Un jueves distinto y el hombre deshilachado, así quiste entenderlo.

Jamás planeó morirse a las seis veintitrés de la mañana. Menos en junio, cuando el calor era pleno y el verano imponía sus leyes. Nada del color blanco de las banquetas. Sin embargo, intuyes que sus verdugos lo conocían y decidieron que las arboledas verdes podrían ser su mejor mortaja.

Misterios de la mente criminal.

Lo viste morir, como lo hacen los caballos después de una cabalgata, pero tuvo la delicadeza de cubrirse el rostro con las manos. No lo hizo bocabajo, aclaro, sino arañando el cielo con un ojo.

La gente no pudo constatar si un ángel o la muerte auxiliaron a la víctima. Lo cierto es que estuviste ahí, en el mismo foro, y esperabas que al morir —un hecho irreversible—, intentó  hacer algún preparativo o ritual interior para despedirse.

Ya tendrás oportunidad de hacer tu lista de invitados…

HEMEROTECA: riva-palacio-vicente-mexico-atraves-de-los-siglos-03

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