LOS CAMISAS AZULES

los hijos

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El periódico de ocho páginas terminó en mis manos. Quise rechazarlo, pero la curiosidad me venció, porque conocía el pensamiento antisemita de Adrien Arcand, el incendiario quebequés que tanto simpatizaba con el fascismo. Espigado y de rostro anguloso y bigote de dandy, siempre acudía al bistró La Closerie Des Lilas donde leía y escribía sus artículos para Le Combat National.

El chamaco de pelo rojizo metió la moneda en el bolsillo del peto de su overol y continuó su marcha a lo largo y ancho de la populosa rue de La Commune.

Linda Gallipeau me había invitado a participar en una marcha patriótica a favor de la causa nazi. No paró de hablar sobre la grandeza del Führer alemán, Alfred Hitler, y su lucha contra el comunismo.

Ella militaba en el Partido de la Unidad Nacional, recientemente fundado por Arcand y se consideraba una de las cinco mil Chamises bleues, dispuesta a morir por la causa fascista.

—Es el sábado y después de la asamblea publica te invito a cenar y te presento a Adrien —ofreció al terminar de vestirse y retocarse su cabello solar frente al espejo del tocador.

La amaba.

No me importaba saber que les tenía fobia a los judíos y comunistas.

Montreal en nada se diferenciaba a lo que ocurría en Toronto, Vancouver, Washington, Nueva York o Chicago, donde predominaban organizaciones políticas fascistas que apoyaban la causa antisemita y anticomunista, alentada por Hitler y el Duce italiano Benito Mussolini.

Los estadounidenses no lograban sobreponerse de su descalabro financiero, pero las cúpulas empresariales veían con preocupación y horror la presencia organizada de los obreros e intelectuales afines a los bolcheviques rusos, bajo el férreo liderazgo de Joseph Stalin.

Julio de 1938.

Montreal, la ciudad del pecado —llamada por el obispo Yves Anctil y Arcand— jamás parecía dormir.

 Día y noche había barullo, escandalo y pelea.

El viejo puerto concentraba el mayor número de bares y fumaderos de opio. Pululaba los vagos, las sexoservidoras, algunas parejas de policías uniformados y turistas, en su mayoría estadounidenses.

El tráfico humano era constante, a través de lanchas y yates, y parecía no tener fin.

Desde el ayuntamiento, encabezado por el conservador Camillien Houde se alentaba el contrabando de estupefacientes, tabaco y bebidas alcohólicas, principalmente whisky y coñac.

Las aguas fluviales del Saint Lawrence alimentaban de dólares y poder político a los liberales que gobernaban la provincia.

  En esta ocasión, Le Combat National publicó una decena de caricaturas que ridiculizaban al primer ministro liberal, William Lyon Mackenzie King y su partido. En un gran titular advirtió sobre los riesgos de desencadenarse otra guerra, alentada por el comunismo internacional.

De ahí que Arcand invitaba a “todos los patriotas nacionalistas de Quebec” a no consumir productos o servicios de la comunidad judía, asentada en Canadá. Tambien sugería denunciar a los bolcheviques quebequés que deseaban destruir la fe católica y los sagrados pilares de una sociedad libre, nacionalista y democrática.

En una de las mesas de La Closerie Des Lilas, propiedad de la abuela materna de Linda, saludé a André Drumont. Bebía una limonada y chupeteaba su larga pipa de caparazón de carey.

Tenía en su mano regordeta un ejemplar de Le Combat National, pero su mirada estaba dirigida a la chica rubia y pecosa que se encontraba en la mesa contigua y discutía con una mujer de avanzada edad, tal vez su madre.

—Deberías preguntarle su nombre —sugerí y aun de pie demandé a la mesera que me trajera un tarro de cerveza oscura y un emparedado de jamón serrano con ensalada de lechuga y aceitunas negras.

No hubo necesidad de que André me invitara a su mesa. Nuestra cercana amistad, producto del oficio —ambos comerciábamos salmón, ostras y langosta del Caribe—, permitió que juntos aguardáramos el ocaso del sol y posiblemente el encendido de las farolas eléctricas y el triste repicar de las campanas de la basílica de Notre-Dame, cercana de donde nos encontrábamos, en la rue Saint-Sulpice, frente a la Place d’Armes.

—No me está gustando la campaña de odio contra los judíos, André —dije y señalé con el índice el cabezal de periódico de Arcand.

—Es algo pasajero, amigo —respondió André con la pipa en los labios—. Tú sabes que atrás de este asunto está el Vaticano y mucho de lo que pasa es porque en Europa prolifera la lucha sindical, muy semejante a la de los bolcheviques soviéticos… Hitler está creando un gran frente mundial para contenerlos y en Quebec tiene seguidores y simpatizantes, como los del Partido de la Unidad Nacional.

—Lo que la gente quiere es mejorar sus condiciones de vida, obtener mejores salarios y beneficios, como salud y educación gratuita…

—No lo creo —repuso André—, los comunistas quieren desaparecer la industria y el comercio privado y poner toda  esa infraestructura productiva en manos de una burocracia parasitaria y esclavista…

No quise contradecirlo.

Su presencia en el bistró de los Gallipeau no era fortuita.

La abuela de Linda —madame Colette—, lo había convencido para patrocinar la edición de dos mil carteles que promovieran el boicot a los comerciantes judíos de la isla.

Desde la aparición en Rusia del libelo antisemita Los protocolos de los sabios de Sion, se habló de una conspiración judeo-masónica para apropiarse del mundo e implementar un gobierno totalitario y represivo.

Alentó tal campaña el triunfo de la Gran revolución socialista de octubre, iniciada en 1917 por el Ejército Rojo de los bolcheviques y que les costó vida al zar Nicolás II y su familia.

En Quebec, el líder de los Chamises Bleues, Adrien Arcand, era uno de los principales promotores de esa calumnia.

HEMEROTECA: Psicologia de masas del fascismo – Wilhelm Reich

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