BAJO EL SOPOR DEL MIEDO

la langosta portadaLa mujer se desprendió de una mesa de la terraza y penetró al bar donde discutías con Pech por un problema de la basura. Por tercera ocasión descubriste a la esposa del conserje revisando tus desperdicios.

—Te buscan —te alertó Pech y desvió la mirada hacia la puerta de entrada.

La dama cariredonda y regordeta aplastaba sobre su pecho un folder de plástico negro. Vestía una filipina azul marino y jeans manchados de pintura blanca y azul turquesa.

No volteaste a verla, sino aguardaste a que te abordara, si es que Pech había dicho la verdad.

—Disculpe, ¿usted es el señor Ernesto Valencia?

—El mismo que viste y calza…

Como no saludó al peruano, que estaba al frente y tras la barra, dedujiste que fue el responsable del encuentro.

—También soy de México y necesito su asesoría como escritor —hablaba mientras extraía tres hojas mecanografiadas del folder—. ¿Es posible que lea esto y me ayude a corregirlo?

No te atreviste a preguntarle su nombre y apellidos, pero cuando agarrastes las tres hojas tamaño carta resolviste el enigma.

Leistes:

Clementina Olmedo Quijano, originaria del Distrito Federal, México, solicita protección de las autoridades canadienses…

—Pero yo no trabajo en el Ministerio de Inmigración, señorita…

—Lo sé, señor Valencia, pero usted es escritor y conoce los problemas migratorios…

—¿Y cómo lo sabe?

—Porque antes de buscarlo, pregunté, y muchos paisanos lo conocen y me dijeron que usted fue refugiado político y ahora es ciudadano canadiense…

La mirada socarrona de Pech evidenció lo inocultable: el muy ladino incuestionablemente fue el responsable de ponerla al tanto de tu permanecía en Montreal. Después te enterarías que era compañera sentimental de un limeño, amigo del propietario de La Langosta.

—Déjeme el escrito —pediste sin cuestionar— y mañana, a esta misma hora, se lo entrego ya con las correcciones…

Durante el tiempo que permaneciste en el bar, continuaste tu discusión relacionada a la enfermiza curiosidad de tu conserje y su esposa. Cada semana esculcaban tus bolsas de basura porque suponían que consumías drogas o pertenecías a alguna organización terrorista. Pocas veces salías del departamento y tampoco eras proclive al ruido o a socializar.

Pech te tranquilizaba sin desatender a la clientela. El agobiante calor multiplicó el número de borrachos y todos iban al mostrador para pagar y recibir su generosa ración de cerveza. Ya con los tarros llenos y menos dinero en el bolsillo retornaban a cualquiera de las mesas disponibles en el interior del local o la banqueta, acondicionada como terraza.

Cuando abandonaste La Langosta recibiste una grata noticia de boca del peruano: Clementina había pagado tu cuenta y le pidió que te recordara lo de la cita del siguiente día.

Ya en la cama, con un vaso de vino tinto en el buró, continuaste leyendo la breve historia de persecución y miedo que la mujer redactó para demandar asilo político. Pacientemente corregiste cada párrafo con la ayuda de un bolígrafo de tinta roja. Después pasarías en limpio su demanda de asilo político en la computadora.

El texto final quedó concluido antes de la nueve de la mañana del lunes 23 de julio.

Clementina Olmedo Quijano, originaria del Distrito Federal, México, solicita protección de las autoridades canadienses, para evitar ser asesinada en mi país de origen. Temo que jefes policiacos de la Ciudad de México y peligrosos contrabandistas de drogas y productos importados ilegalmente de China, me hagan daño al igual que a mis seres queridos, principalmente a mis padres y hermana menor.

Del 16 de mayo de 1991 al 28 de abril de este año, trabajé dentro de la policía metropolitana como secretaria ejecutiva y en la coordinación de apoyo técnico operativo, bajo las órdenes del oficial Pedro Manuel Torres, coordinador de apoyo técnico operativo de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal.

A pesar de que el Partido de la Revolución Democrática gobierna en estos momentos la Ciudad de México o Distrito Federal, la corrupción que impera en las fuerzas policiacas continúa y cada día se convierte en un peligro para la sociedad. En el puesto estratégico que tenía fui detectando cómo el oficial Torres y sus jefes empezaron a allegarse de dinero ilícito, al vender los lugares de vigilancia a sus subordinados, quienes les tenían que entregar entres cinco mil a diez mil pesos para no ser removidos o enviados a puntos de la ciudad donde se protege a los vendedores de drogas, ladrones de vehículos, regenteadores de prostitutas o contrabandistas, principalmente de un lugar conocido como Tepito, controlado por mafias coreanas y chinas.

En agosto del 2013 empecé a tener problemas porque se perdió un informe confidencial de uno de los subalternos del oficial Torres, por lo que se me culpó de lo sucedido. A pesar de aclararle que yo nada tenía que ver con ese hecho, porque dicho informe se lo entregué personalmente a una de sus gentes de confianza, empecé a tener problemas.

