ESPECIE DE LOCURA…

Por Everardo Monroy Caracas

chacal portadaACLARACION

Salvo la breve historia de Pio IX consignada en el Prólogo y los escenarios urbanísticos de Montreal donde se desarrolla la novela, los otros personajes aludidos, e incluyo a El Chacal, son ficticios y únicamente existieron en la imaginación del autor.

 

PROLOGO

Treinta y cuatro años después de morir por un ataque al miocardio, el gobierno de Quebec lo recordó en la ciudad de Montreal, al inaugurar, en julio de 1912, una pulcra avenida de dos vías, con un ancho camellón arbolado, bancas de madera y un sendero peatonal al centro. El primer ministro liberal, Lomer Gouin dio luz verde para que esa arteria de diez kilómetros recibiera el nombre del Papa Pio IX, quien en realidad se llamaba Giovanni Maria Giambattista Pietro Pellegrino Isidoro Mastai Ferretti Solazzi y era originario de Senigallia, Italia, en las húmedas costas del mar Adriático.

Pio IX había permanecido al frente del Vaticano, treinta y un años, siete meses y diecisiete días. En 1846 fue electo Papa por treinta y seis cardenales de cuarenta y seis que acudieron al cónclave, dividido por liberales y conservadores. En esas fechas lo consideraban un hombre de iglesia liberal al apoyar algunas de las causas de los patriotas que se oponían a las injusticias cometidas por la aristocracia. Sin embargo, ya en su papel de Papa, tuvo que enfrentar a sus otrora aliados porque le exigían iniciar una guerra contra Austria y convertir a Italia en una sola nación. En el siglo XIX, Italia estaba dividida en una veintena de reinos, estados y repúblicas, pero el rey de Cerdeña y Piamonte, Víctor Manuel II inició una cruzada armada para lograr la unificación de una gran república con intereses culturales y lingüísticos comunes. Pio IX gobernaba los Estados Pontificios con cabecera en Roma.

Las revueltas de los patriotas liberales, influenciados por los enciclopedistas y socialistas de Francia, obligaron a Pio IX a abandonar El Vaticano y vivir escondido, durante dos años en Gaeta, pequeño pueblo pesquero que pertenecía al reino de Sicilia. Desde ahí, con ayuda de sus cardenales y obispos, logró convencer a la nobleza española, austriaca, francesa y de las Dos Sicilias para que apoyaran su causa y recuperara su trono en los Estados Pontificios. La respuesta fue inmediata y en 1850, rodeado por el ejército francés, regresó a Roma tras echar a los nacionalistas. Napoleón III tuvo bajo su responsabilidad la seguridad física de Pio IX en El Vaticano.

Desde ese momento, el Papa lanzó varias encíclicas para condenar a los liberales nacionalistas y además calificó de “doctrinas infernales” las que promovían el socialismo, comunismo, nacionalismo italiano y la masonería. Hasta los judíos sufrieron represalias por parte de los ejércitos afines a los Estados Pontificios.

Aun así, los nacionalistas se reorganizaron y bajo el mando de Víctor Manuel II y el guerrillero Giuseppe Garibaldi, lograron unificar a Italia. El 20 de septiembre de 1870 entraron a Roma y la convirtieron en la capital del nuevo país. Pio IX se negó a reconocer al gobierno republicano y se consideró prisionero político de quien disolvió a los Estados Pontificios. Los nacionalistas, desde 1860 habían logrado hacer laica, gratuita y publica la educación básica, antes controlada en su totalidad por la iglesia católica.

Los franceses quebequenses, la mayoría de Montreal, jamás le dieron la espalda a Pio IX y uno de sus principales mecenas fue el millonario católico, Antoine Olivier Berthelet. Durante veinte años pagó el salario de veinte zuavos o guardias del Vaticano y abrió un sinnúmero de casas asistencialistas para pobres, niños huérfanos y ancianos. También sostuvo con dinero y alimentos a seminaristas, misioneros y monjas. Sus hijos y nietos, tras enterarse de la muerte de Pio IX, ocurrida a las cinco cuarenta de la tarde del 7 de febrero de 1878, propusieron su beatificación y bautizar con su nombre algunas calles o avenidas de la isla quebequense.

Fue hasta julio de 1912 cuando el Papa Pio IX quedó inmortalizado en uno de los bulevares. La Pie IX, cien años después de su inauguración, también se convirtió en el refugio temporal de un hombre latinoamericano, al que sus persecutores le pusieron el sobrenombre de El Chacal por sus turbias actividades criminales. De ahí surgió la leyenda de El Chacal de la Pie-IX y dejo constancia en este libro de su paso terrenal.

–o–

 

La capacidad humana parece especie de locura y es más limitada de lo que vosotros podéis suponer.

—Joseph Conrad

A Jorge Vargas

2 DE MAYO

Se dijo mexicano sin serlo, menos estadounidense o canadiense. Era salvadoreño, de nombre Oscar Naranjo y oriundo de Santiago de la Frontera, muy pegado al lago de Guija y Guatemala. Lo conocí en el departamento del boulevard Pie-IX, donde compartíamos espacio con otro de sus paisanos, Silvestre Peña, especialista en despellejar pollos y limpiar excusados, y quien poseía el contrato de renta y nos cobraba doscientos cincuenta dólares por dormitorio. Silvestre pernoctaba en la cocina, sobre un incómodo sillón de dos asientos, pegado a la estufa, el fregadero y el sanitario.

