TIENES QUE RECORDARLO

Por Everardo Monroy Caracas

SATURNIA_Fotor_20180717Tienes que recordarlo, Uribe. Es un error creer que el olvido podría redimirte. Cada língula volátil del diente de león, es una imagen estática, incandescente, que te enlaza al pasado. Recuérdalo, interiorízate. Fue después de la lluvia de chispas titilantes y en plena noche.

El gran incendio tuvo lugar el 24 de diciembre de 1959 y comenzó en la pulquería de don Severo Medina entre la avenida Revolución y la calle Manuel Gutiérrez Nájera. Tres o cuatro manzanas terminaron consumidas por las llamas y quince familias perdieron sus casas, levantadas con adobe y láminas de cartón y zinc.

—Nosotros chamuscamos el mercado, y en domingo—te confió Alexandra Atavus—. Odiábamos las procesiones y la estupidez de la gente. Su Padre Jesús y la Virgen de Guadalupe lo eran todo y habían invadido las calles, el atrio y el parque Hidalgo de veladoras y cirios y grandes cantidades de alcatraces y nochebuenas. Tú llegarías a Huaya dos años después y jugarías en los paredones ennegrecidos, frente a la secundaria de los jesuitas…

Hermeneo te dejó entrever sus colmillos relucientes, de un blanco brillante, y luego desaparecieron en el cuello del tipo atado al táscate de lo que antes fue la sede del altar mayor. Ni un grito o pataleo, solo sangre y lágrimas. La víctima estaba demasiado macilenta como para rebelarse.

Los cuatro continuaron ocultos entre los trozos de cantera y obsidiana que pertenecieron a la parroquia de San Pedro Apóstol. Nada quedaba del templo colonial, construido e inaugurado por unos monjes agustinos y jesuitas en 1673: mole de cantera blanca que durante casi cinco siglos se alimentó con sangre, lágrimas y sudor de miles de almas enajenadas y temerosas del dolor y la muerte.

Los indios y mestizos ignoraban que su miseria e ignorancia tenía un único origen: la avaricia de sus patrones y verdugos.

La mística evangelizadora de los monjes agustinos y jesuitas y la ambición desmedida de un aristócrata andaluz, Pedro Romero de Terreros, trastocaría la vida de los huastecos, unos indígenas con taparrabo, cabeza semirapada y rostro y torso pintarrajeado. Alexandra Atavus los conoció y clasificó en tres grupos por su forma de hablar: tepehuanes, otomíes y nahuatlacos.

—Huayacocotla era una cumbre pedregosa con poderosos arboles de enebro, encino, táscate, pino y cedro y con algunos colinas y llanuras —te lo contó como si leyera una novela y sin que se lo preguntaras—. Los aborígenes se deslizaban como fantasmas entre la niebla y sobrevivían cazando venados y armadillos y recogiendo hongos y frutas silvestres.

—Muéstraselo a este pendejo —pidió Hermeneo, ahora con los colmillos goteando de sangre y acuclillado sobre el cuerpo desmadejado del hombre de piel cobriza y ojos desaforados.

Alexandra Atavus obedeció. Gozaba viéndote retorcer y gritar que te dejaran en paz. No les conmovía tu desnudez y suciedad. Tarde o temprano, lo reiteraban, tendrías que alimentarte de sangre humana y carroña, como ellos.

Lo primero que enfrentaste fue la imagen en bulto de un nativo enorme con los dientes ennegrecidos y un trozo de ayate cubriéndole la entrepierna. Manchones de pintura amarilla y bermellón cubrían su cara ancha, pomulosa y de nariz gruesa y aplastada. En el pectoral y la espalda, de un cobrizo brillante, sobresalían tiras del mismo color del rostro. Sus ojos pequeños y oscuros, te observaban con insistencia. Le causaba curiosidad ver a un semejante de piel blanca y corneas jade. Te empezó a tocar, o eso creíste, y lanzó una estrepitosa carcajada, tan escalofriante como la risa de una hiena satisfecha.

—Es un hijo de Axayácatl —dijo Hermeneo.

—Es un príncipe otomí y conquistó Huyetlilpan, Patlachiuhcan y Tzontecomatlán —complementó Alexandra Atavus, apoltronada en un sillón de piedra negra con respaldo y asiento de algodón y fibras de seda—. En estas comunidades huastecas se edificó la congregación española de Huayacocotla…

Le agradaba ser tu educadora. Después te revelaría que Hermeneo y tu poseían residuos de sangre europea, principalmente del Conde de Regla, el verdadero conquistador de la huasteca y padre fundador de Huayacocotla.

—Los Uribe son vascos y pertenecen a la comarca de Meñaca, en las faldas del monte Sollube…

Mientras lo explicaba, Alexandra Atavus señalaba con un largo y huesudo índice de uña violácea, como el color de sus labios, el mapamundi virtual que aparecía ante tus ojos. Todo era controlado desde su teléfono celular que maniobraba con la voz.

Lo del incendio y la lluvia de chispas rojizas, incandescentes, se sobreponía al holograma que había invadido tu reducido espacio vital. El olor a carne chamuscada y los ayes repetitivos de la gente ardiendo en el interior del templo, te impidieron hablar o gemir. Solo pensabas en tu abuela Caritina y tus padres y hermanos. Nada significaba lo de Kazajistán y la conquista de Los Balcanes por los moscovitas liderados por Iván IV El Terrible.

—Nunca te preguntaste por qué eres diferente a estos indios y el que salieras ileso en el ataque de Potrero Seco —susurró Hermeneo después de hartarse de sangre y ser invadido por un vaho de somnolencia—. Es mejor que te aceptes hermanito y le beses los pies a la hermosa princesa Alexandra Atavus, heredera universal del Gran Archiduque de Cisleitania, Francisco Gabriel II  y dadora de nuestra inmortalidad…

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