EL CHILANGO

Por Everardo Monroy Caracas

la langosta portadaEn el bar La LangostaLa Langouste, en francés— hay veintidós mesas redondas con sillas de madera.

Ernesto Pech las construyó en la  cochera de su casa. Hizo lo mismo con la barra y los anaqueles.

Todos los camaradas nos reunimos los viernes para jugar ajedrez, beber cerveza o ron y hablar de política y música.

De los trece que iniciamos la hermandad, dos han muerto y cuatro, al jubilarse, decidieron retornar a sus países de origen.

Viviana Fuentes es quien nos tiene al tanto sobre la vida y milagros de los vecinos de Hochelaga, el barrio montreales donde dormimos.

Por ella me enteré que uno de los parroquianos de La Langosta era latino. Su aspecto no dejaba dudas —prieto, caricortado, con un tatuaje en el antebrazo izquierdo y el cabello crespo y sucio—, pero algo lo singularizaba en el local: su apego a una mini reproductora de videos donde veía conciertos grabados de Juan Gabriel, Vicente Fernández, Paquita La del Barrio, Joaquín Sabina y Marco Antonio Solís El Buki.

Chilango, de la colonia Morelos: una de las cincuenta colonias más peligrosas de la Ciudad de México.

Tenía dos años viviendo en Quebec y conservaba el ilustre sonsonetito tepiteño.

Por ser un asiduo miembro de la cofradía sabinista —a pesar de que el gitano ubedeño intimidaba idiologicamente con la derecha latinoamericana—, intenté hablar con él, de nombre Cuitláhuac Pantoja. Me acerqué a su mesa cargando una cubeta con hielo y cinco cervezas Sol. Tras levantar la testa y apartar los audífonos de sus oídos, me pidió que lo dejara en paz, en buena onda.

Su único interés era estar solo para escuchar sus rolas, olvidar la chinga diaria y sus pedos existenciales, agregó en una lengua cantadita.

No hubo de otra.

Giré los talones y retorné a la barra, donde me aguardaba Viviana con una descarada sonrisa burlona.

Me lo había advertido:

—Es un chilango mamón y hasta peligroso…

Viviana supo, por boca de Pech, que Pantoja había matado a un narcovendedor en el barrio de Tepito, donde laboraba de policía.

Un funcionario de la delegación Cuauhtémoc fue quien le ordenó ejecutarlo. De no hacerlo, lo involucrarían en otros homicidios y secuestros. Terminaría en prisión.

El bato se negó.

El narcovendedor fue advertido del plan e intentó adelantarse. Ejecutó al burócrata en un restaurante del viaducto Rio de la Piedad.  En el cruce de las calles Tolteca y Constancias, la pistola se le trabó al enfrentar a Pantoja.

El policía lo mató y huyó a los Estados Unidos.

Un año después, ingresó a Canadá, donde demandó asilo político.

Cuando lo conocí todavía aguardaba la resolución del juez migratorio.

Pech supo a detalle lo ocurrido.

En una ocasión, Pantoja le pidió fiado. Había olvidado la cartera en su departamento y no tenía para pagar las cervezas que consumió.

—Puedo dejarle mi videoreproductora, mientras voy por la lana —le ofreció.

El peruano era su vecino. Le dio la oportunidad de que al día siguiente cubriera el adeudo.

Pantoja le pagó el favor, regalándole una botella de tequila.

Ya borracho, le narró todas sus peripecias de policía en chilangolandia.

Pech le corrió el chisme a Viviana.

Así fue como nos llegó la historia del tepiteño en uno de nuestros encuentros en La Langosta.

El chisme también horadó los oidos del repudiable exparamilitar colombiano, el de las piernas arqueadas y cara de simio.  

HEMEROTECA: 26-06-18-tvnotasmx-byneon

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