SIEMPRE DE FRENTE… (Cap.1)

Por Everardo Monroy Caracas

1

crisalidaMartes 29 de Noviembre.

…Y continúa sobre la isla de Montreal una brillante y enceguecedora malteada de nieve.

El restaurante-bar acoge a una veintena de comensales solitarios, enfermos de melancolía. Gael Arteaga iza la mano, enorme como una manopla, y compruebo que está acompañado de Crisálida. Me sorprende. El acuerdo fue que primero lo hablaríamos antes de tomar la decisión final.

—¿Quiere la mesa junto a la terraza? –pregunta  la mesera del hiyab azul hielo e intenta ganarse la propina con una sonrisa agradable.

—No, gracias, me espera un amigo…

La joven de mandil blanco se aleja a pasos rápidos y continúo mi marcha. He dejado la chaqueta en el perchero de la entrada, pero olvidé meter mis guantes y la gorra de lana en los bolsillos. Incidentes como este pueden provocar la pérdida de ambos pertrechos contra el frio.

Gael me recibe de pie. Después del abrazo, hace la presentación.

Es una rubia que difícilmente puede ser ignorada, por lo ajustado de la blusa y su afán de destacar  lo que hay adentro. Sus labios son abultados, carnosos, y sigue intacto el tinte fucsia.

Deduzco que aún no han desayunado.

—Ella prefirió acelerar las cosas y acortar distancias —suelta Gael antes de dejar caer su pesado trasero en el sillón empotrado al muro.

Me siento a su lado para quedar frente a la stripper. Su perfume cala. No es desagradable.

Le alargo el brazo y su respuesta es inmediata. Nos estrechamos la mano. Así permanecemos unos segundos.

Es ella quien toma la iniciativa.

—Si usted va a contar mi vida que sea siempre de frente  —dice haciendo un coqueto guiño con el ojo derecho, verde esmeralda, y bajo unas largas y falsas pestañas onduladas—. Le dije a Arteaga que prefería empezar de cero a entregarle lo que ya he escrito.  Usted es el periodista y yo la roca de mármol a la que debe moldear… Acuérdese que somos dos en un solo cuerpo y tendrá que acostumbrarse…

Gael Arteaga fue el enlace, después de escuchar mi intención de terminar una novela corta que quince años antes empecé a escribir en Ciudad Juárez. Ambos vivimos en el edificio 1389 de la calle Maisonneuve y somos pensionados. Nos hermanó el gusto por la cerveza y el cine francés.

En contadas ocasiones terminamos bebiendo cerveza o ron en algún bar o centro nocturno.

Gael es oriundo de Cusco, Perú. Durante treinta y cinco años trabajó como empacador de chicles y chocolates, en una fábrica quebequense.

Su gordura nunca es un impedimento para seducir mujeres. Normalmente es ignorado en los bares de Montreal. No así en los países caribeños —República Dominicana, Puerto Rico o Cuba—, donde viaja una vez al año, en plan de turista.

Sus dólares lo transformaban en un dandy musculoso, varonil y simpático, de acuerdo a los comentarios de las jineteras que recoge en los malecones.

—El destino es un asunto serio —reflexioné en voz alta, en el instante que arribaba la mesera con bloc y bolígrafo en mano—. La historia me seduce porque en mis tiempos de reportero tuve la oportunidad de conocer a una persona con los mismos sueños de usted y por desgracia ignoré el desenlace de su vida… Compartía casa con ella y otros dos compañeros, uno era fotógrafo del mismo periódico donde yo trabajaba como reportero investigador… Le hablo de finales de los años ochenta… Ya llovió…

La mesera, ajena a nuestra conversación, focalizó a Gael en su interés de conocer lo que consumiríamos.

—El combo dos con café, no té, por favor —ordenó mi amigo y le entregó a la mujer las tres carpetas plastificadas de los menús.

No objetamos.

Gael pagaría la cuenta. Además, el combo demandado contenía un omelette con queso manchego, puré de papa, dos grandes trozos de tocino frito y jamón y un par de rebanadas de pan tostado con mantequilla.

Suficiente alimento para sobrevivir hasta las seis de la tarde.

Crisálida ya es ciudadana canadiense, como te lo comenté —dijo Gael, consciente que mentía.

—¿Entonces el tratamiento y algunas cirugías fueron subvencionadas por el Ministerio de Salud?

—No —aclaró Crisálida—, aquí llegué ya transformada y lo único que el gobierno hizo fue reconocer mi nuevo género y entregarme la carta de aceptación con el nombre que elegí: Dhona Chalor Sanjuán. Le aclaro que el Sanjuán es mi verdadero apellido materno…

—Pero le gusta que la llamen Crisálida  —precisó Gael—, porque es como la conocen en el centro nocturno…

Mi vecino no me había ocultado el asunto de la familia de Crisálida. Tal vez esa parte oscura o trágica de su vida fue la que despertó mi interés para aceptar la invitación del desayuno.

Crisálida nació en México, en una clínica de salud privada de un pueblo del eje volcánico mexicano: Yautepec.

En su adolescencia tuvo que enfrentar los crueles castigos corporales de su padre.

Crisálida lo apuñaló a los trece años para impedir que el policía municipal la matara de un balazo en la cabeza.

Los detalles del hecho tendrían que ser consignados, en caso de aceptar  la faena literaria.

En uno de sus tantos encuentros de cama con Crisálida, Gael seguramente le habría revelado algunos aspectos de mi vida: el ser periodista, ex guerrillero y refugiado político en Canadá, tras sobrevivir a largas sesiones de tortura y aislamiento carcelario.

Sin embargo, los empresarios o comerciantes canadienses ni siquiera podrían aprovechar el poco vigor físico que creía poseer, por estar tuerto y tullido de la pierna izquierda, producto de la metralla. No en balde me gané a pulso el sobrenombre de El Cuasimodo Almicar en la prisión de Saltillo, donde cumplí parte de mi condena.

Por presión de Amnistía Internacional fui indultado por el gobernador de Coahuila.

—No me responda ahora, señor Almicar —pidió Crisálida al terminar su almuerzo y repintarse los labios—. Lo invito el próximo lunes a cenar en mi departamento y tocaremos nuevamente el tema, porque además quiero enseñarle unas fotografías que le van a interesar…

No objeté y le tendí el puente del reencuentro:

—Trataré de no infartarme antes y tenga la seguridad que acudiré a la cena…

VIDEOTECA:

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