¡QUE SE JODA!

la dama1

¿Olvidarlo?  Imposible.

¡Que se joda!

Siempre la misma expresión y gesto. Encadenada a ella, como el zacatón y la nopalera.

Es una daga caliente que lastima y mata con lentitud. Cada día respiro menos. Las historias asumen su lado agrio al revelarse tal cual. Algunas merecen reconstruirse para dejar testimonio.

Vengo de un tierra árida, dura, como suela de huarache, donde fui parida en uno de los tantos jacalones olvidados de la sierra duranguense.

¡Que se joda!

¿Quién lo iba a imaginar?

En cuarenta y cinco años ocurrieron tantas cosas que ahora siguen quemándome las entrañas.

Lastiman.

Me llamo Sandra Rábago Cernades. Soy prostituta.  Habito en Montreal, una ciudad  quebequés edificada en una isla rodeada de ríos.  Durante el año, los colores predominantes, en sus diferentes tonos, son verdes y blancos.

El clima es hostil durante el invierno. Durante seis meses de intenso frio la ciudad se desdibuja y se funde en el cielo plomizo y húmedo.

He decidido contar mi historia. Vale la pena. Quiero recuperar mis orígenes, por muy dolorosos que sean, y agradecerle a Dios el permitirme seguir viva, en un departamento cálido y pulcro. En un edificio de seis pisos, plagado de ancianos pensionados y solitarios, viudos en su mayoría.

Mi cuerpo ha sido favorecido por la naturaleza. Mucho se lo debo a mi madre, de origen amazónico.

Soy mujer de grandes pechos, anchas caderas, piernas gruesas y nalgas carnosas, bien torneadas.

En un tiempo, el de mi adolescencia, algunas compañeras de  San José de la Parrilla me llamaban Rarotonga: personaje de una popular historieta en la década de los setenta. La adquiríamos en los puestos de revistas.

La diferencia con la mulata de cabello rizado y enormes ojos verdes, de pantera, era el color de la piel.

 Fue dibujada —y descrita por su autora— como una mujer negra. Yo soy blanca y de ojos color miel.

El lunar que tengo en el entrecejo es tatuado. Lo hice durante mis andadas en la ciudad de México, donde quise ser artista. Fue antes de embarcarme a Canadá.

¡Que se joda!

El primer recuerdo que tengo de mi infancia es un olor a leña quemada y los ojos tristes de mi madre.

Después, los gritos desternillantes de mis dos hermanos, Albino y Leopoldo.

Vivíamos en una cabaña de troncos y techo de dos aguas con cartón sumergido en betún que, en México, llamamos chapopote.

En aquella asfixiante estancia con piso de tierra suelta, dormíamos, comíamos y orábamos.

En los muros de barro colgaban los trastos de barro y peltre y las tablas que sostenían los iconos sagrados, las veladoras y ropa.

Nuestras  camas eran dos petates de palma y las cobijas de lana, presentaban incontables remiendos y manchas producidas por las miadas, sudores de enfermo o vómitos.

Mi madre era una mujer fuerte, poderosa, de cuerpo ancho y atractivo.

Serela es su nombre. Mi abuelo, de origen portugués, había trabajado en una compañía minera brasileña que se estableció, durante varios años, en la sierra de Órganos, del municipio de Sombrerete, Zacatecas.

El mezcal hizo estragos en mi abuelo. En su tragedia personal arrastró a la familia.

De ahí que mi madre, a los dieciséis años, optara por juntarse con mi padre: modesto agricultor duranguense, no de malos bigotes, y pariera cuatro hijos.

Agustín es el benjamín de la familia. Nació siete años después de mí, pero de padre guacho.

La infancia es una imagen que pocos retienen con objetividad. La mía es muy marcada: estuvo contaminada de hambre, carencias materiales y violencia.

 Hasta los seis años descubrí los horrores de la represión militar, la guerra entre narcotraficantes y la explotación laboral en la siembra, cosecha y ordeña de la marihuana y amapola.

Mi madre terminó de amante de un subteniente acantonado en San José de la Parrilla. Lo hizo para protegernos de los enconos sembrados por mi padre, en su afán de trabajar como matón a sueldo de don Candelario Guerrero, el mandamás de la región: uno de los traficantes de marihuana más importantes de Durango.

La primera vez que escuché la exclamación ¡Que se joda! fue de mi madre.

Tres hombres vestidos de guachos entraron a nuestro jacal y sacaron a rastras a mi padre.

En el traspatio lo hincaron y soltaron varios pajuelazos en la cabeza.

Lo ejecutaron por órdenes del alcalde de Nombre de Dios por denunciarlo ante don Candelario de ser chivato del gobierno.

Yo iba a cumplir diez años cuando eso sucedió.

 

HEMEROTECA: Pro21-80

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