EL ARRIBO…

el infante portadaACLARACION

En mi adolescencia escuché por la radio la melodiosa voz de Pedro Infante Cruz, muerto en un accidente aéreo. Vivía en Huayacocotla, Veracruz, una comunidad serrana construida en el siglo XVI a doscientos kilómetros de la ciudad de México. Mi madre asistió al sepelio del artista sinaloense y me llevó en brazos. Cuatro años después, cuando festejaron mi sexto aniversario de vida, dejé la casa paterna y terminé bajo el amparo de los tíos Ana María Monroy y Ramón Baca.

Huayacocotla es un pueblo frio, húmedo y sumergido en una perenne niebla. Es parte de la huasteca veracruzana, donde el silencio y el olor a pino predominan casi todo el año. Únicamente hay barullo durante las fiestas de carnaval, en el mes de abril, una semana después de celebrarse la peregrinación del santo patrón del municipio, el Padre Jesús.

Durante mi arribo a Huayacocotla descubrí que mi único contacto con el exterior era a través del cine y la radio. Cada miércoles se exhibía una película en un caserón techado con láminas de zinc y una hora antes de la proyección, el señor Higinio Solís emitía, con la ayuda de dos grandes bocinas, canciones de  Pedro Infante, Javier Solís y  José Alfredo Jiménez.  Nunca faltaban los boleros rancheros y corridos, como El caballo blanco, El perro negro, Llego borracho el borracho, Cien años, Flor sin retoño y Ella. Llegué a memorizarlos y los cantaba durante mi caminata a la escuela primaria federal Wilfrido García, construida en el corazón de un gran llano, rodeado de cercas de tablones y alambrados de púas.

Mis tíos poseían un radio Telefunken de pilas y electricidad. Después de hacer mi tarea escolar me permitían escuchar dos radionovelas de media hora cada una: Kalimán, el hombre increíble y Porfirio Cadena, El ojo de vidrio. Por las mañanas me despertaban con  canciones entonadas por Pedro Infante. Incluso, lo escuchaba cantar mientras desayunábamos y esa voz de barítono, aterciopelada, proseguía a mis espaldas al abandonar la casona de la avenida Revolución para ir a la escuela.

La radiodifusora XEW, asentada en la ciudad de México, era la responsable de diseminar por el espectro electromagnético a los cantantes y compositores del momento. Los huayacocotlenses seguían fielmente su programación, pero a finales de 1963 una radionovela de aventuras, protagonizada por un indiano de capa y turbante, con poderes mentales extraordinarios, provocó que durante media hora nos olvidásemos de nuestros ídolos musicales consentidos. En mi caso, Kalimán, personaje difundido por una radiodifusora colombiana —RCN—, se convirtió en mi héroe favorito.

Sin embargo, en 1962, Pedro Infante se materializó al asistir a la proyección de la película Los hijos de María Morales. Fue la primera vez que lo vi conscientemente en la enorme sábana de manta remendada al lado de su hermano Antonio Badú y su madre, Emma Roldán. Me emocioné tanto que le pedí a mi tía Ana María que me regalara un sombrero parecido al de Pedro Infante, en su papel de José Morales. Años después, pude apreciar mejor las siete composiciones que entonaron los hermanos Morales (Infante y Badú) y descubrí que una de ellas, Corazón corazón era de la autoría de José Alfredo Jiménez.

Cuando me mudé a otros pueblos y ciudades de México siempre me reencontraba con el fantasma del cantante mazateco. Por televisión o en pantallas cinematográficas vi todas sus películas y por casetes, discos de acetato y compactos escuché la mayoría de sus interpretaciones musicales. Sus canciones me persiguieron en todos los lugares donde trabajé y radiqué, incluso en Estados Unidos.

Por esa razón, siempre quise escribir una novela que me permitiera convertirlo en un sobreviviente del desplome de su avioneta Consolidated B-24 Liberator, ocurrida el 15 de abril de 1957. Pedro Infante, al quemarse parte del rostro, viviría oculto en un rancho ganadero de Huayacocotla. El poder mediático le había creado una fama de hombre humilde, solidario, cabal y dicharachero, y yo estaba convencido de que era verdad. No me avergüenzo al escribir que lloré con sus interpretaciones en Nosotros los pobres, Ustedes los ricos, Pepe el Toro, Un rincón cerca del cielo, Ahora soy rico, Las Islas Marías, La vida no vale nada, No desearas la mujer de tu hijo, La oveja negra, Los tres García, Vuelven los tres García y Angelitos negros.

