LA MUERTE DEL CAGUAMO (Cap. 2)

Por Everardo Monroy Caracas

crisalida2

Miércoles 30 de noviembre.

El teléfono celular brincoteó y zumbó sobre la mesa. Tuve que interrumpir mi trabajo: escribir un largo relato en la laptop sobre  un hecho ocurrido durante un encuentro de hockey en Montreal.

Maldije.

Eran las tres cuarenta de la mañana. Ninguna persona consciente tendría la ocurrencia de molestar a esa hora, supuse, salvo que se tratara de algún asunto de mi ex esposa.

Seguramente Patricia no puede dormir y busca sacarme de mis casillas”, imaginé.

Ella seguía sin asimilar nuestra separación, ocurrida  doce años atrás. En vez de molestar a mis hijastros, domesticaba su furia con el hombre que la alimentó y amó durante casi dos décadas, a pesar de vivir en la clandestinidad.

—Almicar…

—¡Señor Almicar, soy Crisálida, por favor venga a mi departamento! ¡Su amigo Gael está muerto!

—¿Qué dice?

Había entendido perfectamente aquellos aullidos, pero quería estar seguro de lo que escuchaba.

—¡Está muerto, muerto, Dios bendito!  —y tras un largo sollozo, Crisálida pudo sobreponerse y repetir ya sin gritar—: Gael está muerto… No sé qué hacer, por favor, ayúdeme señor Almicar…

—Repítame su dirección…—demandé y anoté los datos en la contraportada de un libro de Malraux.

La nieve había embadurnado de blanco a la isla. La mayoría de los autos aparcados eran unos auténticos turrones de azúcar congelada.

Mi viejo Chevrolet 93, tras limpiar el parabrisas, los vidrios laterales y el espejo retrovisor, tardó cinco o diez minutos en rumiar para después sumergirse en la solitaria avenida de Le Commune en Paris.

Crisálida vivía en el viejo Montreal, cerca de la riviera del Saint Lawrence. Por el momento, gracias al frio, las avenidas y comercios permanecían solitarios.

Turistas y lugareños preferían permanecer en sus habitaciones, ver televisión y demandar, por teléfono, comida rápida.

Hasta las prostitutas se negaban a salir.

En menos de veinte minutos me introduje al estacionamiento del edificio y busqué el lugar del inquilino 303.

El chaquetón y la gorra rusa dabanme la apariencia de un veterano de guerra. Posiblemente las cámaras de seguridad registrarían mi arribo y el andar retorcido, que tanto molestaba a Patricia en mis tiempos de enclaustramiento en la finca de Los Olvidados.

Nuestras discusiones eran continuas al escasear los alimentos.

Sin embargo, la imprudencia provocó mi detención, tortura y encarcelamiento.

Crisálida  abrió de inmediato la puerta y observé que su rostro deslavado, menos femenino, reflejaba miedo y preocupación.

La seguí y en una de  las habitaciones apareció Gael en cueros, sobre el lecho matrimonial.  Semejaba una inmensa montaña de carne amarillenta. Tenía la boca y  los ojos abiertos, como si lo hubiesen estrangulado.

—Se la estaba mamando —gimoteó Crisálida, en bata y pantuflas—y empezó a asfixiarse y nada pude hacer para ayudarlo, Dios… Dios bendito…

—La muerte del caguamo  —murmuré—, pocos tienen esa bendita suerte…

—¿Qué hago?

La respuesta la lancé a descobijo:

—Lo que usted diga…

—No entiendo…

—El muerto sigue en su cama… No vale la pena preocuparse, murió por una mamada

Crisálida seguía en shock. Difícilmente dimensionaba lo tragicómico del asunto.

La policía haría su trabajo y confirmaría que Gael murió de un infarto, según pude deducir al verlo enterito, sin sangre visible y con los testículos arrugados, como pasas, reteniendo un trozo de carne algo venuda y con punta morada y gruesa, sin brillo.

—Soy una ilegal, señor Almicar, esa es la puritita verdad… —dijo Crisálida—, si me regresan a México, me matan… No puedo ser deportada, ayúdeme por favor…

Observé sus pies y me entusiasmaron. Si algo me vuelve loco son los pies de una mujer, no sus mentiras.

Crisálida tenía unos pies pulcros y perfectos en tamaño y color, muy femeninos.

Debo confesarlo, a pesar de aquel escenario inverosímil, de inmediato evoqué a Patricia y me calenté.

Me arrebolaba besarle los pies.

Lo cierto es que mientras ella se masturbaba con la punta de una botella de perfume no soltaba el revólver y repetía la misma palabra:

“Fidel… Fidel… Fidel…”

 En sus fantasías sexuales, no era nada fácil compartirla con el comandante cubano, pero la lealtad a la revolución prevalecía sobre cualquier inversión de cama.

—El problema es el tamaño…—le dije con sequedad a Crisálida.

—Pero si la tenía muy pequeña…

—Me refiero a su volumen, pesa no menos de cientos treinta kilos…

—Dígame lo que debo hacer y lo hago —asentó la atribulada dama con la bata abierta.

Las prótesis de plástico, enormes y altivas como una modelo de Playboy, quedaron evidenciadas. Eran muy parecidas a las de Kim Kardashian. Incluso, el transexual portaba mejores nalgas que la gringa.

—Por lo pronto —sugerí—, tiene que descansar… y después debe comprar un buen congelador para que mi amigo no se apeste…

—Como usted diga…

—¿Dónde está el cuarto de las cámaras de seguridad del edificio?

—Lo desconozco…

—Hay que borrar las huellas de Gael y las mías donde quedó grabada nuestra entrada al departamento…

Crisálida entendió el mensaje. Sin importarle lo que podía enseñar bajo la bata blanca, me llevó a la cocina y sacó del refrigerador una botella de oporto.

—Conozco al conserje y mañana investigo todo lo que usted me acaba de decir, no debe preocuparse… —dijo con más tranquilidad, mientras llenaba las dos copas con oporto.

—Bueno, hay aguardar a que el miércoles haga de las suyas, porque por el momento el asunto está controlado  —dije tras vaciar la copa—. Tenemos que descansar un poco y además no sería sano que nos filmaran saliendo…

Tirarme en cualquier rincón de aquel incomodo departamento en nada alteraba mi salud o estado de ánimo.

En Tierra Caliente había transitado y dormido en algunos lugares inimaginables, donde el páramo, el valle o la montaña, infectados de reptiles o arácnidos venenosos, eran nuestro único hábitat.

—¿Y no le dijo nada de la renta de su departamento antes de meterse a su cama? —lo mencioné, porque la esposa del conserje, un día antes, me preguntó si Arteaga enfrentaba problemas de dinero.

—No, solo me pidió que no se la mordiera… —respondió Crisálida.

Cabrón, le advertí que se dejara de mamadas…

Crisálida llenó nuevamente su copa de oporto y con una teta al aire, inclinó la cabeza. Su llanto convirtió sus tetas del 36 D, en un par de badajos tibios, duros e inquietantes.

—Le confieso que al gordo le encantaba hablarme de usted, mientras hacíamos el amor…

No me extrañaba escuchar esas palabras.

El peruano siempre estuvo al corriente de mis hábitos domésticos. En algunas ocasiones me sobreprotegía porque le preocupaban las consecuencias emocionales de mi soledad y defectos físicos.

—No hablemos más del difunto —dije tras vaciar la copa—. Pensemos ahora que mientras no sea molestada por su familia o el gobierno, tendrá que darle hospedaje… Le recomiendo que se acostumbre a su presencia y siga trabajando…

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HEMEROTECA: TvNotas – 14 Agosto 2018

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