ROCKY

Por Everardo Monroy Caracas

EL ESCUPITAJOEs Rocky Balboa y trota por el Eje Vial Juan Gabriel, frente a la estación del ferrocarril. Le faltan los dientes frontales; va enfundado con ropajes de deportista, sucios y remendados. Mientras trota, también bracea y le suelta puñetazos al viento que despelleja los árboles y levanta polvareda.

Son las diez cuarenta y cinco de la mañana.

   —¡Soy un campeón! ¡Soy un campeón! —repite a gritos.

    Es uno de los ciento ochenta enfermos mentales que deambulan, como sombras errantes, por las abandonadas calles y avenidas de Ciudad Juárez, de acuerdo a un censo levantado en la Dirección General de Policía.

    —Poco o nada podemos hacer por ellos —reconoce la coordinadora de trabajo social de la dependencia—, porque en Juárez se carece de infraestructura hospitalaria para tratarlos y rehabilitarlos —y le sugiere al reportero—: Busque a Margarita Zúñiga, es una activista que está muy compenetrada con el problema…

    El encuentro con el reportero de El Diario de Juárez se materializó un día después, al contactarla por teléfono. Margarita Zúñiga parece una infanta regordeta, a pesar de rebasar los cincuenta años. Siempre viste mallones negros y holgadas playeras con los rostros de sus íconos preferidos: Pancho Villa, El Che Guevara, Gandhi, La madre Teresa de Calcuta y  Martin Luther King.

 Tiene catorce colaboradores que la apoyan en todo, pero no ha logrado convencer a los ricos y altos burócratas de la ciudad, dominada por militantes de ultraderecha y oficialistas, para que le den dinero y logre construir un hospital psiquiátrico. El jueves, el alcalde Pancracio Peña, carimarcado y escaso de carnes, tuvo que recibirla en el Palacio Municipal, a solicitud del dirigente estatal del PRI. Cuando la vió entrar al salón de cabildos, arrastrando su voluminosa humanidad, hizo un mohín de fastidio.

—Urge construir un hospital psiquiátrico —dijo la mujer, después de saludar a los regidores y poner su pesado trasero en una de las sillas que circundaban la mesa—. Hay millón y medio de habitantes en la ciudad y estimamos que un diez por ciento padece enfermedades mentales. Por eso estoy aquí, Pancracio, para que nos eches la mano. Los ejidatarios de Ignacio Zaragoza ya me donaron el predio para levantar el hospital, Pancracio, no seas tan agarrado y cabrón

    Márgara, como la llama el alcalde —por malhablada—, ha reunido doscientos mil pesos para la obra. Parte del dinero, obtenido en rifas y boteos, lo invirtió en la construcción de una barda perimetral que rodea el predio de doce mil metros cuadrados.

    —Necesitamos mínimo un millón de pesos para la primera fase del hospital psiquiátrico…

Pocos conocen la verdadera causa de su propósito benefactor. Rocky Balboa lleva mucho de ella en la cara y sangre y no ha olvidado su nombre. Por desgracia, el ácido lisérgico hizo sus destrozos y a su único vástago le emborronó los recuerdos consanguíneos.

La última vez que Rocky Balboa vio a su madre, viuda desde su nacimiento, fue el sábado 11 de agosto en el Centro de Readaptación Social para Adultos. Margarita lo ayudó a salir del reclusorio donde convivió dos semanas con dieciséis enfermos mentales, en su mayoría asesinos. Rocky Balboa fue detenido por defender a una vendedora ambulante que era golpeada por un marido alcoholizado.

     Los comerciantes y taxistas del centro de Ciudad Juárez fueron testigos de la agresión y no intervinieron. Rocky Balboa, enorme como un luchador japonés de sumo, demostró tener más sentido común que los curiosos y evitó que la vendedora ambulante de cigarrillos Malboro terminara en una clínica de salud o la funeraria. Aun así, los diez policías que lo detuvieron, después de apalearlo y darle descargas eléctricas con sus chicharras, decidieron meterlo a una celda de la penitenciaria del estado.

Margarita no logró retenerlo ni un solo día en su casa de Anapra, y Rocky Balboa volvió a convertir al Eje Vial Juan Gabriel en un ruidoso gimnasio. Los otros ciento ochenta enfermos mentales callejeros tendrían que cederle parte de su espacio vital, sin intención de molestarlo. Micky, El Camellito y La Pelambres —sus únicos amigos de aventura—le comparten el pan y la fruta que les regalan en el mercado Cuauhtémoc, el de la calle Ignacio Mariscal. El Camellito se deja tocar la joroba por cinco pesos o una fruta. Algunas personas creen que hacerlo es de buena suerte. Lo mismo sucede con el Buda dorado de porcelana que se encuentra en el puesto de inciensos y veladoras de don Sebas Barragán, antiguo pollero y dealer paceño.

    La Pelambres, anciana de cabellera revuelta, cana y pegajosa ante la falta de aseo, es la principal porrista de Rocky Balboa. Le aplaude y tararea Gonna Fly Now, el tema central de la película de Rocky. Lo persigue desde la Avenida Vicente Guerrero a la calle Ramón Corona.

Los niños y sus padres se unen al espectáculo y festejan las locuras de La Pelambres y su ídolo de gran peso, en tenis astrosos y desgastados.

    —Son tranquilos —le confía don Gilberto Caballero, vendedor de burritos, al reportero de El Diario de Juárez—. Ya nos acostumbramos de sus babosadas, en serio…

Su puesto rodante está en el borde de la calle Constitución, junto al monumento a Benito Juárez.