La historia que escribí es ficción pura, aderezada de verdades registradas en periódicos, libros y películas. Pido disculpas a sus familiares y seguidores del ídolo mexicano al presentarlo de esta manera —un jornalero carismático, sufridor y deforme de la cara—, pero es un modesto homenaje de agradecimiento por lo mucho que me regaló durante mi paso por la tierra, principalmente en mi época de adolescente. Su voz de barítono y los personajes que representó en el cine mexicano fueron  puentes liberadores de quienes somos enemigos mortales de la injusticia, la intolerancia, la deshonestidad y la mentira.

A MODO DE PRÓLOGO

Pertenezco a la generación que nació y creció con la presencia mediática de Pedro Infante. La radio y la televisión  mexicana de los Azcárraga nos permitieron hurgar en la vida del actor y cantante fallecido el lunes 15 de abril de 1957. Tenía 39 años de edad y desde 1942 había construido su imperio dentro del negocio del entretenimiento. Después de la yesca que lo convirtió en una tea humana, provocada por la aeronafta y la sobrecarga de fayuca, los mexicanos lo glorificaron y en algún rincón de la sala o la recámara colocaron sus fotografías y discos al lado del Sagrado Corazón de Jesús, San Judas Tadeo, San Martin Caballero y la Virgen de Guadalupe.

Claudio Isaac, un cineasta prometedor pero que no logró superar el pesado legado creativo de su padre, Alberto Isaac, intentó presentarnos una visión existencialista de la generación mexicana marcada por la Era Infante: el descenso de la época dorada del cine nacional, la ruptura del autoritarismo familiar, rock and roll, mota y cultura urbana; luchas anticharristas sindicales, guerra de guerrillas contra las dictaduras militares latinoamericanas y del Caribe, etcétera.

En 1983, Claudio nos dio a conocer en esa fallida cinta los amoríos tortuosos de un artista pictórico y escritor que nace el 15 de abril de 1957, precisamente el día fatídico: la muerte de nuestro charro cantor, el carpintero enamorado y leal a sus amigos y amores. El título de la cinta — El día que murió Pedro Infante—y algunas imágenes del avionazo son las únicas referencias visible del actor y cantante en la historia. El personaje Pablo Rueda (Humberto Zurita) debe luchar contra los demonios de la frustración y ruptura sentimental para no perder su esencia intelectual. Es un chilango más sumergido en una realidad caótica y marcada por el capitalismo industrial en ascenso. Intenta en vano olvidar a su pareja, metiéndose en la cama con otras mujeres, pero falla. Ariane Pellicer, Leticia Perdigón, Alfonso Arau, Carmen Salinas y Pedro Armendáriz Jr. Participaron en ese enjuague existencialista con toques freudianos.

Antes, en 1963 y 1966, Ismael Rodríguez y Miguel Zacarías dirigieron las películas Así era Pedro Infante y La Vida de Pedro Infante. La primera en formato de documental y armada con trozos de filmes protagonizados por Pedro Infante bajo la batuta de Ismael Rodríguez e imágenes obtenidas durante el sepelio y la vida familiar de su fallecido pupilo y amigo. En tomas a color, consignaba el recorrido de la carroza fúnebre del teatro Jorge Negrete, en la colonia San Rafael, al panteón Jardín, en el Desierto de los leones de la ciudad de México, bajo la voz en off de Arturo de Córdoba. Miles de citadinos, entre policías, artistas, militares, fans, políticos y curiosos, ese miércoles 17 de abril participaron en la procesión de casi cien kilómetros sin queja ni reclamo, pero dejando lágrimas y sudor sobre el asfalto. El cadáver, reducido por el fuego de un metro setenta a ochenta centímetros, iba en un lujoso féretro de madera con acabados de aluminio. En Mérida lo habían enclaustrado en una urna metálica sueldada para no exponerlo ante el morbo público, de acuerdo a una crónica periodista de entonces.

Ismael Rodríguez seguramente se allegó de material visual aportado por Irma Dorantes, una de las compañeras sentimentales de Pedro Infante y a quien había dirigido brevemente en las cintas Los tres huastecos, Pepe El Toro y No desearas la mujer de tu hijo. En esa película casera descubrimos a un Pedro Infante dedicado a la albañilería, carpintería, peluquería y deporte en su casa de Cuajimalpa.