En Tepito, un mercado gigantesco inmerso en una colonia populosa de la Ciudad de México, algunos policías corruptos protegen a peligrosos contrabandistas, como a la gente de Park Kong Yo Sun, propietario de la empresa “Importaciones de Oriente”,  quien a pesar de haber sido detenido hace tres años, aun opera con descaro y apoyo oficial. Si bien el mercado nacional está invadido por mercancía de origen chino, coreano y taiwanés, en la Secretaría de Seguridad Pública se tuvieron indicios de que cientos de toneladas de aparatos electrónicos, juguetes, ropa y armas llegan desde Colima: solamente  de junio y julio del año pasado llegaron al puerto de Manzanillo, cerca de 200 embarcaciones, pero sólo cuatro de ellas portaban bandera china. Lo que hacían los contrabandistas era triangular sus cargamentos en Balboa, Panamá, de modo que los contenedores llegaban cobijados por la bandera de esa República. En dos meses, en Manzanillo descargaron 38 barcos con bandera panameña, y otros 38 con bandera de Liberia. Ambos países han servido por años a las mafias que operan en México para disfrazar la procedencia real del contrabando. Sólo en juguetes, los contrabandistas obtienen al menos 800 millones de dólares al año y todos son fabricados en China. Se trata de marcas comerciales prestigiadas, a las que clonan sin pudor y engañan a los consumidores mexicanos.

En el Distrito Federal radican cerca de 10 mil coreanos, la tercera parte de ellos en los alrededores de la Zona Rosa. De los aproximadamente tres mil coreanos del área, dos mil trabajan en Tepito. Las otras dos terceras partes son de dudosa residencia y ocupación. Son ellos los que tienen el control de las mafias del contrabando en la capital del país y eso lo sabe la Secretaría de Seguridad Pública y los altos mandos callan.

Luis González Olmedo, uno de los líderes tradicionales de Tepito, en un informe confidencial, dijo que de la noche a la mañana habían aparecido cientos de negocios nuevos en la zona, propiedad de coreanos y chinos y ellos venden el contrabando y la mercancía robada.

El contrabando y la piratería, si bien se centra en productos de baja denominación, dejan ganancias millonarias. Una carga de 40 toneladas de discos compactos, por ejemplo, cuesta unos 25 mil dólares si es colocada desde el puerto de Manzanillo, en Tepito. Pero una carga similar de coñac Cordon Blue, tiene un costo de 2 millones de dólares. De ese tamaño son las ganancias que se tiene y por esa razón, los contrabandistas han logrado corromper a la policía metropolitana.

Algunos policías metropolitanos se encargan de proteger los descargos de mercancías y desgraciadamente yo tuve acceso a ese tipo de información. Por oponerme a seguir en ese mugrerío que involucra a altos políticos y oficiales de Seguridad Pública, opté por protestar y eso me trajo muchos problemas. El pretexto para intentar separarme de la policía y, de ser posible, consignarme ante alguna autoridad ministerial, fue el asunto del informe confidencial que iba dirigido al director del Centro de Control y Confianza, compadre de un alto jerarca del gobierno capitalino, quien por ese error mandó arrestar cinco días al oficial Torres. Por lo mismo, su gente, entre ellos el abogado Armando Liceaga me empezó a hostigar. El 21 de abril del 2015 tuve un enfrentamiento con este funcionario y al ser amenazada de muerte me vi obligada a denunciarlo ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Se me hacía trabajar hasta en los días de descanso y constantemente se me humillaba e intentaban poner en entredicho el resultado de mis esfuerzos laborales.

Telefónicamente empecé a recibir amenazas telefónicas y en dos ocasiones cinco sujetos con el pelo corto y vestidos de civil, me interceptaron antes de llegar a mi domicilio. Uno de ellos, quien iba al frente del volante, me enseñó una metralleta, de las que conocemos como Cuerno de Chivo, y me advirtió que iban a matarme si abría la boca. Incluso, en otra ocasión, uno de ellos gritó que sabía cuánto pesaba mi hermana menor. Opté por solicitar el apoyo de otras autoridades gubernamentales, –de la federación, por ejemplo–, pero tenía conocimiento de los alcances de estos policías inmorales. Un ejemplo de lo que digo es que las autoridades de la Procuraduría General de la República (PGR) dejaron inconclusa una investigación en torno al asesinato de Carmelo Soto, quien fuera un alto funcionario de la Aduana del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, quien falleció a mediados de marzo de 2014 en un atentado que fue imputado a la mafia coreana. Por tratarse de gente peligrosa, al estar conectada con el crimen organizado, sobre todo con contrabandistas y traficantes de drogas, decidí abandonar mi país y pedir refugio en Canadá.

El simple hecho de leer la denuncia, te intranquilizó porque era parte de una realidad cotidiana en tu país de origen. Los partidos políticos, con excepción de Morena, habían podrido el buen funcionamiento de las dependencias públicas, ahora controladas por el crimen organizado y las trasnacionales. Sin embargo, el 1 de julio de 2018 un creciente número de mexicanos acudió a las urnas para intentar limpiar parte de esa podredumbre inmersa en el gobierno federal y los congresos de la Unión y los estados. Por desgracia, el Poder Judicial continuaría en manos de los plutócratas inmorales.

HEMEROTECA:pro 21-77

 

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