ANASTACIO MERCADO

EL FUEGOIV

El bre-a-col me reanimó un poco. Los accesos de tos interrumpieron el trabajo. Hoy iré al médico y compraré un conjunto deportivo de tela más gruesa para dormir. Terminé de leer la novela corta de H. P. Lovecraft —El horror de Dunwich— y avancé con los grabados de la monografía de Acaponeta.

Durante la tarde la pasé en la cabaña, sumergida en una sábana de niebla. Las idas diarias a Tulancingo me conectan con la realidad. En menos de tres horas voy o vengo. Madrugo para conectarme a Internet y no fallar en esta disciplina tan necesaria. No quiero desconectarme de Alma Luna.

Anastasio me trajo una cazuela con mole verde y carne de guajolote y comentó que mi padre tiene dolores en las piernas y brazos a consecuencia de su reumatismo. Duerme con compresas de sebo y hojas de lengua de vaca. No cree en la medicina alópata.

—Don Carlos ya no debe venir a Huaya, esta humedad le está comiendo los huesos…

—Se muere más rápido si no viene al rancho —respondo.

Anastasio Mercado es un costal de huesos, chaparro y patizambo. Toca el violín en las fiestas patronales y le trabaja a mi padre desde que era yo un adolescente. Con sus hermanos Atilano y Caritina formaron el Trío Pancita y tienen presencia en todos los poblados aledaños. Su fama ha llegado hasta Tulancingo y Agua Blanca. No hay jolgorio sin su presencia.

—Vamos a Zilacatipán el sábado —me invita y pela una dentadura amarillada por el tabaco—. Se casa la hija de mi comadre Azucena y habrá chupe y bailongo toda la noche. Quien quita y hasta se traiga compañía…

—Prefiero quedarme, gracias.

—Anda usted muy perdido… Diviértase…

—Habrá tiempo para todo.

¿Dónde estarás en estos momentos? ¿Con quién? El carbón encendido de la desesperanza hace sus estropicios en la barriga, quema. Más de un mes sin tocarte, sin deslumbrarme con tu cuerpo pleno, limpio, generoso. El entrar y salir en ese pequeño cubículo alfombrado, impregnado de fragancias dulces y verduras refrigeradas. ¿Recuerdas? Del baño a la cama, desnuda, melancólica, excitada.

—Cierra la puerta y las cortinas…

El horario era lo de menos. Me enseñaste a amarte a cualquier hora, bajo los designios de tu propio calendario.

—No hay como una buena cobija —dice Anastasio y sonríe. Hace una mueca de complicidad.

—La tengo —y me doy un golpecito en la cabeza con la mano derecha—. Es la que me tiene con ánimos y desánimos…

Mis palabras se convierten en acertijos. Anastasio tiene la encomienda, por instrucciones de mi padre, de vigilarme y asistirme, de ser necesario. Casi todas las noches me lleva algo de cenar, lo que guisa su mujer. Tiene ocho hijos y es el encargado de reparar las corraletas y podar los perales y manzanos.

—Es malo que el hombre esté solo —dice. Hay conmiseración en su mirada—. Para eso Dios nos dio a la mujer…

—La tengo, no te preocupes… Eso creo…

—Malo cuando se enferma uno de amores, no hay curación…

¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué teníamos que separarnos? Te evoco con el libro abierto en las manos, intentando leer. Estás en la cama, envuelta en una toalla. No me canso de ver tus pies desnudos. ¿Cómo decirte que no te vayas a Montreal, que me acompañes hasta terminar este trabajo? Imposible.

—Cosita bonita —es lo único que se me ocurre murmurar.

La enfermedad del alma es la peor de las enfermedades. En eso tiene razón Anastasio. Alma Luna es mi única vacuna. Debo reconquistarla, pedirle que reconsidere su decisión.

—¿Cómo puedes ganarte el perdón de la mujer que amas, Anastasio? —el ranchero está montado en el asiento de la silla y descansa su velludo mentón en el respaldo—. Estoy en ascuas…

—Como decía mi abuelo: o te la comes o dejas que se la coman y para eso hay que estar en la mesa y frente al plato.

—Eso quisiera, pero está muy lejos geográficamente…

—No se apure, usted es buen hombre y ella lo sabe. En la relación de iguales es la mujer la que destraba los problemas. Cuando vaya a los nayaritas, búsquela, demuéstrele que verdaderamente la ama… No importa lo que le cueste y lo que sangre.

—Dios te oiga Anastasio… En serio…

 Por lo pronto no dejaré de escribirle todos los días. Es el mejor antídoto para el olvido y la infidelidad. Le abonaré a los recuerdos un poco de miel y de aromas. No son sencillas las ausencias. Cuando cruzo la llanura y entro a las callejuelas bordeadas de cercas de tablones y tecorrales de piedra porosa, me ataca la soledad. Los pobladores viven escondidos en sus jorongos y rebozos, no tienen prisa. Los saludos son secos, sin aspa-vientos. Han aprendido a morirse con la tristeza de las piedras. Ahora entiendo a doña Guadalupe, la madre de Alma Luna. Los recuerdos y silencios adoban su sobrevivencia. “Mis niñas”, llama a sus hijas ya adultas y vividas. Es así como detiene el tiempo. Nunca ha permitido que crezcan.

—Voy a echar pulgas a otra parte —me dice Anastasio.

—Gracias por el molito de pipián y tus palabras…

—Si tiene alguna necesidad, ya sabe dónde me encuentro…

—Lo sé…

Si mis pensamientos llegan a los tuyos, Alma Luna, te pido una oportunidad.

El ruego humedece mi cara.

El crujir de la puerta anuncia la partida de Anastasio. Regreso al restirador…

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