NO ME PREGUNTEN

SATURNIA_Fotor_20180717No me pregunten como terminó esta historia de terror en el escritorio del propietario de la editorial oaxaqueña o si tuve algún acercamiento con los personajes principales —Alejandra Atavus y Hermeneo Uribe—, seres extravagantes y peligrosos.

Después de leerla encontraran las respuestas deseadas.

Yo únicamente intenté trascribirla tal y como la recibí, pero mejorando la sintaxis en algunos párrafos o enriqueciéndolos con detalles descriptivos que en nada alteraron el contenido del relato.

Sin embargo, valió la pena su publicación.

Se trata de un hecho regional, apegado a la cultura fantástica y mística de los habitantes de Huayacocotla: villorrio veracruzano de casi cinco mil casas de tabique, adobe y morillos de fresno y pino y techos de dos aguas de tejamanil o láminas de cartón petrolizado, construído sobre una gélida montaña de caolín y ocote. Durante seis o siete meses cubierta por una neblina grisácea y una perenne fragancia a raíces podridas y hojarasca quemada.

Todo lo que ha ocurrido en esta historia fue del conocimiento oficial. Trascendió gracias a un ex candidato a diputado local por el Partido Popular, Antonio Caracas Alemán. Tuvo la curiosidad de registrar en su bitácora de campaña esos terribles acontecimientos.

Su secretaria y amante, Locadia Buitrón, conservó la libreta. Al morir, terminó en manos de mi tía paterna María de las Nieves Monroy que, a su vez, me la obsequió al enterarse que laboraba de reportero investigador en La República en Chiapas.

—Lee esto, Ernesto —dijo antes de sentarnos a la mesa para degustar un generoso plato de barbacoa de chivo con arroz amarillo—, es posible que te sirva para escribir un buen reportaje para tu periódico amarillista.

Don Antonio Caracas era oriundo de San Andrés Tuxtla.

Durante cuatro años radicó en San Petersburgo, cuando aún prevalecía la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Hago hincapié sobre su presencia en la tierra de León Tolstoi, Máximo Gorki y Fiódor Dostoievski, porque en aquel puerto ruso, por primera vez, se relacionó con una de las protagonistas de la historia.

El esposo de mi tía Nieves le vendía medicamentos a don Antonio para su ganado vacuno. Pudo escuchar de su propia boca, el relato de su paso por San  Petersburgo y la invitación que ahí le hizo el secretario de relaciones exteriores del gobierno alemanista, Jaime Torres Bodet para contender por una curul en el congreso veracruzano de 1947.

La caída del nazismo, por la alianza militar de la URSS y los Estados Unidos de Norteamérica, abrió las compuertas políticas a los mexicanos con ideas socialistas e incluso simpatizantes del trotskismo.

El presidente Miguel Alemán Valdez únicamente los condicionó a respaldar su programa de gobierno nacionalista y pro industrializador.

Vicente Lombardo Toledano, férreo líder sindical de ideas socialistas, era un ejemplo vivo de esa izquierda modosita que tenía cupo en la camarilla alemanista.

Precisamente, en 1948, después de gobernar Puebla y ser el dirigente nacional de la Confederación de Trabajadores de México, fundó el Partido Popular para hacerle contrapeso a la derecha oligarca y cohabitar en lo oscurito con el Partido Revolucionario Institucional.

Durante su campaña proselitista en la cabecera municipal de Huayacocotla, don Antonio Caracas durmió en el hotel de don Elpidio Monroy. Tuvo como vecina a la misma mujer que dos años atrás, en febrero de 1947, había conocido en la isla de Kotlin, cerca de las frías aguas del lago de Finlandia.

La enigmática dama, de pálido semblante y gran belleza, le reveló que adquirió una mina de caolín en una ranchería llamada Dejigü. Además, se había asociado con un empresario maderero de Viborillas, de apellido Uribe, relacionado al hacendado Bernabé Garrido y Espinoza.

Lo que al político veracruzano le impactó de la mujer fueron sus piernas, largas y torneadas; el rojo incandescente de sus labios y la saturnia color jaspe que resaltaba en su tobillo izquierdo.

Sus apuntes, de acuerdo a lo que le confió la femme fatale —como la llamó en repetidas ocasiones—, registraron fechas y lugares diversos de América, Asia y Europa.

Nada concordaba por el manejo del tiempo y el espacio geográfico.

Lo extraordinario del reencuentro fue que intimidaron sexualmente.

Don Antonio Caracas logró superar la naturaleza homicida de Alexandra Atavus y así quedó registrado en su bitácora de campaña.

HEMEROTECA: pro 21-76

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