    Los enfermos mentales duermen en las casas abandonados del ISSSTE. La generosidad de la gente, pero principalmente de los comerciantes, les permite sobrevivir sin penurias. En la calle, los Piratas —como les apodan en la ciudad fronteriza—, consiguen todo tipo de vituallas, pero principalmente frutas, tortillas, sodas y agua potable.

El gobierno municipal no cuenta con algún programa de apoyo y rehabilitación para los dementes. Cuando provocan problemas en la vía pública, los policías reciben órdenes de encarcelarlos y aislarlos de la sociedad juarense.

—Los piratitas menos peligrosos terminan en una celda de la Estación Delicias —informa el burrero de bigotes caídos y barbilla horadada.

El reportero aborda a Rocky Balboa que no cesa de golpear una imaginaria pera de gimnasio y no teme que lo agreda.

    —¿Campeón, cómo te llamas?

    —Rocky…

    —¿Por qué entrenas?

    —Voy por la revancha con Apolo Creed en Las Vegas…

La Pelambres, con su piel pegada a los huesos y descalza, continúa tarareando Gonna Fly Now. Su escases de dientes en nada afecta la fuerza de la tonadilla.

    Rocky Balboa reanuda su marcha ante la avalancha de preguntas del reportero. No deja de trotar y mover los brazos con los puños cerrados. Al costado derecho del camellón una hilera de olmos parece darle la bienvenida. Por la fuerza de viento se desprenden algunas hojas, de un verdor luminoso, que terminan sobre sus hombros de gladiador y cabeza calva. Rocky Balboa, tan parecido al rostro sonriente del candidato independiente a presidente de la república, es parte de una pinta que resalta en el muro mal encalado y con una leyenda de la reciente batalla electoral: Cortémosle las manos a los ladrones.

    —¿Qué hiciste anoche, campeón? —insiste el reportero.

    —Me entreno y corro mucho para fortalecer las piernas, porque el triunfo de la pelea depende de la velocidad. En mis piernas está la salvación…

Su madre ya no lo busca. Poco puede hacer por él, sino no existe un lugar apropiado para atenderlo. Por lo mismo, Margarita y su escuadra de voluntarios, lo único que anhelan es construir en el ejido Zaragoza el Hospital Psiquiátrico San Martin de Porres.

El predio, obtenido por la generosidad de los ejidatarios, se encuentra en El Sauzal y tiene una superficie de 12 mil 631 metros. En el plano que le diseñaron unos estudiantes de arquitectura pretende construir cien habitaciones, la sala de espera y recepción, una cafetería, seis oficinas, un oratorio, el área de seguridad, la enfermería, cinco cuartos de aislamiento, un consultorio bien equipado, una farmacia y un almacén con frigorífico.

Margarita es apreciada por algunos ex internos de la penitenciaria por su labor altruista. Gildardo Calles, un antiguo ladrón de casas que terminó abriendo su cerrajería en el mercado Juárez, le narra al reportero:

    —Yo vi cuando a una piratita la madreó un hijo de la chingada porque hacía sus necesidades junto a una troca.

    —¿Por qué?

    —El bato salió bien aturrado del bar 16 y al ver a la piratita echando la miada la agarró a patadas. Pobre mujer, tuvieron que trasladarla en una ambulancia de la Cruz Roja al hospital general.

    Doña Juana Manríquez vende billetes de la Lotería Nacional en un tramo de la Avenida 16 de Septiembre. Recuerda el hecho narrado por el cerrajero.

    —La loquita no se metía con nadie y ni siquiera pedía. Hay gente de buen corazón que le da comida o alguna prenda de vestir. Hay veces se tira en la banqueta y se duerme y a nadie molesta.

    El problema, agrega, es que ninguna institución pública o privada se conduele de ella y la apoya.

—Es como un animal domesticado que camina malherida en la soledad de esta ciudad infernal.

    En la barandilla de la Estación Delicias, los enfermos mentales son personajes inexistentes. Durante su ingreso ni siquiera son registrados en la computadora.

—Son solo una estadística —reconoce una trabajadora social de la Dirección General de Policía—Calculamos que hay entre 170 a 180 y algunos de ellos tienen familiares, pero nunca los cuidan. Por el contrario les dan malos tratos…

De edificarse el hospital psiquiátrico, los enfermos mentales pobres e itinerantes tendrán la oportunidad de ser rehabilitados o simplemente bien alimentados y tratados con dignidad.

    Rocky Balboa, ajeno a la causa de su madre, sigue su trote a lo largo del Eje Vial Juan Gabriel. De su entrenamiento depende el resultado de la pelea, repite. Está seguro que obtendrá el cinturón de peso pesado si vence al campeón mundial Apolo Creed. El Micky es el responsable de dotarlo de agua y frutas, mientras no abandone las calles. No importa que lo persiga con su desvencijada silla de ruedas. Diez años atrás, en un enfrentamiento de pandillas, una bala lo dejó sin la movilidad de ambas piernas y su sueño de ser boxeador profesional.

    El Micky no sabe y ni se imagina el resultado del encuentro de Rocky Balboa y Apolo Creed en el cuadrilátero del MGM Grand Garden Arena de Las Vegas. Por el momento es víctima del repudio social y la violencia callejera. Eso sí, antes de subir al cuadrilátero, Rocky Balboa le sobará  la joroba a El Camellito en tres ocasiones.

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