EL BRAZO FUERTE

el rumor de tu cuerpooJuvencio Valle jura y perjura que su abuelo fue amigo de Giovanni Korporaal, un anarquista holandés. A mediados del siglo XX radicó en México y filmó una película, prohibida por el gobierno, en un pueblo oculto en las montañas michoacanas y con un nombre casi impronunciable, por ser de origen tarasco: Erongarícuaro.

—¿Eron… qué, camarada?

—Erongarícuaro…

Los tragos han escaseado en la barra. Me duele no tener dinero para invitarle una ronda.

Juvencio es quien tomó la estafeta y lo hace sin cuestionar o aguardar a que yo vaya a la delantera. Es generoso el bato, a pesar de sobrevivir de su flauta y la limosna pública.

—El ruco me contó que en la casa de doña Eduviges Macotela durmieron los seis chilangos que acompañaban al holandés y este le comentó que su padre fue periodista y que por lo mismo, nació en Italia, pero por la guerra tuvieron que regresarse a los Países Bajos…

—Me hablas como si yo fuera de esa comunidad, Valle…—-dije con algo de ansiedad por la falta de whisky—. A la tal Eduviges solo la recuerdo por una novela costumbrista, algo fantástica, que leí cuando era universitario… Se llama Pedro Paramo y precisamente la escribió un jalisciense, creo que de Sayula: Juan Rulfo…

La charla no tendría sentido si fuésemos ajenos al gusto por el arte y la literatura.

Los dos, en México, habíamos mamado algo de información académica y el gusto por sentir al mundo desde la resonancia armoniosa de una buena melodía, los colores bien trazados de una pintura renacentista o una extraordinaria historia de amor-odio, escrita con pasión y compromiso social.

Ser inmigrante sin plata o alcohólico no significaba ignorancia o pendejés.

Fue el miedo o la aventura lo que nos juntó en Hochelaga  y además, el hablar el mismo idioma, contribuía a que cada piché de cerveza o copa de aguardiente canadiense, abonara inteligencia y talento.

El año se agotaba.

El frío nos había convertido en una especie de muñecos de trapo. En mi caso, traía una máscara de vikingo –barbada y pelirroja—y la de Juvencio, de ojos oblicuos, una plasta de arcilla, algo lampiña, y con dos escobetillas grisáceas en las comisuras de los labios.

Hablaba purépecha y nunca negaba sus raíces tarascas.

Los vecinos lo evadían y temían. Lo consideraban un primate.

El racismo infundado era propio de algunos anglosajones y quebequés provenientes de los pueblos rurales de la provincia.

Los blancos y rubios abundaban en Hochelaga, donde vivíamos, pero en su mayoría eran jubilados o adictos a la cocaína y heroína.

—Háblame un poco de esa película que filmaron en tu rancho, cabrón –demandé.

Y nuevamente lamenté no cargar dinero y en estos instantes, traer una cartera repleta de tarjetas de presentación, ajadas y sucias, y tres palillos de plástico ya en uso.

Juvencio hizo el ademán mágico con la diestra. Mis nervios dejaron de tensarse.

El barman nos volvió a llenar los vasos de whisky y  la jarra de cerveza.

—Se llama El Brazo fuerte y ninguno de los que participaron en la película eran actores profesionales… Buena gente y muy borracha, eso me dijo el abuelo.

Cuando mencionó el título, de inmediato evoqué un detalle de mi etapa de guerrillero.

Durante una de nuestras incursiones a Los Reyes Magos, un pueblo serrano de Oaxaca, el dueño del único tendejón nos indicó que una cuadrilla de ingenieros agrónomos se hospedaba en la escuela primaria, donde dormía una maestra normalista.

Chapoteando en el lodazal, llegamos a la casucha de dos aguas y adobe pelón, donde unos hilos de luz amarillenta brotaban de las ranuras y los tres rodetes cubiertos de tablones semipodridos, como ojos de buey.

Hilda fue la responsable de azotar la puerta, mientras Lupe, Pericles y yo, fusil en mano, decidimos agazaparnos tras un tecorral de roca volcánica.

Un cuerpo de mujer, oscurecido por los reflejos de luz mercurial, cubrió parte del marco de la puerta. Escuchamos su voz y otros sonidos nasales que escapaban del interior.

—Necesitamos descansar un poco y que nos permitan freír unos huevos y algo de carne de cerdo, ¿es posible? —demandó Hilda.

Salvo las botas, nuestra vestimenta estaba dañada por la falta de lavado y las largas caminatas.

—¿Cuántos son? —escuchamos que la mujer preguntó.

—Cuatro conmigo…

—Adelante… —dijo la mujer y advirtió—: No tenemos cobijas porque los dos ingenieros y sus cadeneros traen las suyas…

—No hay problema, señorita —dijo Hilda—, nosotros también venimos equipados…

Después nos silbó y abandonamos el tecorral a paso rápido.

Lo primero que enfrenté al cruzar la puerta, fue el rostro serio de la mujer, algo alterado por la desconfianza. Sus ojos de un iris muy negro y brillante, como trozos de pedernal, me observaron con insistencia y sentí un cosquilleo en el estómago.

—Higinio —me presenté algo nervioso.

—Estrella –correspondió la maestra y me ofreció su mano.

En los mesabancos nos observaron trece pares de ojos. Sobre el pizarrón, recubierto con gran sábana, aparecían imágenes en blanco y negro de una película mexicana.

—Es El brazo fuerte —informó uno de los ingenieros, rechoncho y envuelto con un pesado jorongo chaudron—. Llegaron a tiempo para mirarla, vale la pena…

A ninguno de los ocupantes del aula les interesó que llegáramos armados y hambrientos.

Todos sabían que en esa parte de la sierra, poblada de indios triques, pululaban los guerrilleros, sicarios y paramilitares, pero respetaban a los moradores de cada ranchería.

Los militares llevaban la consigna de sus superiores de detener, torturar y ejecutar a los lugareños que colaboraran con el Frente Popular Emiliano Zapata.

Juvencio nunca se enteraría de aquel asunto oscuro de mi vida. Tampoco quise darle detalles sobre la vieja película que mencionó.

La presencia de Estrella Cuevas se sobrepuso en nuestra conversación. Creí ver sus bellos ojos de pedernal sobre la media luna de la barra, tan semejante al espejo de agua del arroyuelo.

Durante la medianoche intimidábamos. Sin importar que en esa aventura amorosa arrastrara al desfiladero a mis compañeros de lucha.

La palabra Erongarícuaro volvió a resonar.

La voz de Juvencio terminó en un eco cavernoso y absurdo.

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