LA IMPUREZA DE LA SANGRE

los hijos2

El timbre sonó insistente.

Mabelle observó desde la cocina que se trataba del repartidor de pizzas. Pierril había solicitado dos familiares  vegetarianas y una botella de Coca cola de dos litros.

Esa noche verían una película de Steven Spilberg, al que llamaban “el cerdo judío, amante de los piojosos negros”.

Renna insistió en cambiar el filme Lincoln por Get El Gringo, donde actuaba Mel Gibson. Su madre pidió verla porque reflejaba “un trozo” de historia estadounidense, “el más oscuro y diabólico”, por la repercusión negativa entre las sociedades anglosajonas y cristianas.

— El autor de la Enmienda Trece de la Constitución de los Estados Unidos, jamás imaginó todo el mal que le hizo a la humanidad libre y blanca…

—Historia vengable madre, historia…

—Por lo mismo, tenemos que aprender de ella para recuperar nuestra hegemonía purificadora. Ustedes tienen la responsabilidad de evitar que esas razas impuras destruyan nuestro derecho de vida…

—Su madre tiene razón… El marica de Kentucky con esa enmienda constitucional provocó una hecatombe interétnica en todas las democracias modernas. Por ejemplo, que cualquier indeseable ingrese a nuestro territorio, argumentando miedo o hambre y tenga los mismos derechos de los verdaderos estadounidenses o quebequés honestos, productivos y creyentes de Dios… Únicamente en Canadá se les abre la puerta por año a doscientos mil o trescientos mil inmigrantes…Y no solo eso, los tenemos que alimentar, enseñarles hablar nuestra lengua, a la que han destrozado y de paso, permitirles que se reproduzcan con nuestras hijas o hijos.  La mayoría son chinos, africanos y latinoamericanos: gente enferma, violenta e improductiva… Muchos de ellos son sifilíticos, dementes o tuberculosos…

Octave intentaba no intervenir. Movía su cabeza condescendiente. En sus clases de arquitectura interactuaba con maestros y alumnos de esas etnias cuestionadas por sus padres. Sin embargo, en algo coincidía: los barrios donde predominaban los afrodescendientes, chinos es hispanos, en su mayoría eran asentamientos insalubres, poblados de adictos, pandilleros y ladrones.

La basura se acumulaba en las banquetas y las plagas de chinches, piojos y cucarachas amenazaban con invadir sus propias mansiones.

Después de recibir las pizzas, Mabelle volvió a comunicarse al negocio donde hizo el pedido. Una voz femenina respondió. Se trataba de la hija menor de los D’Annunzio.

—Oberline, comunícame con tu madre, por favor…

—Un momento, señora Gallipeau… ¿Y cómo está Octave?

—Estudiando hija, sacando adelante la carrera… —Mabelle no deseaba entablar conversación con la joven.

—Ya está aquí mi mamá, saludos señora Gallipeau…

—¿Qué pasa, amiga? —Mabelle escuchó la voz de Adelana con fuerte acento italiano.

—Bien, gracias, dando lata

—¿Te llegaron las pizzas? ¿Están como las querías? Y mira que les agregué auténticas aceitunas del Mediterráneo… Me llegaron ayer por la mañana…

—Vamos a probarlas, ten la seguridad de eso… Pero te hablaba por otra cosa, Adelana…

—¿Dime?

—No lo tomes a mal, pero no me gustó cómo miró a mi hija tu repartidor… Casi la viola, de haber estado sola…

—¿Cómo?

—Lo que te digo….

—Perdona… perdona… no volverá a ocurrir…

—Te recomiendo que en estos casos, contrates personal quebequés, de alguna familia conocida… y de preferencia que no sea… ¿Tú sabes? Recuerda que tengo una hija…

—Claro, claro… Te pido disculpas….

—Ah, y dile a Jeffrey que no vaya a faltar el viernes, Pierril le tiene una sorpresa…

—Ahí estará El Gordo… Está muy entusiasmado con los encuentros… y además, aquí entre nos amiga me lo regresan muy querendón…

Pierril fue enterado de lo ocurrido con el repartidor de pizzas y, a la vez, se lo comentó a su hijo en la escuela de taekwondo.

Y en la sala de duchas, Octave ahondó sobre el tema.

Dijo que el muchacho era compañero suyo en la universidad de Concordia y que Benito, hijo mayor de los D’Annunzio, fue quien lo recomendó en la pizzería.

—¿No entiendo por qué mi madre mintió? –agregó Octave— . ¿Era necesario? Chang Huang sería incapaz de faltarle el respeto a la familia.

—Hay algo que tu desconoces, hijo… — dijo Pierril en tono condescendiente, sin ánimo de cuestionar el comportamiento de su esposa—. El chino le confió a la hija de Delphine que su padre iba a comprar una casa cerca de la pizzería y además planeaba abrir un restaurante en nuestro barrio. León y Adelana ya lo sabían, pero se encariñaron del repartidor sin dimensionar el problema que les heredaban a sus vecinos… Los chinos son como la humedad, hijo. Entra uno a nuestro entorno y en cinco años convierten nuestras calles en basureros y refugio de contrabandistas.

—Delphine es su novia, papá y los Lambert ya lo aceptaron.

—Lo aceptaron porque sus tráileres están al servicio de los comerciantes chinos, los de la Saint Urbain de la Plaza de Armas. Hasta asiáticos ilegales transportan de Vancouver… Son contrabandistas, gente peligrosa.

Durante el trayecto a la mansión, en el Chevy azul de su hijo, Pierril recibió una llamada telefónica de Marbella.

Octave iba frente al volante.

— Habló tu primo Philippe y es urgente. Parece que mi suegra fue asaltada hace una hora en su casa y está muy grave. La internaron en el Hospital Pierre Le Gardeur. Nos vemos en Repentigny… Renna me va a acompañar.

Las pizzas vegetarianas tendrían que permanecer en el refrigerador.

El filme de Steven Spilberg, en alta definición, sería devuelto al videoclub.

No habría clase de historia interracial durante el fin de semana, se lamentó Renna.

HEMEROTECA: proce21-78

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