Oscar y yo teníamos nuestro propio cuarto, pero con Silvestre utilizábamos el sanitario, la estufa eléctrica, el microondas y el refrigerador. En mi cuarto guardaba los alimentos no perecederos –enlatados, azúcar, sal, sopas, cebollas, ajos, café disoluble y avena granula-da—y los trastos: sartén, plato, cuchara, taza, olla y un termo. Este era mi nuevo espacio vital en una ciudad de casi cuatro millones de habitantes.

El domingo 15 de abril descendí del autobús foráneo y mi primer choque visual fueron las palabras que aparecían en los espectaculares o fachadas de los establecimientos comerciales. El francés me era ajeno y tendría que empezar a leerlo y hablarlo a mis 56 años.

Tuve que aguardar quince días para conseguir mi nueva habitación. Durante la espera, mi hija Rosalba, de 21 años, logró convencer a sus dos compañeros de departamento (un sueco y un quebequense) para que me permitieran dormir en la sala, mientras conseguía donde vivir. No hablaba inglés o francés y tendría que solicitar ayuda económica en el Ministerio del Trabajo y Asistencia Solidaria de Quebec.

Así que en ese lapso, acudí a las oficinas de la dependencia, por el boulevard Cremazie, para llenar los formularios y entregarlos. La respuesta la recibiría en siete o diez días.

En el edificio de seis pisos, era necesario presentarse antes de las doce del día o después de la una de la tarde para tomar un boleto numerado y esperar el turno en una silla plástica, frente al aparador de cristal con cuatro ventanillas. Un hombre y tres mujeres, empapadas de fastidio e indiferencia, atendían a los inmigrantes. Hablaban francés e inglés y alimentaban su computadora de nombres, direcciones y gentilicios. En uno de los ángulos de la oficina y tras un achaparrado mostrador de formica, podríamos acceder a fotocopiadoras, ordenadores con internet e impresoras láser.

La mujer que me atendió —obesa y con un tic en el brazo derecho que constantemente se sobaba— no hablaba un perfecto inglés y tuvo que ser auxiliada por una compañera. Mi hija fungió de intérprete y se encargó de llenar los formularios donde expresaba mi deseo de recibir ayuda económica mientras aprendía francés y me enganchaba a un nuevo empleo.

En otra ventanilla, un anciano de rasgos asiáticos, intentaba darse a entender y la funcionaria le exigía un intérprete para ser atendido. Los balbuceos eran intermitentes. El hombre hablaba chino mandarín.

—Usted no debe venir solo… No lo entendemos –insistía su interlocutora en francés casi rayando en la desesperación.

Un chino veinteañero, logró convencer al septuagenario para que abandonara la ventanilla y permitiera el acceso a otros inmigrantes. No comprendí por qué prefirió marginar a su paisano, a convertirse en su intérprete por unos minutos. Tampoco la funcionaria lo solicitó. Simplemente aguardó a que el hombre de baja estatura, cara marchita y abatida, diera la media vuelta y se alejara con su sucio folder azul asido entre sus garras ateridas. Intuí que su necesidad económica lo impulsó a intentar resolver por sí mismo un asunto de tal envergadura: la subsistencia diaria.

En Canadá, la soledad y el idioma son armas de destrucción emocional para los inmigrantes de edad avanzada. Es importante reinventarse todos los días y no sumirse en la desesperación o la angustia. Por lo mismo, también entendí a Oscar, el salvadoreño, al intentar convencerme de su supuesta triple ciudadanía. Buscaba blindar ante mis ojos su permanencia ilegal y evitar la delación ante las autoridades migratorias.

Trabajaba en cash, en una empresa de mudanzas, y me narró a detalle todas las peripecias que día a día enfrentaba de un piso a otro al subir y bajar camas, tocadores, sillas, electrodomésticos, pianos, cajas rellenas de trastos, juguetes, ropa, joyas, calzado, figuras decorativas, etcétera, y transportarlas en camiones de carga de tres a seis toneladas. Le pagaban catorce dólares la hora y empezaba su jornal a las siete de la mañana y lo concluía a las cuatro de la tarde, de lunes a sábado.

—Al principio es muy duro, por lo pesado de las cosas, pero luego te acostumbras…

Y me contó que a la semana de ingresar a la empresa, se le dislocó el tendón del pie izquierdo y tuvo que encerrarse en su cuarto hasta que se le desinflamara. Los dolores eran insoportables y los combatió con analgésicos. Jamás acudió a un médico por su propia condición migratoria.

—La hinchazón me la bajé con una pomada y mucho descanso. Durante el tiempo que permanecí encerrado en mi cuarto no recibí paga…Y estoy hablando de ocho o diez días…

—¿Por qué, si eres canadiense? —la pregunta, lógico, fue de mala leche, porque intuía cuál era su situación legal en Canadá.

—Aquí en Montreal es así, sobre todo cuando apenas empiezas en un trabajo. El patrón solo me dijo que después de salir del problema tenía mi trabajo asegurado. Si soy problemático no me vuelven a dar empleo y hasta corro el riesgo de que tampoco me contraten en otro lugar…

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