EL PRIMER DIA…

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El primer día que pisé tierra montrealense, tras descender de la Van que me trasladó de Kingston al barrio chino de la isla, me vi obligado a buscar dinero y no ser una carga para el miserable Richard Narguila.

La primavera aún estaba famélica de calor y la chamarra era obligatoria. Nada de lo que veía representaba algo importante en mi vida. En la calle Gauchetière solo había basura y un par de pordioseros asiáticos hurgando en ella. Todos los negocios, principalmente restaurantes con caracteres en mandarín, aun no abrían.

Narguila me recibió en calzoncillos y con su apestoso aliento de marihuano consuetudinario. Su cuchitril estaba en la parte alta de un toxico comedero chino.

—Todo es tuyo —dijo con una forzada mueca de alegría y se apartó del marco de la puerta–. Aquí no hay orden, porque se impone la ley del sálvese quien pueda…

—Se agradece güevón

Mis escasos bienes los traía en un talegon de la marina británica y lo único de valor, por tratarse de documentos oficiales con nombre y fotografía, eran una maltrecha visa americana y el pasaporte guatemalteco, ya vencidos, y doscientos dólares canadienses. Sabía que en los almacenes de segunda, como Salvetion Army o L’Armée du Salut, podía allegarme de un cambio de ropa—camisa y pantalón— por cinco dólares.

Realmente el apretado olor de cannabis calaba. El cuarto era reducido y en la cama roncaba una inmensa mujer de trasero solar, enorme como el de un elefante.

—No te preocupes, ella está de paso… —mintió Narguila sin dejar de rascarse el ombligo, saltón y peludo.

Los dos compartían el mismo espacio y en partes iguales cubrían los gastos.

Su grasienta barriga amenazaba aplastarle las rodillas. Después del recibimiento, arrastró sus regordetas patas de paquidermo, hasta un destartalado refrigerador de donde extrajo dos cervezas oscuras.

—Antes de pegar oreja —recomendó—, llégale a una, porque en la noche te presento a unos cuates… Aquí el que no camina se apesta, Venancio…

HEMEROTECA: Terrorismo mediatico – Carlos Fazio

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