Por el contrario, Miguel Zacarías armó su película con la versión idílica de la viuda legal, María Luisa León, quien intentó convencernos que ella fue el único amor del artista mazatleco. Incluso, reconstruyó una presunta última llamada telefónica de Pedro Infante desde el aeropuerto internacional de Mérida, minutos antes del accidente. El actor promete reunirse con ella e irse juntos a un cuarto de hotel, como cuando eran pobres, y ahí “arrullarse” con “el rechinillo” repetitivo de la cama. Sin embargo, la prensa había consignado la boda civil del actor con Irma Dorantes en Mérida, echada abajo nueve días antes del accidente por la Suprema Corte de Justicia. María Luisa León interpuso una demanda de anulación por considerar que ella seguía casada legalmente con Pedro Infante, presunto adultero a partir de esa resolución y en riesgo de ir a la cárcel.

En la cinta La Vida de Pedro Infante, el actor fue interpretado por su hermano José y el papel de la esposa recayó en la actriz poblana Maricruz Oliver. En la historia, Pedro Infante es presentado como un ser inmaduro (dependiendo siempre de los consejos de María Luisa), mentiroso (al negar que su boda con Dorantes la realizó por amor) e ingenuo y timorato, una especie de niño grande.

En 1991, Juan Andrés Bueno, dirigió la película, patrocinada con recursos públicos, ¿Pedro Infante vive? Donde explotó el mito de la posible falsa muerte del ídolo sinaloense. En el argumento, el artista tiene que vivir escondido en el trópico, bajo el cuidado de una indígena, al quedar desfigurado por el accidente del 17 de abril. En esta ocasión, una periodista (Diana Golden) y un escritor (Raymundo Capetillo Jr.), bajo las órdenes del editor de un periódico de derecha, El Heraldo de México (representado por Erik del Castillo), logran esclarecer el misterio, pero Capetillo acepta respetar la voluntad de Pedro Infante de permanecer en el anonimato.

Un programa de radio, La Hora de Pedro Infante también contribuyó en impedir que decayera el interés del público por el actor y cantante. La estación defeña La Más Perrona, en el 1410 de amplitud modulada, desde 1952 estuvo atento de su carrera profesional y hasta el 2014 había transmitido casi 21 mil 500 horas de canciones y algunas entrevistas que le realizaron en vida.

Las tres principales mujeres de Infante, María Luisa, Lupita Torrentera e Irma Dorantes, también dejaron testimonio visual, oral y escrito sobre su vida amorosa con él. La primera, como ya lo escribí líneas arriba, consignó su verdad a través de una película abiertamente de su autoría intelectual; Lupita publicó el libro Un gran amor donde reconstruyó algunos pasajes de su carrera como bailarina profesional y su primer encuentro con Pedro Infante en el teatro Follie, ubicado frente a la plaza Garibaldi. Ella estaba por cumplir quince años de edad y aseguró que fue amor a primera vista al verlo salir de su camerino. Pedro le doblaba la edad. La declaración amorosa y el primer beso tuvieron lugar en el centro nocturno Minuit, propiedad de Antonio Aguilar, y donde al parecer se permitía la entrada a menores de edad. De esa relación tuvo tres hijos (Graciela, que murió por la poliomielitis; Pedro y Lupita).

Irma Dorantes no se quedó atrás y tras cincuenta años de la muerte de Pedro Infante, en el 2007, también dejó el testimonio escrito de su relación sentimental con el padre de su hija Irma. La iniciaron en 1949 cuando ella frisaba los 15 años y se interrumpió en1957, por el accidente aéreo. El libro se intituló Así fue nuestro amor. De las tres mujeres, es precisamente Irma la que menos provecho económico obtuvo tras la muerte de Pedro Infante al quedar anulado su matrimonio. Por lo mismo, como ella lo anotó en el libro, tuvo que regresar a los sets cinematográficos y contó con la ayuda de Ismael Rodríguez. Tenía en contra la animadversión de María Luisa y Antonio Matouk, productor y apoderado legal de Pedro Infante y padrino de bautizo de Irma y Pedro, el hijo de Lupita.

Mi madre fue una admiradora fiel de Pedro Infante, y por lo tanto me considero parte de esa generación que creció bajo sus películas y canciones. Sin embargo, de haber sobrevivido al avionazo y huido por razones de estética (por aquello de quedar desfigurado por las llamas), hartazgo profesional o familiar o un asunto de faldas o policiaco, yo defendería la tesis más cercana a nuestra idiosincrasia política: abandonó Mérida en automóvil por sus broncas con el presidente Adolfo Ruiz Cortines, engañado por su joven y bella esposa sinaloense, o por apoyar con dinero y armas la revolución cubana, entonces impulsada desde México por Fidel Castro Ruz. Soy un escéptico con el asunto del contrabando de telas finas y aparatos electrodomésticos, obtenidos ilegalmente en Belice.

