UN TLAHUICA EN LA LANGOSTA

Por Everardo Monroy Caracas

la langosta portadaTe sorprendió verlo entrar al bar metido en una armadura de algodón prensado y pieles de tapir y ocelote. Su cara morena y achatada sobresalía de entre el pico abierto de un águila, tallado en madera y aluminio. Tambien los huaraches, elaborados con ixtle y neumáticos, eran parte de la indumentaria de un guerrero mexica.

En Montreal nada sorprende, menos la vestimenta de la gente.

La clientela fiel de La Langosta simplemente observó el paso casi felino del recién llegado y continuó con sus pensamientos o charlas, en caso de estar acompañada. Ernesto Pech, se mesó la piocha cana y aguardó a que el tipo llegara a la barra e hiciera su pedido.

—¿Bon ami, vendez-vous du pulque?

—¿Hablas español? —preguntaste antes que lo hiciera el peruano.

Te encontrabas aposentado en uno de los bancos de la barra, precisamente en el costado derecho del guerrero azteca.

—Claro carnal, y tambien parlo náhuatl, como buen mexica

Pech y tú no pudieron contener la risa. La vestimenta y su manera tan peculiar de hablar, te obligó a regalarle el primer tarro de cerveza. Pech no quiso quedarse atrás y pichó la siguiente ronda.

—¿De qué parte de México, vienes? —preguntó Pech.

—De Tepoztlán, un pequeño pueblo del altiplano y a hora y media de la Ciudad de México, por carretera.

Pech se unió al club de los bebedores de cerveza, pero solo consumió de la marca Cusqueña, importada de Lima. Tú, Corona y Tecate y Carmelo Alfaro, como dijo llamarse el mexicano, optó por la Canadian, de fabricación local.

—No me gusta meterme con los gustos de las personas, camarada —sondeó Pech—, pero ¿por qué vestirse de esta manera?

—Danzo en la Place D’Armes para ganarme la vida… Y acabo de mudarme a dos cuadras de aquí…

Ya acicalado por los alipuses, Carmelo nos reveló que ante los curiosos que lo miran danzar, mientras toca un tamborcillo y sopla una  flauta, elaborada de barro negro, se hace llamar Tepoztécatl y representa a uno de los cuatrocientos hijos del dios del pulque, Patécatl, y la diosa del maguey, Mayáhuel.

Lo cierto es que laboraba de maestro de primaria en San Juan Tlacotenco, una ranchería ubicada en la parte alta del municipio de Tepoztlan. Por participar en un movimiento popular que se oponía a la construcción de un club de golf, perdió su empleo y tuvo que emigrar a los Estados Unidos, donde sobrevivió de la pisca de naranja y manzana. Sin embargo, a principios de febrero de 2016, pudo internarse a territorio quebequés, y solicitar refugio político.  No quiso repetir su pasado de jornalero mal pagado y decidió convertirse en un Tlamani, o guerrero azteca de rango inferior, para difundir el pasado prehispánico de los mexicanos entre los turistas y lugareños. La alcaldía de Montreal le dio un permiso por escrito para que danzara en los lugares públicos de la ciudad, sin excluir al viejo puerto.

—Los borrachos y los niños, siempre decimos la verdad —dijiste para justificar cualquier indiscreción que incomodara a tu invitado—, pero yo creo que usted ni fue maestro y es puro lengua de perico, como dicen en chilangolandia…

—Déjeme confiarle algo, carnal —repuso con voz grave Carmelo o Tepoztécatl, algo aturdido por la cerveza—. En mi pueblo tenemos un dios que representa a la embriaguez. Le decimos Ometochtli y lo representamos con dos conejos. Y Ometochtli es el padre de cuatrocientos semidioses de la borrachera, ¿tu as saisi l’idée?

—La mera verdad, no…

—Bueno —continuó Carmelo, aun con su testa metida en una escafandra en forma de cabeza de águila—, si existen cuatrocientos semidioses de la borrachera, ninguno puede mentir cuando tiene alcohol en la sangre. Yo ahorita ya estoy medio pedo y he sido tocado por Ometochtli, aunque no bebí pulque, que es el verdadero elixir de los dioses…

—Mis respetos por Ometochtli —exclamó el descendiente inca, propietario del bar—. Si Sigmund Freud lo hubiese conocido, se daría cuenta de los alcances del pulque para trabajar con el subconsciente…

Por su boca te enteraste del significado de cada prenda que usaba y el sonido que brotó de su flauta de barro o tlapitzalli. Todo había sido confeccionado por sus manos. Carmelo era un profundo conocedor de la historia de su pueblo y estaba orgulloso de tener raíces nahuatlacas y tlahuicas. Su propósito era convertirse en un guerrero Cuauhocelotl, por tratarse del más alto rango militar azteca de los caballeros Jaguar o Águila.

—Estoy aprendiendo a manejar todas las armas de guerra de los mexicas y acabo de elaborar una tiradora de lanzas que mis antepasados llamaban Atlatl…

—¿Y para que quieres recuperar esa experiencia que ya es obsoleta? —cuestionó Pech sin dejar de atender a su clientela.

—Porque quiero regresar a Tepoztlán y abrir una escuela de formación militar náhuatl y así recuperar parte de nuestro pasado heroico. Quiero difundir las armas, como el tepoztopilli y el  macuahuitl, y trajes de los guerreros nahuatlacas y estoy seguro que si la viruela no diezma a los aztecas, otro gallo cantaría: Hernán Cortés y su soldadesca inculta, corrupta y fanática jamás llegarían a conquistarnos.

—¡Salud amigo Tepoztécatl! —exclamaste levantando la lata de cerveza.

—¡A ta santé!—grito Carmelo.

—¡Salud por eso! —remató Pech.

HEMEROTECA: La conquista de Mexico – Francisco Lopez de Gomara

1Des_sauvages_ou_voyage_de_Samuel_Champla

2Samuel_Champlain_fondateur_de_Québec_et

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