Pedro Infante, por su mismo origen social, espíritu asistencialista y el tener “la sangre liviana”, como él mismo resaltaba en entrevistas a la prensa, tuvo que jugársela en algo más trascendente en una sociedad agraviada por el PRI y los militares. Por ejemplo, su vida podría estar en peligro al ser perseguido por un sicario alemán, parecido físicamente a Arnold Schwarzenegger, contratado por el Estado Mayor Presidencial para cortarle la lengua y entregársela a Ruiz Cortines, quien a su vez, en el aniversario de bodas, regalársela en un estuche de oro e incrustaciones de diamantes a la Primera dama. Recordemos que en 1956, Ruiz Cortines había ordenado perseguir y encarcelar a maestros disidentes, integrantes del Movimiento Revolucionario del Magisterio y liderados por Othón Salazar, quien de 1982 a 1985 fue el primer alcalde comunista de México. Si Pedro Infante viviera, seguramente hubiese asistido a su toma de posesión en el municipio de Alcozauca, Guerrero, uno de los más marginados de Latinoamérica. Ahí, los indígenas mixtecos le habrían entregado una réplica del bastón de mando y solicitado que los deleitara con una veintena de corridos y boleros rancheros.

EL ARRIBO

1955, ¡Uf, el parto..!

De nuevo.

Ser el cuarto hermano no es fácil. Menos, si me anteceden dos mujeres y un hombre.

Mi madre va por su cuarta relación formal y aun no cumple los 22 años.

Desde que la desvirgaron a los trece, su vida emocional quedó congelada. Ahora tiene que meterse marihuana a cada momento para alejarse de la realidad, por sugerencia de uno de los Valdés, nuestro vecino.

Catacumba onírica.

El hombre que la embarazó es ingeniero topógrafo, oriundo de Huayacocotla: rancho veracruzano con menos de cinco mil habitantes.

Ella y él de ahí provienen, pero de distinta condición social. Ménaka es nieta de una curandera empírica, responsable de su crianza. Hernando, el dador de semen, hijo de una familia de comerciantes autocráticos y conservadores.

De no haber complicaciones, el domingo 4 de septiembre, llegaré a buen puerto, en una cama de hospital.

–Seguro que es niño… Mira tu barriga… No tienes el ombligo caído…

La bisabuela Odisea Manríquez pocas veces fallaba en sus predicciones. Ser la partera de Huayacocotla le daba credibilidad.

En la avenida Durango, sobre el camellón central, los árboles de trueno y laurel atraen relámpagos en tiempos de lluvia. Por lo pronto, en verano, el calor impone su lenguaje. Bajo esa temperatura agradable, por primera vez reptaré sobre unas sábanas con sangre.

Un día más, según el médico del sanatorio Durango, y dejaría mi refugio uterino para enfrentarme al mundo terrenal.

La ciudad de México sería el resguardo temporal antes de retornar a Huayacocotla. Mi padre así lo decidió por ser más citadino que pueblerino.

El año significaba mucho. En mayo, ocho países con régimen marxista crearon el Pacto de Varsovia para defender su territorio del imperio burgués o capitalista.

La guerra fría está en su mayor nivel y existe un nuevo frente de guerra en Europa: Albania, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, la República Democrática Alemana, Rumanía y la Unión Soviética. La siembra de misiles atómicos empieza a dar frutos y bajo ese vergel de muerte, daré mis primeros suspiros.

El miedo posbélico entraría por mi sangre, de la misma manera que el desamor de mis padres.

Melisa, Elena, Marcelino y yo, entes furtivos de una sociedad desmemoriada, seguiríamos deambulando por banquetas y parcelas, hasta reencontrarnos algún día.

Uno a uno y sin padre.

Para fortuna nuestra, hemos sido adoptados por la Madre Tierra, amorosa y eterna.

Del mismo vientre se gestarían otros cinco hermanos –tres mujeres y dos hombres–, de distinto padre. Todos, como nosotros, condenados a enterrar bajo el olvido a la madre.

–Ya empezó a llorar la criatura –escuché que dijo la enfermera.

Y antes de recibir el maldito golpe en el trasero,  el reloj de pared marcaba las diez cuarenta y cinco de la mañana.

4 de septiembre, día de plaza, domingo veraniego… lágrimas de mi madre…

Quince días después de nacer, ante la inclemencia del ciclón Hilda, cerca de tres mil tamaulipecos murieron ahogados y más de cincuenta y dos mil quedaron sin techo.

Por tal razón, mientras mi madre me amamantaba y cambiaba pañales, los diarios y radio noticieros se olvidaron de los vivos y de las peleas

VIDEOTECA:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s